Inkwand: 2009

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jueves, 24 de diciembre de 2009

Los juguetes

En un estante, cubierto de polvo, aguarda un hermoso perro de madera, también hay un soldadito de plomo con el mosquete torcido, y un casco dorado y im camión sin ruedas, un tractor pequeño y otros muchos... ¡cacharros olvidados!

Hace años no eran cacharros, ¡todo lo contrario! Eran juguetes nuevos y el niño sólo quería jugar ocn ellos. Invitaba a sus amigos, hacía cabañas, inventaba historias con ellos.

Los juguetes estaban felices con su amo y, mientras dormía, le hacían compañía y velaban sus sueños, vigilantes.

Cuando el niño se apartaba de ellos, siempre les decía:

- No os preocupéis, volveré enseguida. ¡Y quedáos quietos sin hacer ruido!

Pero el tiempo pasa y las cosas cambian.

Un día el niño dejó de prestarles atención.

El niño ha crecido y tiene nuevos amigos. De hecho, ha pasado tanto tiempo... que a penas recuerda el día de Navidad en que se los trajeron.

Pero los juguetes viejos siguen esperando al niño que jugaba con ellos y sonríen en silencio, recordando la felicidad de las horas que pasaron con él.
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miércoles, 23 de diciembre de 2009

La noche antes de Navidad

Era Nochebuena, y toda la casa estaba en silencio. De la chimenea colgaban seis pares de calcetines. Los había rojos, azules y naranjas. El árbol lucía con velas y guirnaldas.

Todos esperábamos que llegase Papá Noel.

Mis hermanos pequeños aguardaban acurrucados en sus camas, casi sin respirar.

Se preguntaban si habían sido bastante buenos aquel año.

Mamá y yo, después de mucho ir y venir, nos estábamos preparando para ir a dormir.

Pero entonces en el jardín oí un gran estruendo. Miré por la ventana y aunque hacía mucho frío, la abrí y me asomé.

Una hermosa luna me sonrió; brillaba como un copo de nieve con una bombilla dentro.

Yo empecé a tiritar, pero no me importó, porque acababa de ver, en el cielo, un enorme trineo tirado por renos.

El cochero era un viejecito que reconocí de inmediato, con su traje rojo con la hevilla dorada...

¡Papá Noel! ¡Papá Noel! ¡Sí, era él!

Les gritaba a sus renos y repetía sus nombres:

- ¡Vamos allá, Destello y Relámpago! ¡Adelante, Traviesa, Danzarina y Cupido! ¡Tirad bien fuerte, Cometa y Saltador! ¡Llegad lejos, Trueno y Relámpago! ¡A la cima del mundo! ¡De prisa, de prisa, que los niños me esperan!

Y de pronto me di cuenta de que Papá Noel... ¡Iba a aparcar su trineo en mi tejado!

Por un momento pensé que debía despertar a mis hermanos, pero era mejor contárselo al día siguiente. Estaba tan feliz y tan excitado, que no me daba cuenta de que tiritaba de frío.

Los renos hacían cabriolas y saltos, y hasta me pareció que cantaban villancicos... ¡y que alguno desafinaba!

Cuando acabó mi sorpresa, seguí espiando, y puede ver de cerca a Papá Noel.

Llevaba unas enormes botas de piel y un abrigo rojo, con rebordes de pelo blanco.

Tenía la cara ancha como la luna, bastante barriga, y una barba muy larga, muy bien arreglada.

En la ropa se le veían restos de hollín y también cenizas.

Se colgó un saco de juguetes a la espalda, sin esfuerzo.

Le brillaban los ojos y también la nariz. Reía constantemente, como los hombres buenos, y se le hacían hoyuelos. De su boca pendía una pipa feliz, que colgaba descuidada de uno de los lados, él dejaba escapar humo de vez en cuando.

Entonces él me vio y me dedicó una enorme sonrisa. Al reír los ojos se le cerraban, me hizo un guiño:

- Sí, soy Santa Claus, no temas nada, niño.

Yo bajé descalzo a la sala, porque tenía que seguir espiándolo, y él, como si no me viera, realizó su trabajo, llenó los calcetines con muchos regalos, con dulces, gominolas, libros y cacharros.

Para mis hermanas, muñecas de trapo, y para mí los lápices que había deseado.

Acabado el trabajo, Santa Claus me sonrió de nuevo. Luego se atretó la tripa, la nariz se frotó, y sin más problemas, salió de la casa por la chimenea.

Le esperaba su trieneo, se sentó satisfecho, tocó su silbato y los renos se fueron volando de inmediato.

Pero al alejarse, le escuché exclamar:

- No te constipes, niño. Este año has sido bueno, no te has de preocupar, tu calcetín te espera lleno a rebosar. Vuélvete a la cama ¡y Feliz Navidad!
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martes, 22 de diciembre de 2009

El último sueño del viejo roble

Adaptación del cuento de Hans Christian Andersen

Se acercaba el invierno. El viejo roble del bosque se quedó sin sus hojas, dispuesto a entregarse a su prolongado sueño. Desde siempre, todos los inviernos soñaba mucho. Ahora faltaba poco para Navidad y el roble tuvo su sueño más bello: cuanto había vivido en el curso de sus años desfiló ante él.

Fue como si un nuevo flujo de vida recorriese su tronco. Y cuanto más crecía el árbol, mayor era su bienestar. Rebasaba ya en mucho a las nubes y tocaba las estrellas.

Eran momentos de gran felicidad, y, sin embargo, en medio de su aventura sintió el roble el afán de que los restantes árboles del bosque pudieran compartir su dicha con él.

Y de ahí que el roble vio cómo crecían los demás árboles hasta alcanzar su misma altura.

- ¡Qué hermoso! - exclamó entusiasmado -. ¡Estoy rodeado de todos los árboles amigos! ¿Cómo es posible?

- En el Reino de Dios todo es posible - se oyó una voz.

Y el árbol, que seguía creciendo, sintió que las raíces se soltaban de la tierra.

- Esto es lo mejor de todo - exclamó el árbol -. Ya no me sujeta nada allá abajo. Puedo elevarme hasta el infinito en la luz y en la gloria. Y me rodean todos los que quiero... ¡Todos!

Éste fue el sueño del roble. Mientras soñaba, una tempestad se desencadenó en la noche de Navidad. El árbol fue arrancado de raíz mientras soñaba que sus raíces se desprendían del suelo.

La mañana de Navidad, la tempestad se había calmado.

- ¡No está el roble que nos señalaba la tierra! - gritaron los marinos -. Lo ha abatido la tormenta. ¿Quién lo sustituirá?

-Nadie podrá hacerlo - dijeron varias voces.

Y los tripulantes empezaron a cantar; se sentían elevados a su manera por el canto, como el viejo roble en su último sueño, el sueño más bello de su Nochebuena.
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lunes, 21 de diciembre de 2009

El Regalo de los Reyes Magos

Adaptación del cuento de O. Henry

Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era cuanto tenía. Había conseguido ahorrarlos con un esfuerzo terrible. Y al día siguiente era Navidad.

Delia se echó a llorar. Quería hacerle un buen regalo a su marido, Jim, James Dillingham Young, que ganaba veinte dólares a la semana.

Delia había pasado horas imaginando algo bonito para él. Se soltó el cabelle y lo dejó caer sobre sus hombros.

Los Dillingham poseían dos cosas, con orgullo: un reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo; y la hermosa cabellera de Delia.

Delia salió a la calle y fue a una peluquería que compraba pelo para hacer pelucas. La dueña le ofreció veinte dólares. Tras el corte, recorrió la ciudad buscando un regalo para su esposo.

Por fin encontró una cadena de reloj de platino. Así Jim podría tirar su vieja correa. Pagó los veinte dólares y regresó a casa. Se arregló el cabello y empezó a preparar la cena de Navidad.

Jim no se retrasaba nunca. Delia oyó sus pasos en la escalera y palideció al pensar en su aspecto: "Dios mío, que le siga pareciendo bonita", murmuró para sí.

Jim llegó a casa, serio. Sólo tenía veintidós años ¡y una familia que mantener!

Miró a Delia con una expresión extraña, que su mujer no pudo interpretar, pero que la asustó.

- ¡Querido, no me mires así! - exclamó Delia al cabo de unos instantes que le parecieron eternos -. Me corté el pelo y lo vendí porque quería comprarte un regalo de Navidad. Crecerá de nuevo. Dime "Feliz Navidad" ¡No te imaginas qué regalo tengo para ti!

- ¿Te cortaste el pelo? - preguntó Jim, anonadado.

- Lo he vendido - dijo Delia -. Lo hice por ti, perdóname. Pero no hablemos más, amor. Ya crecerá. ¿Pongo la carne al fuego? - preguntó.

Jim sonrió y le entregó un paquete a su mujer.

- Delia, ningún corte de pelo haría que yo te quisiera menos. Pero si abres este paquete, entenderás mi desconcierto.

Delia retiró rápidamente el papel. Y tras un grito de alegría aparecieron las lágrimas y Jim tuvo que abrazarla.

Era el juego de peinetas de carey que Delia deseaba desde hacía meses. Por fin eran suyas... ¡Pero ahora no tenía trenzas!

La joven las oprimió contra su pecho y dijo:

- Mi pelo crecerá muy rápido!

Luego gritó:

- ¡Mira ahora tu regalo! Recorrí la ciudad para encontrar esta cadena. ¡Dame tu reloj!

Jim sonrió de nuevo:

- Delia, vendí mi reloj para comprarte las peinetas... ¡No pensemos en los regalos de Navidad! Y ve a poner la carne al fuego.

Y esta es la historia de dos jóvenes que sacrificaron el uno al otro lo más valioso que tenían.

Pero en realidad tenían una cosa más valiosa, su amor, y por ello sus regalos fueron magníficos, y ellos, unos Reyes Magos de verdad.
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domingo, 20 de diciembre de 2009

La Voz del Río

Cristóbal ayudaba a los viajeros a cruzar el río con su barca. Un día oyó una voz muy dulce que le llamaba. Un niño se le había acercado y pedía ayuda para ir a la otra orilla. Cristóbal lo colocó sobre sus hombros, tomo un varalpara que le sirviese de bastón y se metió decidido en el agua. Dejó la barca varada e inició la travesía.

De pronto, el nivel del agua empezó a subir. Y mientras subía, el niño parecía pesar cada vez más, como si su cuerpo se tornase de plomo, o como si portase una mochila invisible cargada de piedras. El niño le resultaba tan pesado y la corriente era tan poderosa que, al llegar a la mitad del río, Cristóbal se sintió desfallecer.

En verdad creía que iba a ahogarse.

Cristóbal estaba asustado y a penas le quedaban fuerzas, pero hizo un gran esfuerzo y consiguió atravesar el río.

Cuando alcanzó la otra orilla, dejó al chiquillo sano y salvo en el suelo, se dejó caer a su lado y con tono desfallecido, exclamó:

- ¡Ay, qué grave peligro hemos corrido! ¡Te tenía sobre mis hombros con más peso que si llevara encima el mundo entero!

- Cristóbal - respondió el niño -. Has dicho una gran verdad. Sobre tus hombros sostenías el mundo entero y también al Creador de ese mundo. Yo soy Cristo, tu rey. Me has ayudado y quiero recompensarte: cuando regreses a tu cabaña, después de cruzar de nuevo el río, junto a la puerta, clava el varal en el suelo.

Y dicho esto, el niño desapareció.

Cristóbal, asombrado, hizo lo que le pedían, y a su regreso clavó el varal ante su puerta.

Al día siguiente la seca vara se había transformado en una rama verde, rebosante de frutos.
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sábado, 19 de diciembre de 2009

El Príncipe Feliz

Adaptación del cuento de Oscar Wilde

La magnífica estatua del Príncipe Feliz se alzaba imponente sobre la ciudad. Estaba recubierta por láminas de oro; sus ojos eran dos zafiros y en el puño de la espada centelleaba un rubí. Todo en él era muy valioso, excepto el corazón, que era de plomo.

Una noche llegó volando una golondrina, que intentaba viajar hasta Egipto antes de que la atrapase el frío.

Cuando se refugió en la estatua, le cayó encima un goterón.

- ¡Qué raro! - exclamó -. No llueve.

Al alzar la vista, vio al Príncipe llorando.

- ¡Eres el Príncipe Feliz! ¿Por qué lloras?

- Cuando yo vivía, era feliz. Pero ahora que soy una estatua, me han puesto tan alto que puedo ver la miseria de mi ciudad, y eso me apena mucho. Allí veo a una madre con un niño enfermo que tiene fiebre. Le pide naranjas, pero ella no tiene dinero. Por favor, golondrina, llévale a la mujer el rubí de mi espada.

La golondrina, aunque tenía que volar a Egipto, le obedeció.

Luego el príncipe le pidió que le llevara un zafiro a un jóven escritor que pasaba hambre y frío en un desván. Así podría comprar comida y leña.

Ella cumplió el encargo, y quedó tan cansada que pospuso un día su viaje.

Cuando iba a reanudarlo, el Príncipe le pidió otro favor.

- En la plaza hay una niña que vende cerillas. Hoy no ha vendido ninguna y teme que la castiguen. No tiene zapatos. Llévale mi otro ojo de zafiro.

- No puedo arrancártelo... ¡Te quedarás ciego! - respondió la golondrina.

Pero el príncipe se lo suplicó y ella acabó haciéndolo. Al regresar a su lado le dijo:

- Príncipe, ahora que estás ciego, me quedaré contigo para que puedas ver con mis ojos.

La golondrina voló sobre la ciudad y contó los niños hambrientos; luego regresó junto al Príncipe para explicárselo.

- Mi estatua está toda recubierta de oro - le dijo el Príncipe - ¡Puedes sacarlo y llevárselo a los pobres!

La golondrina le obedeció y los niños tuvieron pan.

Llegó entonces el invierno y todo se cubrió de nieve. La golondrina tenía mucho frío, pero no quería abandonar al Príncipe. Una tarde comprendió que iba a morir.

- ¡Adiós, mi querido príncipe! - le susurró.

- Me alegra que por fin vayas a Egipto - respondió él.

Pero ella le besó en los labios y cayó muerta a sus pies.

En ese mismo instante, el corazón de plomo de la estatua se partió en dos.

A la mañana siguiente, el alcalde descubrió que la estatua estaba muy deteriorada.

- ¡El Príncipe Feliz parece un mendigo! ¡Y hay un pájaro muerto a sus pies!

Y mandó fundir la estatua.

- ¡Qué raro! - dijo el encargado de la fundición -. Este corazón de plomo no quiere fundirse.

Y lo tiró al basurero donde yacía la golondrina muerta.

Entonces sucedió algo prodigioso: un ángel bajó del cielo para recoger el corazón de plomo y el pájaro muerto.

Dios le había pedido que trajera las dos cosas más hermosas que encontrase en la ciudad.
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viernes, 18 de diciembre de 2009

Canción de Navidad

Adaptación del cuento de Charles Dickens

En el día de Nochebuena, en su tienda en el centro del viejo Londres, Ebenezer Scrooge estaba tan malhumorado como de costumbre.

Su sobrino fue a verle, le deseó una Feliz Navidad y le preguntó:

- ¿Vendrás a cenar con nosotros, tío?

- ¡Bah, paparruchas! - gruñó Scrooge -. ¡Vete de aquí, a mí la Navidad no me interesa!

El pobre Cratchit, un esforzado oficinista que trabajaba a las órdenes de Scrooge, se atrevió a preguntarle:

- Mañana es fiesta, ¿verdad, señor?

Scrooge refunfuñó. Era muy avaro y le molestaba tenerle que pagar un día sin que acudiera al trabajo, incluso si era Navidad. Además, él odiaba esas fiestas.

Aquella noche, al acostarse, Scrooge oyó que alguien arrastraba unas cadenas... De pronto vio frente a él al fantasma de Marley, quien había sido su socio hasta su muerte, tan avaro como él.

- ¡Scrooooooge - gimió el espectro -, he venido a advertirte! Como no corrijas tu actitud, tendrás un final tan triste como el mío. Esta noche de Navidad tres espíritus vendrán a tu encuentro... ¡Escúchalos!

Ebenezer Scrooge se asustó, pero estaba tan cansado que acabó quedándose dormido en su lecho.

Cuando el reloj dio la una, el viejo Scrooge se despertó, asustado y aterido. Forzó la mirada en la oscuridad y se encontró con un espíritu que le decía:

- ¡Soy el fantasma de las Navidades de Tiempos Pasados! ¡Sígueme!

El fantasma le cogió de la mano y llevó a Scrooge a las Navidades de tiempos lejanos, cuando él todavía tenía un corazón tierno, no triste y helado. Vio a su jefe y a su hermana.

Recordó que en otros tiempos era un hombre más feliz.

Al final no pudo soportarlo: su corazón había cambiado demasiado. Scrooge le pidió al espectro que volvieran a casa.

De nuevo en la cama, tiritando de nuevo, Scrooge descubrió otro espíritu. Éste era mucho más joven.

- Soy el fantasma de las Navidades Presentes, y te voy a enseñar algunas imágenes hermosas. Ven conmigo.

Lo llevó al hogar de Cratchit. Allí estaba toda la familia celebrando la fiesta, pese a sus pocos recursos, y cantaban felices.

- ¡Que Dios nos bendiga! - gritó alegremente Tim, el hijo cojo de Cratchit.

Scrooge quedó impresionado ante aquella alegría. Quería hacer algo, pero entonces apareció el tercer espíritu... ¡Era espantoso y mantenía un silencio que le erizaba los pelos de miedo!

Era el fantasma de las Navidades Futuras.

Lo condujo, sin decir palabra, hasta el cementerio y allí le mostró una tumba llena de flores. ¡Era del pequeño Tim!

No muy lejos estaba la tumba de Scrooge, abandonada.

El monstruo lo condujo entonces a la ciudad, donde pudo oír las habladurías de las gentes.

- El viejo avaro ha muerto; y nadie le ha llorado - decían.

Cuando el fantasma se fue, Scrooge se arrodilló y dio gracias a Dios por haberle concedido aquella oportunidad para cambiar. Entonces se despertó. ¡Todo había sido un sueño!

Pero la lección estaba aprendida, corrió a la ventana y constató que todavía era Navidad.

Tenía tiempo para enmendarse. Salió a comprar un pavo y pidió que lo enviaran a casa de los Cratchit. Luego compró un montón de regalos y corrió a casa de su sobrino.

Gracias a aquellos tres espíritus navideños, el amor había regresado al seco corazón de Scrooge, que se había convertido en un hombre generoso.

Y su sobrino lo recibió con cariño, como si todos aquellos años de avaricia y mal humor nunca hubieran existido.
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jueves, 17 de diciembre de 2009

El Roscón de Reyes

A María le había dejado muy impresionada el relato de la matanza de los santos inocentes. Le habían contado la historia del nacimiento de Jesús y ella no dejaba de pensar en la maldad del rey Herodes y en los pobres niños que mandó matar.

Sus papás deseaban tranquilizarla explicándole que el cuchillo de los sicarios del rey nada podía contra las almas de los niños y se les ocurrió una manera muy dulce de hacerlo:

- Vamos a cocinar un roscón con una figurilla dentro. El cuchillo pasará sobre el roscón hasta encontrar el muñeco, pero cuando lo haga, no podrá cortarlo...

Así lo hicieron, y prepararon una enorme y apetitosa rosca cuajada de frutas escarchadas con una sorpresa en su interior.

- ¡Qué bueno! - exclamó María al ver aquel extraño pastel.

- Y guarda una sorpresa - añadió el padre, misteriosamente.

Entonces empezaron a repartir los trozos y, de pronto, la niña encontró en el suyo una figurilla de cerámica...

- Eres la reina - dijo su madre, y sacó una cinta dorada y se la puso en el pelo.

Luego hablaron a María de la inmensidad del alma y del gran poder del amor.

Y la niña entendió que todas las personas somos reyes y que hay algo muy valioso en nuestro interior que nada ni nadie puede dañar.
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viernes, 20 de noviembre de 2009

El Rey y la Mendiga


Cuentan que había una vez un rey muy apuesto que estaba buscando esposa.

Por su palacio pasaron todas las mujeres más hermosas del reino y de otros más lejanos; muchas le ofrecían además de su belleza y encantos muchas riquezas, pero ninguna lo satisfacía tanto como para convertirse en su reina.

Cierto día llegó una mendiga al palacio de este rey y con mucha lucha consiguió una audiencia.

"No tengo nada material que ofrecerte, sólo puedo darte el gran amor que siento por ti" le dijo al rey,-"puedo hacer algo para demostrarte ese amor".

Esto despertó la curiosidad del rey, quien le pidió que le dijera qué sería eso que poda hacer.

-"Pasaré 100 días en tu balcón, sin comer ni beber nada, expuesta a la lluvia, al sereno, al sol y al frío de la noche. Si puedo soportar estos 100 días, entonces me convertirás en tu esposa"-.

El rey, sorprendido más que conmovido, aceptó el reto. Le dijo:
-"Acepto. Si una mujer puede hacer todo esto por mí, es digna de ser mi esposa"-

Dicho esto, la mujer empezó su sacrificio.

Comenzaron a pasar los días y la mujer valientemente soportaba las peores tempestades....muchas veces sentía que desfallecía del hambre y el frío, pero la alentaba imaginarse finalmente al lado de su gran amor. De vez en cuando, el rey asomaba la cara desde la comodidad de su habitación para verla y le hacía señas de aliento con el pulgar. Así fue pasando el tiempo... 20 días... 50 días... La gente del reino estaba feliz, pues pensaban - ¡¡¡Por fin tendremos una reina!!! ... 90 días....y el rey continuaba asomando su cabeza de vez en cuando para ver los progresos de la mujer. -"Esta mujer es increíble" pensaba para sí mismo y volvía a darle aliento con señas.

Al fin llegó el día 99 y todo el pueblo empezó a reunirse en las afueras del palacio para ver el momento en que aquella mendiga se convertiría en esposa del rey. Fueron contando las horas... ¡¡¡A las 12 de la noche de ese día tendrían reina!!! ... La pobre mujer estaba muy desmejorada, habia enflaquecido mucho y contraído enfermedades.

Entonces sucedió. A las 11:00 de la noche de aquel día 99, faltando apenas una hora para que llegara el día 100, la valiente mujer se rindió y decidió retirarse de aquel palacio. Dio una triste mirada al sorprendido rey y sin decir ni media palabra, se marchó.

¡¡¡La gente estaba conmocionada!!!. Nadie podía entender por qué aquella valiente mujer se había rendido faltando ¡¡¡tan sólo 1 hora para ver sus sueños convertidos en realidad!!!. ¡¡¡Había soportado tanto!!!

Al llegar a su casa, su padre se había enterado ya de lo ocurrido. Le preguntó:

-"¿Por qué te rendiste a tan sólo instantes de ser la reina?", y ante su asombro, ella respondió:

-"Estuve 99 días y 23 horas en su balcón, soportando todo tipo de calamidades y no fue capaz de liberarme de ese sacrificio. Me veía padecer y sólo me alentaba a continuar, sin mostrar siquiera un poco de piedad ante mi sufrimiento. Esperé todo este tiempo un atisbo de bondad y consideración que nunca llegaron. Entonces entendí: una persona tan egoísta, desconsiderada y ciega, que sólo piensa en sí misma, no merece mi amor."

MORALEJA: Cuando ames a alguien y sientas que para mantener a esa persona a tu lado tienes que sufrir, sacrificar tu esencia y hasta rogar... aunque te duela, retírate. Y no tanto porque las cosas se tornen difiíciles, sino porque quien no te haga setir valorada/o, quien no sea capaz de dar lo mismo que tú, quien no puede establecer el mismo compromiso, la misma entrega... simplemente no te merece.
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viernes, 2 de octubre de 2009

La Sirenita (Hans Christian Andersen)


Si ayer hablaba de la versión de Disney de La Sirenita, hoy traigo el cuento original de Hans Christian Andersen. Ppersonalmente a mí me gusta más...


En el fondo del más azul de los océanos había un maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar, un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba blanca. Vivía en esta espléndida mansión de coral multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas, cinco bellísimas sirenas.

La Sirenita, la más joven, además de ser la más bella poseía una voz maravillosa; cuando cantaba acompañándose con el arpa, los peces acudían de todas partes para escucharla, las conchas se abrían, mostrando sus perlas, y las medusas al oírla dejaban de flotar.

La pequeña sirena casi siempre estaba cantando, y cada vez que lo hacía levantaba la vista buscando la débil luz del sol, que a duras penas se filtraba a través de las aguas profundas.

-¡Oh! ¡Cuánto me gustaría salir a la superficie para ver por fin el cielo que todos dicen que es tan bonito, y escuchar la voz de los hombres y oler el perfume de las flores!

-Todavía eres demasiado joven -respondió la abuela-. Dentro de unos años, cuando tengas quince, el rey te dará permiso para subir a la superficie, como a tus hermanas.

La Sirenita soñaba con el mundo de los hombres, el cual conocía a través de los relatos de sus hermanas, a quienes interrogaba durante horas para satisfacer su inagotable curiosidad cada vez que volvían de la superficie. En este tiempo, mientras esperaba salir a la superficie para conocer el universo ignorado, se ocupaba de su maravilloso jardín adornado con flores marítimas. Los caballitos de mar le hacían compañía y los delfines se le acercaban para jugar con ella; únicamente las estrellas de mar, quisquillosas, no respondían a su llamada.

Por fin llegó el cumpleaños tan esperado y, durante toda la noche precedente, no consiguió dormir. A la mañana siguiente el padre la llamó y, al acariciarle sus largos y rubios cabellos, vio esculpida en su hombro una hermosísima flor.

-¡Bien, ya puedes salir a respirar el aire y ver el cielo! ¡Pero recuerda que el mundo de arriba no es el nuestro, sólo podemos admirarlo! Somos hijos del mar y no tenemos alma como los hombres. Sé prudente y no te acerques a ellos. ¡Sólo te traerían desgracias!

Apenas su padre terminó de hablar, La Sirenita le di un beso y se dirigió hacia la superficie, deslizándose ligera. Se sentía tan veloz que ni siquiera los peces conseguían alcanzarla. De repente emergió del agua. ¡Qué fascinante! Veía por primera vez el cielo azul y las primeras estrellas centelleantes al anochecer. El sol, que ya se había puesto en el horizonte, había dejado sobre las olas un reflejo dorado que se diluía lentamente. Las gaviotas revoloteaban por encima de La Sirenita y dejaban oír sus alegres graznidos de bienvenida.

-¡Qué hermoso es todo! -exclamó feliz, dando palmadas.

Pero su asombro y admiración aumentaron todavía: una nave se acercaba despacio al escollo donde estaba La Sirenita. Los marinos echaron el ancla, y la nave, así amarrada, se balanceó sobre la superficie del mar en calma. La Sirenita escuchaba sus voces y comentarios. “¡Cómo me gustaría hablar con ellos!", pensó. Pero al decirlo, miró su larga cola cimbreante, que tenía en lugar de piernas, y se sintió acongojada: “¡Jamás seré como ellos!”

A bordo parecía que todos estuviesen poseídos por una extraña animación y, al cabo de poco, la noche se llenó de vítores: “¡Viva nuestro capitán! ¡Vivan sus veinte años!” La pequeña sirena, atónita y extasiada, había descubierto mientras tanto al joven al que iba dirigido todo aquel alborozo. Alto, moreno, de porte real, sonreía feliz. La Sirenita no podía dejar de mirarlo y una extraña sensación de alegría y sufrimiento al mismo tiempo, que nunca había sentido con anterioridad, le oprimió el corazón.

La fiesta seguía a bordo, pero el mar se encrespaba cada vez más. La Sirenita se dio cuenta en seguida del peligro que corrían aquellos hombres: un viento helado y repentino agitó las olas, el cielo entintado de negro se desgarró con relámpagos amenazantes y una terrible borrasca sorprendió a la nave desprevenida.

-¡Cuidado! ¡El mar...! -en vano la Sirenita gritó y gritó.

Pero sus gritos, silenciados por el rumor del viento, no fueron oídos, y las olas, cada vez más altas, sacudieron con fuerza la nave. Después, bajo los gritos desesperados de los marineros, la arboladura y las velas se abatieron sobre cubierta, y con un siniestro fragor el barco se hundió. La Sirenita, que momentos antes había visto cómo el joven capitán caía al mar, se puso a nadar para socorrerlo. Lo buscó inútilmente durante mucho rato entre las olas gigantescas. Había casi renunciado, cuando de improviso, milagrosamente, lo vio sobre la cresta blanca de una ola cercana y, de golpe, lo tuvo en sus brazos.

El joven estaba inconsciente, mientras la Sirenita, nadando con todas sus fuerzas, lo sostenía para rescatarlo de una muerte segura. Lo sostuvo hasta que la tempestad amainó. Al alba, que despuntaba sobre un mar todavía lívido, la Sirenita se sintió feliz al acercarse a tierra y poder depositar el cuerpo del joven sobre la arena de la playa. Al no poder andar, permaneció mucho tiempo a su lado con la cola lamiendo el agua, frotando las manos del joven y dándole calor con su cuerpo.

Hasta que un murmullo de voces que se aproximaban la obligaron a buscar refugio en el mar.

-¡Corran! ¡Corran! -gritaba una dama de forma atolondrada- ¡Hay un hombre en la playa! ¡Está vivo! ¡Pobrecito...! ¡Ha sido la tormenta...! ¡Llevémoslo al castillo! ¡No! ¡No! Es mejor pedir ayuda...

La primera cosa que vio el joven al recobrar el conocimiento, fue el hermoso semblante de la más joven de las tres damas.

-¡Gracias por haberme salvado! -le susurró a la bella desconocida.

La Sirenita, desde el agua, vio que el hombre al que había salvado se dirigía hacia el castillo, ignorante de que fuese ella, y no la otra, quien lo había salvado.

Pausadamente nadó hacia el mar abierto; sabía que, en aquella playa, detrás suyo, había dejado algo de lo que nunca hubiera querido separarse. ¡Oh! ¡Qué maravillosas habían sido las horas transcurridas durante la tormenta teniendo al joven entre sus brazos!

Cuando llegó a la mansión paterna, la Sirenita empezó su relato, pero de pronto sintió un nudo en la garganta y, echándose a llorar, se refugió en su habitación. Días y más días permaneció encerrada sin querer ver a nadie, rehusando incluso hasta los alimentos. Sabía que su amor por el joven capitán era un amor sin esperanza, porque ella, la Sirenita, nunca podría casarse con un hombre.

Sólo la Hechicera de los Abismos podía socorrerla. Pero, ¿a qué precio? A pesar de todo decidió consultarla.

-¡...por consiguiente, quieres deshacerte de tu cola de pez! Y supongo que querrás dos piernas. ¡De acuerdo! Pero deberás sufrir atrozmente y, cada vez que pongas los pies en el suelo sentirás un terrible dolor.

-¡No me importa -respondió la Sirenita con lágrimas en los ojos- a condición de que pueda volver con él!

¡No he terminado todavía! -dijo la vieja-. ¡Deberás darme tu hermosa voz y te quedarás muda para siempre! Pero recuerda: si el hombre que amas se casa con otra, tu cuerpo desaparecerá en el agua como la espuma de una ola.

-¡Acepto! -dijo por último la Sirenita y, sin dudar un instante, le pidió el frasco que contenía la poción prodigiosa. Se dirigió a la playa y, en las proximidades de su mansión, emergió a la superficie; se arrastró a duras penas por la orilla y se bebió la pócima de la hechicera.

Inmediatamente, un fuerte dolor le hizo perder el conocimiento y cuando volvió en sí, vio a su lado, como entre brumas, aquel semblante tan querido sonriéndole. El príncipe allí la encontró y, recordando que también él fue un náufrago, cubrió tiernamente con su capa aquel cuerpo que el mar había traído.

-No temas -le dijo de repente-. Estás a salvo. ¿De dónde vienes?

Pero la Sirenita, a la que la bruja dejó muda, no pudo responderle.

-Te llevaré al castillo y te curaré.

Durante los días siguientes, para la Sirenita empezó una nueva vida: llevaba maravillosos vestidos y acompañaba al príncipe en sus paseos. Una noche fue invitada al baile que daba la corte, pero tal y como había predicho la bruja, cada paso, cada movimiento de las piernas le producía atroces dolores como premio de poder vivir junto a su amado. Aunque no pudiese responder con palabras a las atenciones del príncipe, éste le tenía afecto y la colmaba de gentilezas. Sin embargo, el joven tenía en su corazón a la desconocida dama que había visto cuando fue rescatado después del naufragio.

Desde entonces no la había visto más porque, después de ser salvado, la desconocida dama tuvo que partir de inmediato a su país. Cuando estaba con la Sirenita, el príncipe le profesaba a ésta un sincero afecto, pero no desaparecía la otra de su pensamiento. Y la pequeña sirena, que se daba cuenta de que no era ella la predilecta del joven, sufría aún más. Por las noches, la Sirenita dejaba a escondidas el castillo para ir a llorar junto a la playa.

Pero el destino le reservaba otra sorpresa. Un día, desde lo alto del torreón del castillo, fue avistada una gran nave que se acercaba al puerto, y el príncipe decidió ir a recibirla acompañado de la Sirenita.

La desconocida que el príncipe llevaba en el corazón bajó del barco y, al verla, el joven corrió feliz a su encuentro. La Sirenita, petrificada, sintió un agudo dolor en el corazón. En aquel momento supo que perdería a su príncipe para siempre. La desconocida dama fue pedida en matrimonio por el príncipe enamorado, y la dama lo aceptó con agrado, puesto que ella también estaba enamorada. Al cabo de unos días de celebrarse la boda, los esposos fueron invitados a hacer un viaje por mar en la gran nave que estaba amarrada todavía en el puerto. La Sirenita también subió a bordo con ellos, y el viaje dio comienzo.

Al caer la noche, la Sirenita, angustiada por haber perdido para siempre a su amado, subió a cubierta. Recordando la profecía de la hechicera, estaba dispuesta a sacrificar su vida y a desaparecer en el mar. Procedente del mar, escuchó la llamada de sus hermanas:

Sirenita! ¡Sirenita! ¡Somos nosotras, tus hermanas! ¡Mira! ¿Ves este puñal? Es un puñal mágico que hemos obtenido de la bruja a cambio de nuestros cabellos. ¡Tómalo y, antes de que amanezca, mata al príncipe! Si lo haces, podrás volver a ser una sirenita como antes y olvidarás todas tus penas.

Como en un sueño, la Sirenita, sujetando el puñal, se dirigió hacia el camarote de los esposos. Mas cuando vio el semblante del príncipe durmiendo, le dio un beso furtivo y subió de nuevo a cubierta. Cuando ya amanecía, arrojó el arma al mar, dirigió una última mirada al mundo que dejaba y se lanzó entre las olas, dispuesta a desaparecer y volverse espuma.

Cuando el sol despuntaba en el horizonte, lanzó un rayo amarillento sobre el mar y, la Sirenita, desde las aguas heladas, se volvió para ver la luz por última vez. Pero de improviso, como por encanto, una fuerza misteriosa la arrancó del agua y la transportó hacia lo más alto del cielo. Las nubes se teñían de rosa y el mar rugía con la primera brisa de la mañana, cuando la pequeña sirena oyó cuchichear en medio de un sonido de campanillas:

Sirenita! ¡Sirenita! ¡Ven con nosotras!

-¿Quiénes son? -murmuró la muchacha, dándose cuenta de que había recobrado la voz-. ¿Dónde están?

-Estás con nosotras en el cielo. Somos las hadas del viento. No tenemos alma como los hombres, pero es nuestro deber ayudar a quienes hayan demostrado buena voluntad hacia ellos.

La Sirenita, conmovida, miró hacia abajo, hacia el mar en el que navegaba el barco del príncipe, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas, mientras las hadas le susurraban:

-¡Fíjate! Las flores de la tierra esperan que nuestras lágrimas se transformen en rocío de la mañana. ¡Ven con nosotras! Volemos hacia los países cálidos, donde el aire mata a los hombres, para llevar ahí un viento fresco. Por donde pasemos llevaremos socorros y consuelos, y cuando hayamos hecho el bien durante trescientos años, recibiremos un alma inmortal y podremos participar de la eterna felicidad de los hombres -le decían.

-¡Tú has hecho con tu corazón los mismos esfuerzos que nosotras, has sufrido y salido victoriosa de tus pruebas y te has elevado hasta el mundo de los espíritus del aire, donde no depende más que de ti conquistar un alma inmortal por tus buenas acciones! -le dijeron.

Y la Sirenita, levantando los brazos al cielo, lloró por primera vez.

Oyéronse de nuevo en el buque los cantos de alegría: vio al Príncipe y a su linda esposa mirar con melancolía la espuma juguetona de las olas. La Sirenita, en estado invisible, abrazó a la esposa del Príncipe, envió una sonrisa al esposo, y en seguida subió con las demás hijas del viento envuelta en una nube color de rosa que se elevó hasta el cielo.



FIN

Otra película:



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jueves, 1 de octubre de 2009

La Sirenita


Todos los que me conocen saben que La Sirenita es mi película preferida de Disney. A día de hoy aún me pregunto si será Ariel la culpable de que las mujeres pelirrojas de ojos claros (como Alyson Hannigan) me parezcan tan hermosas y perfectas. De la historia de Ariel salieron otras dos películas más Regreso al Mar y El Origen de Ariel pero, yo me quedo con la primera.

La saga comienza con Ariel cumpliendo dieciséis años y olvidándose de asistir a su fiesta pública en la que tenía que cantar. Su padre, el Rey Tritón se enfada con ella porque siempre está en las nubes y deseando conocer a los humanos quienes, según él, son muy peligrosos. Ariel, enfadada, se va y ve un barco que naufraga y rescata al príncipe Eric quien, casualmente, también cumple años. Ella se enamora de él y él sólo recordará la dulce voz de una mujer que le cantó en la orilla del mar tras rescatarlo...


Hasta ahí os cuento de la primera por si hay gente que no conoce la historia. Ya en la segunda película, Melody, la hija de Ariel es amenazada por Morgana, una Bruja del Mar malvada por lo que Ariel decide que es mejor para su hija nunca estan junto al mar. El problema surge cuando Melody crece y... ¡el mar la dascina! Sueña con ser una sirena y no comprende por qué su madre tiene tanto miedo del mar...


Y por último, en la tercera película, retrocedemos a la infancia de Ariel, y así conocemos a Athena, su madre que desapareció un día tras divisar un barco. No se sabe si la capturaron, si huyó, si murió... sólo que a Athena le gustaba cantar y bailar y que Tritón prohíbe en Atlántida la música. Ariel se rebela a su padre, sin comprender por qué prohíbe algo que a ella tanto le gusta...

Ya si comparamos la película de Disney con el cuento de Hans Christian Andersen, nos llevamos sorpresas a tutiplén. Empezando por el final, que nada tiene que ver con el happy end que Disney nos ofrece.

Unos vídeos de las películas:








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miércoles, 30 de septiembre de 2009

María, el hada de los ojos de gitana


María es la niña de los ojos de gitana; tiene seis años, el pelo lleno de caracoles y acaba de llegar al Real Colegio de las Hadas.

Es hija de un duende del Bosque de los Deseos y de un hada de Primavera y, aunque también nació hada como su madre, igual que cualquier niña de su edad, tiene que ir al colegio para aprender un montón de cosas.

El primer día de colegio, María estaba entusiasmada con la fiesta de bienvenida que habían preparado las alumnas veteranas: por todas partes había hadas lanzando sus polvos para hacer figuras en el cielo, hadas cantando con voces mágicas que parecían flautas, hadas que volaban haciendo surcar grandes cintas doradas y, lo que más impresionó a María, hadas que con sus varitas mágicas hacían caer estrellas de colores que brillaban por encima de todo el colegio.

De pronto, se oyó hablar al Hada Directora por un micrófono:

- Queridas alumnas del Real Colegio de las Hadas, sed bienvenidas al nuevo curso. Como habéis visto, en la entrada hay un gran árbol que nos protege y nos quía: es el Árbol de la Vida. Todo aquello que queramos conseguir debemos encomendárselo para que lo encontremos en nuestra propia vida. Por ello, las niñas que habéis llegado hoy al colegio por primera vez tenéis que escribir en un papel el hada que os gustaría ser, doblarlo y enterrarlo entre las raíces del Árbol de la Vida antes de que termine la fiesta.

María tenía claro que no le gustaría ser un hada de Primavera como su madre, siempre pintando flores y más flores, tan cursis. Además, las hadas de Primavera son siempre pequeñitas y estaba ya muy alta para su edad. Ella lo que quería era sacar estrellitas de colores de su varita mágica, como hacían esas hadas tan guapas en la fiesta, pero no sabía qué tipo de hadas eran para poderlo anotar. Entonces, una alumna veterana se acercó con una cesta de nubes ofreciendo papeles y lapiceros a las nuevas para que escribieran el hada que querían ser y María aprovechó y le preguntó:

- Oye, ¿tú saber qué hadas son esas de las varitas mágicas que lanzan estrellas de colores?

- Ja, ja, ja - respondió la alumna veterana -. Está claro que es tu primer año; eso no son estrellas, es nieve, y se hace con frío.

- Muchas gracias - contestó María muy contenta. Ahora ya sabía qué hada quería ser, así que sin pensarlo mucho, lo escribio en el papel, lo dobló y lo enterró entre las raíces del Árbol de la Vida, convencida de que así podría lanzar estrellitas de nieve con su varita mágica.

Al día siguiente, tenían su primera clase práctica de filosofía de la vida y María estaba muy nerviosa y emocionada. Por la noche, mientras se lavaban los dientes, unas alumnas mayores le contaron que el primer día tomarían una pócima mágica. Sus padres siempre decían que ella todavía era muy pequeña para tomar ni un sorbito y, ahora, por fin, iba a probarla.

Empezó la clase y el Hada Sofía, profesora de filosofía de la vida, empezó a hablar:

- Ayer escribisteis en un papel el hada que queríais ser y lo enterrasteis entre las raíces del Árbol de la Vida. Eso quiere decir que todo aquello que queráis cosechar en la vida lo tenéis que sembrar, regar y cuidar; que seréis lo que os propongáis ser, siempre que os dediquéis a ello y os empeñéis en aprender. Hoy vamos a hacer un experimento para que cada una aprenda la primera lección de la filosofía de su vida. Tomaréis una pócima mágica, sólo una cucharada. Ya sabéis que no debéis probarla nunca si no os la ofrece un hada graduada. Con esta pócima, durante media hora seréis el hada que ayer deseasteis ser. Cuanso se pase el efecto, comentaremos lo que habéis aprendido cada una.

El Hada Sofía fue mesa por mesa dando a todas las alumnas una cucharada de un líquido verde que burbujeaba dentro de una caracola. De pronto, todas se empezaron a transformar y un gran revuelo de gritos, risas y llantos inindaron el aula.

Una niña chillaba presa del pánico:

- Tengo miedo de la oscuridad; por favor, Hada Sofía, yo no quiero ser un hada de la Luna.

La profesora se acercó a ella, movió su varita mágica sobre la niña y, cuando consiguió que esta dejara de ser hada de la Luna, le dijo:

- Espero que hayas aprendido la lección: no puedes llegar a ser lo que deseas sin antes vencer tus miedos. El miedo nos paraliza y tienes que superarlo para poder ser una buena hada de la Luna.

Otra alumna cercana requería la atención de la profesora: no paraba de estornudar, estaba roja como un tomate y parecía que se ahogaba. El Hada Sofía no dudó en mover de nuevo su varita mágica para que cesase el efecto de la pócima. Cuando la niña empezó a respirar con normalidad, la profesora le preguntó:

- Pero, ¿qué te ha pasado?

- Snif, snif - lloraba la niña - nunca podré ser un hada de la Primavera; tengo alergia al polen.

- Oh, querida alumna - la consoló la profesora -, espero que tú también hayas aprendido la primera lección de la filosofía de tu vida: no se puede desear ser algo que está fuera de nuestro alcance; no todas podemos ser vualquier tipo de hada. A mí también me hubiese gustado ser hada de Primavera, pero ya ves, con lo gorda que estoy, si tengo que vestirme de flores cada día, cualquier año no quedamos sin primavera y pasamos directamente del invierno al verano.

A su lado, otra niña con el pelo muy largo y muy rubio también lloraba:

- Rubita, guapa, ¿qué te ocurre a ti?

- Que a mí no me gusta estar en el agua.

- Y, ¿qué escribiste en el papel? - le preguntó la profesora.

- Que quería ser una ninfa, pero yo no sabía lo que era. Vi el aula de preparación para ninfas y pensé que lo de "ninfa" sonaba muy bien.

La profesora movió su varita para que cesara en la niña rubia el efecto de la pócima y le dijo:

- ¡Ufff! Una ninfa es un hada de Agua. Tu primera lección será que no hay que desear algo sin saber lo que se desea.

- Profe, profe, yo tampoco quiero ser esta hada; no me gusta tener las orejas puntiagudas y no consigo caminar - gritaba otra niña de dos mesas más atrás.

- Vaya, ¿y tú qué escribiste en el papel? - le preguntó el Hada Sofía.

- Puse que quería ser faerie, pero no sé lo que es; me lo dijo la niña que tenía al lado porque yo no sabía qué poner - respondió la niña.

La profesora de nuevo movió su varita mágica y, cuando la niña volvió a su estado normal, le dijo:

- Las faeries son hadas del Aire. Espero que hayas aprendido tu primera lección: no debes guiarte ciegamente por nadie; tú sola has de decidir tu futuro y, para ello, primero tienes que estudiar mucho para saber a conciencia lo que quieres en la vida.

Así pasó casi toda la media hora que duraba el efecto de la pócima, hasta que el Hada Sofía vio al final de la clase un iglú, como una casita d ehielo, y dentro, a María, temblando de frío y mirándola fijamente con sus ojitos de gitana. La profesora se acercó a la niña, movió su varita mágicay, en cuanto el iglú desapareció, escuchó que María decía:

- Yo sólo quería lanzar estrellas de colores con mi varita mágica.

- A ver, ¿puedes escribirnos en la pizarra lo que pusiste en el papel?

María, aún temblando, fue hasta la pizarra y escribió:

"QUIERO SER HELADA DE FRÍO"

La profesora se acercó sonriendo a la pizarra y corrigió lo que había escrito María, de manera que se leía:

"QUIERO SER EL HADA DEL FRÍO"

- Bueno, las hadas del frío en realidad son las hadas del Invierno. Seguro que con el resfriado que habrás pillado hoy no olvidarás tu primera lección. La ortografía, escribir bien las palabras, es muy importante, pero también es importante usar bien los artículos, esas palabras pequeñas como "el" o "un" que representan a las palabras más grandes, como "hada" o "frío". Recuerda que muchas veces, en la vida como en las palabras, lo realmente importante está en lo que nos parece más pequeño e insignificante y que, para transmitirle al Árbol de la Vida con exactitud qué queremos ser, tenemos que aprender a escribir correctamente. Imagina que un día te da por pedirle al Árbol de la Vida que quieres morirte de risa en una guerra de "almo Hadas". Nos vemos todas las hadas metidas en una guerra absurda contra otras, todas peleadas, y seguro que a ti tampoco te gustaría eso.

- No, no, claro que no - respondió María - prometo que estudiaré muy bien todas las letras para aprender a escribir perfectamente.

Desde entonces, María no paró de estudiar lengua y ortografía, esa asignatura que antes le parecía tan aburrida y que ahora empezaba a parecerle un juego divertido, hasta que llegó el día de final de curso. El Hada Directora entregaba las calificaciones finales a las alumnas y las condecoraciones a las más aplicadas:

- Queridas alumnas, estoy muy orgullosa de vosotras. La mayoría ha conseguido parar de curso y algunas de vosotras habéis demostrado vuestra capacidad e interés en ser unas buenas hadas el día de mañana. Entre ellas, quiero destcar a una principalmente. La condecoración número uno es para María, la niña de los ojos de gitana, porque no sólo ha empezado a ser una excelente hada de Invierno, como ella quería, sino que además ha estudiado tanto la asignatura de lengua y ortografía que se está convirtiendo en un hada especial: de su varita mágica consigue sacar nieve, pero no con forma de estrellas, sino con forma de letras que se juntan en palabras en el aire para convertirse en acertados consejos para todos los que le escriban (¡sin faltas!) pidiendo su ayuda.

A partir de entonces, María, el hada de los ojos de gitana, estudió tanto las palabras que se convirtió en el Hada de Invierno Escritora de Consejos, a quien acuden todos los humanos cuando tienen dudas para que ella haga que nieven letras brillantes que les ayuden a tomar siempre la mejor decisión.

Maena García Estrada
Puede que a simple vista parezca un sencillo cuento de hadas para niños, para inculcarles unos principios y animarles a estudiar pero, encierra unas lecciones válidas para cualquiera que lo lea.

Resumiendo, nos dice:

No puedes llegar a ser lo que deseas sin antes vencer tus miedos
No se puede desear ser algo que está fuera de nuestro alcance
No hay que desear algo sin saber lo que se desea.
Tú solo has de decidir tu futuro.
En la vida, lo realmente importante está en lo que nos parece más pequeño e insignificante.
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jueves, 13 de agosto de 2009

Altair


Si las gárgolas son antiguas, aún más ha vivido Altair quien quizá existe desde el principio de los tiempos. Es un hombre solitario, despiadado que no tiene inconveniente en tomar una daga, una pistola, una navaja o cualquier arma que tenga a mano para saciar su sed de sangre. Pero Altair no necesita de estos artilugios para llevar a cabo sus ansias de matar, sus manos son de por sí las herramientas más poderosas y peligrosas que existen, pero le gusta ver sufrir a sus víctimas, hacerlas gritar y retorcerse de dolor. Las tortura, incluso las mutila lentamente dejando que se desangren hasta la muerte. ¡Dios se apiade de aquel que se cruce en su camino!

Es probable que ni él mismo recuerde cómo era tener bondad y sentimientos puros, seguro que ha terminado por creerse lo que dicen de él: que nació sin alma. ¿Fue humano alguna vez? ¿Alguien puede imaginarse a este ser lleno de oscuridad en su corazón simplemente admirando la vida, disfrutando de la fragancia de las flores o ayudando al necesitado? Desde luego, nadie que haya oído hablar de su leyenda.

¿Cómo unas manos capaces de arrancar las más bellas y emotivas melodías del teclado del piano más destartalado y de las cuerdas del violín más desgastado del mundo pueden a la vez arrancarle la vida a un ser tan inocente y puro como lo es un recién nacido? Nadie ha conseguido jamás clemencia de él y en toda su existencia nunca ha sentido dolor o arrepentimiento por sus despiadadas acciones.

Es en esta era en la que el vampiro de cabellos tan oscuros como él comienza a sentirse amenazado de nuevo. Las novelas de fantasía, las series de heroínas que acaban con seres malignos como él a base de patadas y estacas está dando demasiada fuerza a la humanidad. Muchos ya no creen en vampiros y demonios, y éstos siguen siendo la presa más fácil pero otros... otros han visto el mensaje oculto en lo que observan en esa pantalla plana que descansa en un mueble de su sala de estar y han empezado a entrenarse para matar al mal que les acecha y amenaza con acabar con ellos. Altair ya se ha deshecho de muchos cazavampiros de pacotilla como él los llama, descuartizándolos y dejando como advertencia sus miembros en los buzones de otros ingenuos que creen que pueden detenerle.

Todos en la ciudad repleta de canales lo sabe: si ves a un hombre con ropas de estilo victoriano, sombrero de copa, un bastón con empuñadura de plata y zapatos tan relucientes como su siniestra sonrisa, ¡echa a correr y no te detengas hasta el amanecer! Porque Altair no cesará en su empeño y te perseguirá y sólo el sol y el fuego podría detenerle causándole la muerte.

Dicen que es tan veloz que casi parece hacerse invisible y que salta tan alto que podría decirse que es capaz de volar pero no, realmente no puede hacer nada parecido, aunque sí sabe cómo crear ilusiones e hipnotizar a sus víctimas hablándoles con suavidad y con un tono de lo más dulce y aterciopelado...

Si vais a la ciudad de Gante... cuidado con quién os cruzáis en la noche... Altair puede estar acechando en cualquier callejón, esperando el momento para beber vuestra sangre y arrebataros la vida... y el alma... porque morir a manos de un vampiro te condena a perder el alma y la oportunidad de volver a nacer en otro cuerpo...
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Alma


En todas las ciudades hay lunáticos conocidos por todos los habitantes, personas cuya cordura es puesta en duda y que inspiran compasión en algunos pocos y desprecio en la gran mayoría. Y, en una ciudad como Gante, no podía faltar este peculiar personaje. De cabellos rojizos, largos y despeinados, ojos que - de tan azules - parecen transparentes, ropas desgastadas y raídas y un aire desgarbado era la muchacha que caminaba como ánima en pena haciendo honor a su nombre... Ella era Alma, una belleza escondida tras la suciedad y el desaliño producto de las penurias sufridas y de los maltratos soportados.

Alma había dejado de ser parte de una familia a la temprana edad de siete años. Había sido toda una señorita, única hija de una familia adinerada de la ciudad pero, su inocencia y su tendencia a crearse mundos de fantasías, la llevaron a la ruina a pesar de tener junto a ella un hombre que administraba su enorme fortuna hasta su mayoría de edad. Fue entonces cuando la muchacha demostró la poca lucidez que había en ella. Llegaron a ella unos hombres que aseguraban poseer una maravilla arrebatada del propio paraíso. La joven prestaba atención a cada palabra de aquellos seres despiadados que no sabían lo que era la compasión y quedó maravillada cuando sus ojos se posaron por primera vez en aquella bola de plata de mediano tamaño, hueca y con algún metálico material en su interior que creaba, al chocar contra las paredes de la esfera, un dulce y tenue - casi inaudible - sonido. "Llamador de Ángeles" lo llamaron aquellos hombres, una joya única creada por el propio Altísimo para entregarla a quien fuese merecedor de tal presente. Era especial porque su sonido evocaba a los ángeles, que aparecían ante su portador. Alma, creyendo siempre que sus padres se habían convertido en unos ángeles del Señor, entregó todas las joyas, el dinero y las escrituras de las propiedades a cambio de lo que le permitiría comunicarse con su familia. Nada más tenerlo en sus manos, lo agitó pero no sucedió nada. Aquella gente le explicó que no funcionaba así. El Llamador debía estar siempre con su portador para reconocerlo como su legítimo dueño, y eso precisaba tiempo...

La chiquilla se hizo rápidamente una pequeña trenza y engarzó entre sus cabellos su pequeña Reliquia. Empaquetó las ropas de su madre, pues era lo único que ella consideraba de valor, y se marchó dejando la casa a sus nuevos inquilinos quienes, la prendieron fuego esa misma noche para cobrar el dinero del seguro y desaparecer de la ciudad. Así, Alma, regresó a su ahora destartalado hogar, con el Llamador tintineando sutilmente junto a su oído y con su inocente sonrisa radiante llena de esperanza de reencontrarse pronto con los suyos... o con un ángel que le hablase de ellos...

¡Pobre ilusa! Así, sola y en su mundo de ensoñaciones e imposibles, Alma aprendió a cuidarse sola, sin ayuda. Pronto supo que no le iban a regalar nada y que la comida no vendría sola y empezó a aceptar todo tipo de trabajos a cambio de un plato de comida caliente. Siempre fue honrada, como sus padres le habían inculcado desde tierna edad y nunca se dejó arrastrar por malas compañías.

Abrió las puertas de la carcomida y abrasada mansión para que todo aquel que no tuviese donde dormir, tuviese un techo bajo el que refugiarse. Si su ingenuidad era grande, aún mayor era su generosidad y siempre compartió con los menos afortunados, los que habían empezado a ser su nueva familia...

Vivió grandes momentos y terribles desengaños que le hicieron descubrir que, por muy puro que fuese su espíritu, no todos eran iguales. Se entregó a hombres que juraban amarla y que tras poseerla desaparecían sin dejar ni rastro y creando un enorme vacío en ella, que se pasaba los días y las noches esperándolos, creyendo que habían partido por una urgencia que no podía esperar pero que, realmente, la amaban y querían regresar cuanto antes a su lado...
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