Inkwand: diciembre 2009

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jueves, 24 de diciembre de 2009

Los juguetes

En un estante, cubierto de polvo, aguarda un hermoso perro de madera, también hay un soldadito de plomo con el mosquete torcido, y un casco dorado y im camión sin ruedas, un tractor pequeño y otros muchos... ¡cacharros olvidados!

Hace años no eran cacharros, ¡todo lo contrario! Eran juguetes nuevos y el niño sólo quería jugar ocn ellos. Invitaba a sus amigos, hacía cabañas, inventaba historias con ellos.

Los juguetes estaban felices con su amo y, mientras dormía, le hacían compañía y velaban sus sueños, vigilantes.

Cuando el niño se apartaba de ellos, siempre les decía:

- No os preocupéis, volveré enseguida. ¡Y quedáos quietos sin hacer ruido!

Pero el tiempo pasa y las cosas cambian.

Un día el niño dejó de prestarles atención.

El niño ha crecido y tiene nuevos amigos. De hecho, ha pasado tanto tiempo... que a penas recuerda el día de Navidad en que se los trajeron.

Pero los juguetes viejos siguen esperando al niño que jugaba con ellos y sonríen en silencio, recordando la felicidad de las horas que pasaron con él.
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miércoles, 23 de diciembre de 2009

La noche antes de Navidad

Era Nochebuena, y toda la casa estaba en silencio. De la chimenea colgaban seis pares de calcetines. Los había rojos, azules y naranjas. El árbol lucía con velas y guirnaldas.

Todos esperábamos que llegase Papá Noel.

Mis hermanos pequeños aguardaban acurrucados en sus camas, casi sin respirar.

Se preguntaban si habían sido bastante buenos aquel año.

Mamá y yo, después de mucho ir y venir, nos estábamos preparando para ir a dormir.

Pero entonces en el jardín oí un gran estruendo. Miré por la ventana y aunque hacía mucho frío, la abrí y me asomé.

Una hermosa luna me sonrió; brillaba como un copo de nieve con una bombilla dentro.

Yo empecé a tiritar, pero no me importó, porque acababa de ver, en el cielo, un enorme trineo tirado por renos.

El cochero era un viejecito que reconocí de inmediato, con su traje rojo con la hevilla dorada...

¡Papá Noel! ¡Papá Noel! ¡Sí, era él!

Les gritaba a sus renos y repetía sus nombres:

- ¡Vamos allá, Destello y Relámpago! ¡Adelante, Traviesa, Danzarina y Cupido! ¡Tirad bien fuerte, Cometa y Saltador! ¡Llegad lejos, Trueno y Relámpago! ¡A la cima del mundo! ¡De prisa, de prisa, que los niños me esperan!

Y de pronto me di cuenta de que Papá Noel... ¡Iba a aparcar su trineo en mi tejado!

Por un momento pensé que debía despertar a mis hermanos, pero era mejor contárselo al día siguiente. Estaba tan feliz y tan excitado, que no me daba cuenta de que tiritaba de frío.

Los renos hacían cabriolas y saltos, y hasta me pareció que cantaban villancicos... ¡y que alguno desafinaba!

Cuando acabó mi sorpresa, seguí espiando, y puede ver de cerca a Papá Noel.

Llevaba unas enormes botas de piel y un abrigo rojo, con rebordes de pelo blanco.

Tenía la cara ancha como la luna, bastante barriga, y una barba muy larga, muy bien arreglada.

En la ropa se le veían restos de hollín y también cenizas.

Se colgó un saco de juguetes a la espalda, sin esfuerzo.

Le brillaban los ojos y también la nariz. Reía constantemente, como los hombres buenos, y se le hacían hoyuelos. De su boca pendía una pipa feliz, que colgaba descuidada de uno de los lados, él dejaba escapar humo de vez en cuando.

Entonces él me vio y me dedicó una enorme sonrisa. Al reír los ojos se le cerraban, me hizo un guiño:

- Sí, soy Santa Claus, no temas nada, niño.

Yo bajé descalzo a la sala, porque tenía que seguir espiándolo, y él, como si no me viera, realizó su trabajo, llenó los calcetines con muchos regalos, con dulces, gominolas, libros y cacharros.

Para mis hermanas, muñecas de trapo, y para mí los lápices que había deseado.

Acabado el trabajo, Santa Claus me sonrió de nuevo. Luego se atretó la tripa, la nariz se frotó, y sin más problemas, salió de la casa por la chimenea.

Le esperaba su trieneo, se sentó satisfecho, tocó su silbato y los renos se fueron volando de inmediato.

Pero al alejarse, le escuché exclamar:

- No te constipes, niño. Este año has sido bueno, no te has de preocupar, tu calcetín te espera lleno a rebosar. Vuélvete a la cama ¡y Feliz Navidad!
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martes, 22 de diciembre de 2009

El último sueño del viejo roble

Adaptación del cuento de Hans Christian Andersen

Se acercaba el invierno. El viejo roble del bosque se quedó sin sus hojas, dispuesto a entregarse a su prolongado sueño. Desde siempre, todos los inviernos soñaba mucho. Ahora faltaba poco para Navidad y el roble tuvo su sueño más bello: cuanto había vivido en el curso de sus años desfiló ante él.

Fue como si un nuevo flujo de vida recorriese su tronco. Y cuanto más crecía el árbol, mayor era su bienestar. Rebasaba ya en mucho a las nubes y tocaba las estrellas.

Eran momentos de gran felicidad, y, sin embargo, en medio de su aventura sintió el roble el afán de que los restantes árboles del bosque pudieran compartir su dicha con él.

Y de ahí que el roble vio cómo crecían los demás árboles hasta alcanzar su misma altura.

- ¡Qué hermoso! - exclamó entusiasmado -. ¡Estoy rodeado de todos los árboles amigos! ¿Cómo es posible?

- En el Reino de Dios todo es posible - se oyó una voz.

Y el árbol, que seguía creciendo, sintió que las raíces se soltaban de la tierra.

- Esto es lo mejor de todo - exclamó el árbol -. Ya no me sujeta nada allá abajo. Puedo elevarme hasta el infinito en la luz y en la gloria. Y me rodean todos los que quiero... ¡Todos!

Éste fue el sueño del roble. Mientras soñaba, una tempestad se desencadenó en la noche de Navidad. El árbol fue arrancado de raíz mientras soñaba que sus raíces se desprendían del suelo.

La mañana de Navidad, la tempestad se había calmado.

- ¡No está el roble que nos señalaba la tierra! - gritaron los marinos -. Lo ha abatido la tormenta. ¿Quién lo sustituirá?

-Nadie podrá hacerlo - dijeron varias voces.

Y los tripulantes empezaron a cantar; se sentían elevados a su manera por el canto, como el viejo roble en su último sueño, el sueño más bello de su Nochebuena.
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lunes, 21 de diciembre de 2009

El Regalo de los Reyes Magos

Adaptación del cuento de O. Henry

Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era cuanto tenía. Había conseguido ahorrarlos con un esfuerzo terrible. Y al día siguiente era Navidad.

Delia se echó a llorar. Quería hacerle un buen regalo a su marido, Jim, James Dillingham Young, que ganaba veinte dólares a la semana.

Delia había pasado horas imaginando algo bonito para él. Se soltó el cabelle y lo dejó caer sobre sus hombros.

Los Dillingham poseían dos cosas, con orgullo: un reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo; y la hermosa cabellera de Delia.

Delia salió a la calle y fue a una peluquería que compraba pelo para hacer pelucas. La dueña le ofreció veinte dólares. Tras el corte, recorrió la ciudad buscando un regalo para su esposo.

Por fin encontró una cadena de reloj de platino. Así Jim podría tirar su vieja correa. Pagó los veinte dólares y regresó a casa. Se arregló el cabello y empezó a preparar la cena de Navidad.

Jim no se retrasaba nunca. Delia oyó sus pasos en la escalera y palideció al pensar en su aspecto: "Dios mío, que le siga pareciendo bonita", murmuró para sí.

Jim llegó a casa, serio. Sólo tenía veintidós años ¡y una familia que mantener!

Miró a Delia con una expresión extraña, que su mujer no pudo interpretar, pero que la asustó.

- ¡Querido, no me mires así! - exclamó Delia al cabo de unos instantes que le parecieron eternos -. Me corté el pelo y lo vendí porque quería comprarte un regalo de Navidad. Crecerá de nuevo. Dime "Feliz Navidad" ¡No te imaginas qué regalo tengo para ti!

- ¿Te cortaste el pelo? - preguntó Jim, anonadado.

- Lo he vendido - dijo Delia -. Lo hice por ti, perdóname. Pero no hablemos más, amor. Ya crecerá. ¿Pongo la carne al fuego? - preguntó.

Jim sonrió y le entregó un paquete a su mujer.

- Delia, ningún corte de pelo haría que yo te quisiera menos. Pero si abres este paquete, entenderás mi desconcierto.

Delia retiró rápidamente el papel. Y tras un grito de alegría aparecieron las lágrimas y Jim tuvo que abrazarla.

Era el juego de peinetas de carey que Delia deseaba desde hacía meses. Por fin eran suyas... ¡Pero ahora no tenía trenzas!

La joven las oprimió contra su pecho y dijo:

- Mi pelo crecerá muy rápido!

Luego gritó:

- ¡Mira ahora tu regalo! Recorrí la ciudad para encontrar esta cadena. ¡Dame tu reloj!

Jim sonrió de nuevo:

- Delia, vendí mi reloj para comprarte las peinetas... ¡No pensemos en los regalos de Navidad! Y ve a poner la carne al fuego.

Y esta es la historia de dos jóvenes que sacrificaron el uno al otro lo más valioso que tenían.

Pero en realidad tenían una cosa más valiosa, su amor, y por ello sus regalos fueron magníficos, y ellos, unos Reyes Magos de verdad.
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domingo, 20 de diciembre de 2009

La Voz del Río

Cristóbal ayudaba a los viajeros a cruzar el río con su barca. Un día oyó una voz muy dulce que le llamaba. Un niño se le había acercado y pedía ayuda para ir a la otra orilla. Cristóbal lo colocó sobre sus hombros, tomo un varalpara que le sirviese de bastón y se metió decidido en el agua. Dejó la barca varada e inició la travesía.

De pronto, el nivel del agua empezó a subir. Y mientras subía, el niño parecía pesar cada vez más, como si su cuerpo se tornase de plomo, o como si portase una mochila invisible cargada de piedras. El niño le resultaba tan pesado y la corriente era tan poderosa que, al llegar a la mitad del río, Cristóbal se sintió desfallecer.

En verdad creía que iba a ahogarse.

Cristóbal estaba asustado y a penas le quedaban fuerzas, pero hizo un gran esfuerzo y consiguió atravesar el río.

Cuando alcanzó la otra orilla, dejó al chiquillo sano y salvo en el suelo, se dejó caer a su lado y con tono desfallecido, exclamó:

- ¡Ay, qué grave peligro hemos corrido! ¡Te tenía sobre mis hombros con más peso que si llevara encima el mundo entero!

- Cristóbal - respondió el niño -. Has dicho una gran verdad. Sobre tus hombros sostenías el mundo entero y también al Creador de ese mundo. Yo soy Cristo, tu rey. Me has ayudado y quiero recompensarte: cuando regreses a tu cabaña, después de cruzar de nuevo el río, junto a la puerta, clava el varal en el suelo.

Y dicho esto, el niño desapareció.

Cristóbal, asombrado, hizo lo que le pedían, y a su regreso clavó el varal ante su puerta.

Al día siguiente la seca vara se había transformado en una rama verde, rebosante de frutos.
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sábado, 19 de diciembre de 2009

El Príncipe Feliz

Adaptación del cuento de Oscar Wilde

La magnífica estatua del Príncipe Feliz se alzaba imponente sobre la ciudad. Estaba recubierta por láminas de oro; sus ojos eran dos zafiros y en el puño de la espada centelleaba un rubí. Todo en él era muy valioso, excepto el corazón, que era de plomo.

Una noche llegó volando una golondrina, que intentaba viajar hasta Egipto antes de que la atrapase el frío.

Cuando se refugió en la estatua, le cayó encima un goterón.

- ¡Qué raro! - exclamó -. No llueve.

Al alzar la vista, vio al Príncipe llorando.

- ¡Eres el Príncipe Feliz! ¿Por qué lloras?

- Cuando yo vivía, era feliz. Pero ahora que soy una estatua, me han puesto tan alto que puedo ver la miseria de mi ciudad, y eso me apena mucho. Allí veo a una madre con un niño enfermo que tiene fiebre. Le pide naranjas, pero ella no tiene dinero. Por favor, golondrina, llévale a la mujer el rubí de mi espada.

La golondrina, aunque tenía que volar a Egipto, le obedeció.

Luego el príncipe le pidió que le llevara un zafiro a un jóven escritor que pasaba hambre y frío en un desván. Así podría comprar comida y leña.

Ella cumplió el encargo, y quedó tan cansada que pospuso un día su viaje.

Cuando iba a reanudarlo, el Príncipe le pidió otro favor.

- En la plaza hay una niña que vende cerillas. Hoy no ha vendido ninguna y teme que la castiguen. No tiene zapatos. Llévale mi otro ojo de zafiro.

- No puedo arrancártelo... ¡Te quedarás ciego! - respondió la golondrina.

Pero el príncipe se lo suplicó y ella acabó haciéndolo. Al regresar a su lado le dijo:

- Príncipe, ahora que estás ciego, me quedaré contigo para que puedas ver con mis ojos.

La golondrina voló sobre la ciudad y contó los niños hambrientos; luego regresó junto al Príncipe para explicárselo.

- Mi estatua está toda recubierta de oro - le dijo el Príncipe - ¡Puedes sacarlo y llevárselo a los pobres!

La golondrina le obedeció y los niños tuvieron pan.

Llegó entonces el invierno y todo se cubrió de nieve. La golondrina tenía mucho frío, pero no quería abandonar al Príncipe. Una tarde comprendió que iba a morir.

- ¡Adiós, mi querido príncipe! - le susurró.

- Me alegra que por fin vayas a Egipto - respondió él.

Pero ella le besó en los labios y cayó muerta a sus pies.

En ese mismo instante, el corazón de plomo de la estatua se partió en dos.

A la mañana siguiente, el alcalde descubrió que la estatua estaba muy deteriorada.

- ¡El Príncipe Feliz parece un mendigo! ¡Y hay un pájaro muerto a sus pies!

Y mandó fundir la estatua.

- ¡Qué raro! - dijo el encargado de la fundición -. Este corazón de plomo no quiere fundirse.

Y lo tiró al basurero donde yacía la golondrina muerta.

Entonces sucedió algo prodigioso: un ángel bajó del cielo para recoger el corazón de plomo y el pájaro muerto.

Dios le había pedido que trajera las dos cosas más hermosas que encontrase en la ciudad.
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viernes, 18 de diciembre de 2009

Canción de Navidad

Adaptación del cuento de Charles Dickens

En el día de Nochebuena, en su tienda en el centro del viejo Londres, Ebenezer Scrooge estaba tan malhumorado como de costumbre.

Su sobrino fue a verle, le deseó una Feliz Navidad y le preguntó:

- ¿Vendrás a cenar con nosotros, tío?

- ¡Bah, paparruchas! - gruñó Scrooge -. ¡Vete de aquí, a mí la Navidad no me interesa!

El pobre Cratchit, un esforzado oficinista que trabajaba a las órdenes de Scrooge, se atrevió a preguntarle:

- Mañana es fiesta, ¿verdad, señor?

Scrooge refunfuñó. Era muy avaro y le molestaba tenerle que pagar un día sin que acudiera al trabajo, incluso si era Navidad. Además, él odiaba esas fiestas.

Aquella noche, al acostarse, Scrooge oyó que alguien arrastraba unas cadenas... De pronto vio frente a él al fantasma de Marley, quien había sido su socio hasta su muerte, tan avaro como él.

- ¡Scrooooooge - gimió el espectro -, he venido a advertirte! Como no corrijas tu actitud, tendrás un final tan triste como el mío. Esta noche de Navidad tres espíritus vendrán a tu encuentro... ¡Escúchalos!

Ebenezer Scrooge se asustó, pero estaba tan cansado que acabó quedándose dormido en su lecho.

Cuando el reloj dio la una, el viejo Scrooge se despertó, asustado y aterido. Forzó la mirada en la oscuridad y se encontró con un espíritu que le decía:

- ¡Soy el fantasma de las Navidades de Tiempos Pasados! ¡Sígueme!

El fantasma le cogió de la mano y llevó a Scrooge a las Navidades de tiempos lejanos, cuando él todavía tenía un corazón tierno, no triste y helado. Vio a su jefe y a su hermana.

Recordó que en otros tiempos era un hombre más feliz.

Al final no pudo soportarlo: su corazón había cambiado demasiado. Scrooge le pidió al espectro que volvieran a casa.

De nuevo en la cama, tiritando de nuevo, Scrooge descubrió otro espíritu. Éste era mucho más joven.

- Soy el fantasma de las Navidades Presentes, y te voy a enseñar algunas imágenes hermosas. Ven conmigo.

Lo llevó al hogar de Cratchit. Allí estaba toda la familia celebrando la fiesta, pese a sus pocos recursos, y cantaban felices.

- ¡Que Dios nos bendiga! - gritó alegremente Tim, el hijo cojo de Cratchit.

Scrooge quedó impresionado ante aquella alegría. Quería hacer algo, pero entonces apareció el tercer espíritu... ¡Era espantoso y mantenía un silencio que le erizaba los pelos de miedo!

Era el fantasma de las Navidades Futuras.

Lo condujo, sin decir palabra, hasta el cementerio y allí le mostró una tumba llena de flores. ¡Era del pequeño Tim!

No muy lejos estaba la tumba de Scrooge, abandonada.

El monstruo lo condujo entonces a la ciudad, donde pudo oír las habladurías de las gentes.

- El viejo avaro ha muerto; y nadie le ha llorado - decían.

Cuando el fantasma se fue, Scrooge se arrodilló y dio gracias a Dios por haberle concedido aquella oportunidad para cambiar. Entonces se despertó. ¡Todo había sido un sueño!

Pero la lección estaba aprendida, corrió a la ventana y constató que todavía era Navidad.

Tenía tiempo para enmendarse. Salió a comprar un pavo y pidió que lo enviaran a casa de los Cratchit. Luego compró un montón de regalos y corrió a casa de su sobrino.

Gracias a aquellos tres espíritus navideños, el amor había regresado al seco corazón de Scrooge, que se había convertido en un hombre generoso.

Y su sobrino lo recibió con cariño, como si todos aquellos años de avaricia y mal humor nunca hubieran existido.
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jueves, 17 de diciembre de 2009

El Roscón de Reyes

A María le había dejado muy impresionada el relato de la matanza de los santos inocentes. Le habían contado la historia del nacimiento de Jesús y ella no dejaba de pensar en la maldad del rey Herodes y en los pobres niños que mandó matar.

Sus papás deseaban tranquilizarla explicándole que el cuchillo de los sicarios del rey nada podía contra las almas de los niños y se les ocurrió una manera muy dulce de hacerlo:

- Vamos a cocinar un roscón con una figurilla dentro. El cuchillo pasará sobre el roscón hasta encontrar el muñeco, pero cuando lo haga, no podrá cortarlo...

Así lo hicieron, y prepararon una enorme y apetitosa rosca cuajada de frutas escarchadas con una sorpresa en su interior.

- ¡Qué bueno! - exclamó María al ver aquel extraño pastel.

- Y guarda una sorpresa - añadió el padre, misteriosamente.

Entonces empezaron a repartir los trozos y, de pronto, la niña encontró en el suyo una figurilla de cerámica...

- Eres la reina - dijo su madre, y sacó una cinta dorada y se la puso en el pelo.

Luego hablaron a María de la inmensidad del alma y del gran poder del amor.

Y la niña entendió que todas las personas somos reyes y que hay algo muy valioso en nuestro interior que nada ni nadie puede dañar.
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