Inkwand: El Príncipe Feliz

Últimas reseñas

Cristal       Cristal       Cristal       Rojo y Oro       El hada mancillada       Almas de hierro       El periplo del ángel       El poder de la oscuridad       Canción de Navidad       Hugo Holmes       Cuentos de hadas y sapos       Una visita de San Nicolás      Los coleccionistas de vidrio

sábado, 19 de diciembre de 2009

El Príncipe Feliz

Adaptación del cuento de Oscar Wilde

La magnífica estatua del Príncipe Feliz se alzaba imponente sobre la ciudad. Estaba recubierta por láminas de oro; sus ojos eran dos zafiros y en el puño de la espada centelleaba un rubí. Todo en él era muy valioso, excepto el corazón, que era de plomo.

Una noche llegó volando una golondrina, que intentaba viajar hasta Egipto antes de que la atrapase el frío.

Cuando se refugió en la estatua, le cayó encima un goterón.

- ¡Qué raro! - exclamó -. No llueve.

Al alzar la vista, vio al Príncipe llorando.

- ¡Eres el Príncipe Feliz! ¿Por qué lloras?

- Cuando yo vivía, era feliz. Pero ahora que soy una estatua, me han puesto tan alto que puedo ver la miseria de mi ciudad, y eso me apena mucho. Allí veo a una madre con un niño enfermo que tiene fiebre. Le pide naranjas, pero ella no tiene dinero. Por favor, golondrina, llévale a la mujer el rubí de mi espada.

La golondrina, aunque tenía que volar a Egipto, le obedeció.

Luego el príncipe le pidió que le llevara un zafiro a un jóven escritor que pasaba hambre y frío en un desván. Así podría comprar comida y leña.

Ella cumplió el encargo, y quedó tan cansada que pospuso un día su viaje.

Cuando iba a reanudarlo, el Príncipe le pidió otro favor.

- En la plaza hay una niña que vende cerillas. Hoy no ha vendido ninguna y teme que la castiguen. No tiene zapatos. Llévale mi otro ojo de zafiro.

- No puedo arrancártelo... ¡Te quedarás ciego! - respondió la golondrina.

Pero el príncipe se lo suplicó y ella acabó haciéndolo. Al regresar a su lado le dijo:

- Príncipe, ahora que estás ciego, me quedaré contigo para que puedas ver con mis ojos.

La golondrina voló sobre la ciudad y contó los niños hambrientos; luego regresó junto al Príncipe para explicárselo.

- Mi estatua está toda recubierta de oro - le dijo el Príncipe - ¡Puedes sacarlo y llevárselo a los pobres!

La golondrina le obedeció y los niños tuvieron pan.

Llegó entonces el invierno y todo se cubrió de nieve. La golondrina tenía mucho frío, pero no quería abandonar al Príncipe. Una tarde comprendió que iba a morir.

- ¡Adiós, mi querido príncipe! - le susurró.

- Me alegra que por fin vayas a Egipto - respondió él.

Pero ella le besó en los labios y cayó muerta a sus pies.

En ese mismo instante, el corazón de plomo de la estatua se partió en dos.

A la mañana siguiente, el alcalde descubrió que la estatua estaba muy deteriorada.

- ¡El Príncipe Feliz parece un mendigo! ¡Y hay un pájaro muerto a sus pies!

Y mandó fundir la estatua.

- ¡Qué raro! - dijo el encargado de la fundición -. Este corazón de plomo no quiere fundirse.

Y lo tiró al basurero donde yacía la golondrina muerta.

Entonces sucedió algo prodigioso: un ángel bajó del cielo para recoger el corazón de plomo y el pájaro muerto.

Dios le había pedido que trajera las dos cosas más hermosas que encontrase en la ciudad.

No hay comentarios :

Publicar un comentarioSe agradecen vuestras visitas y se aprecian los comentarios. Por favor, evitad las faltas de respeto y el hacer publicidad.

Publicar un comentario

Gracias por pasar a leerme. Todo comentario referente a la entrada es bienvenido. Por favor, evita la publicidad y las faltas de respeto.

TODOS LOS COMENTARIOS SON MODERADOS, por lo que aquellos no relacionados con la entrada comentada, serán eliminados.