Inkwand: La noche antes de Navidad

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miércoles, 23 de diciembre de 2009

La noche antes de Navidad

Era Nochebuena, y toda la casa estaba en silencio. De la chimenea colgaban seis pares de calcetines. Los había rojos, azules y naranjas. El árbol lucía con velas y guirnaldas.

Todos esperábamos que llegase Papá Noel.

Mis hermanos pequeños aguardaban acurrucados en sus camas, casi sin respirar.

Se preguntaban si habían sido bastante buenos aquel año.

Mamá y yo, después de mucho ir y venir, nos estábamos preparando para ir a dormir.

Pero entonces en el jardín oí un gran estruendo. Miré por la ventana y aunque hacía mucho frío, la abrí y me asomé.

Una hermosa luna me sonrió; brillaba como un copo de nieve con una bombilla dentro.

Yo empecé a tiritar, pero no me importó, porque acababa de ver, en el cielo, un enorme trineo tirado por renos.

El cochero era un viejecito que reconocí de inmediato, con su traje rojo con la hevilla dorada...

¡Papá Noel! ¡Papá Noel! ¡Sí, era él!

Les gritaba a sus renos y repetía sus nombres:

- ¡Vamos allá, Destello y Relámpago! ¡Adelante, Traviesa, Danzarina y Cupido! ¡Tirad bien fuerte, Cometa y Saltador! ¡Llegad lejos, Trueno y Relámpago! ¡A la cima del mundo! ¡De prisa, de prisa, que los niños me esperan!

Y de pronto me di cuenta de que Papá Noel... ¡Iba a aparcar su trineo en mi tejado!

Por un momento pensé que debía despertar a mis hermanos, pero era mejor contárselo al día siguiente. Estaba tan feliz y tan excitado, que no me daba cuenta de que tiritaba de frío.

Los renos hacían cabriolas y saltos, y hasta me pareció que cantaban villancicos... ¡y que alguno desafinaba!

Cuando acabó mi sorpresa, seguí espiando, y puede ver de cerca a Papá Noel.

Llevaba unas enormes botas de piel y un abrigo rojo, con rebordes de pelo blanco.

Tenía la cara ancha como la luna, bastante barriga, y una barba muy larga, muy bien arreglada.

En la ropa se le veían restos de hollín y también cenizas.

Se colgó un saco de juguetes a la espalda, sin esfuerzo.

Le brillaban los ojos y también la nariz. Reía constantemente, como los hombres buenos, y se le hacían hoyuelos. De su boca pendía una pipa feliz, que colgaba descuidada de uno de los lados, él dejaba escapar humo de vez en cuando.

Entonces él me vio y me dedicó una enorme sonrisa. Al reír los ojos se le cerraban, me hizo un guiño:

- Sí, soy Santa Claus, no temas nada, niño.

Yo bajé descalzo a la sala, porque tenía que seguir espiándolo, y él, como si no me viera, realizó su trabajo, llenó los calcetines con muchos regalos, con dulces, gominolas, libros y cacharros.

Para mis hermanas, muñecas de trapo, y para mí los lápices que había deseado.

Acabado el trabajo, Santa Claus me sonrió de nuevo. Luego se atretó la tripa, la nariz se frotó, y sin más problemas, salió de la casa por la chimenea.

Le esperaba su trieneo, se sentó satisfecho, tocó su silbato y los renos se fueron volando de inmediato.

Pero al alejarse, le escuché exclamar:

- No te constipes, niño. Este año has sido bueno, no te has de preocupar, tu calcetín te espera lleno a rebosar. Vuélvete a la cama ¡y Feliz Navidad!

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