Inkwand: agosto 2009

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jueves, 13 de agosto de 2009

Altair


Si las gárgolas son antiguas, aún más ha vivido Altair quien quizá existe desde el principio de los tiempos. Es un hombre solitario, despiadado que no tiene inconveniente en tomar una daga, una pistola, una navaja o cualquier arma que tenga a mano para saciar su sed de sangre. Pero Altair no necesita de estos artilugios para llevar a cabo sus ansias de matar, sus manos son de por sí las herramientas más poderosas y peligrosas que existen, pero le gusta ver sufrir a sus víctimas, hacerlas gritar y retorcerse de dolor. Las tortura, incluso las mutila lentamente dejando que se desangren hasta la muerte. ¡Dios se apiade de aquel que se cruce en su camino!

Es probable que ni él mismo recuerde cómo era tener bondad y sentimientos puros, seguro que ha terminado por creerse lo que dicen de él: que nació sin alma. ¿Fue humano alguna vez? ¿Alguien puede imaginarse a este ser lleno de oscuridad en su corazón simplemente admirando la vida, disfrutando de la fragancia de las flores o ayudando al necesitado? Desde luego, nadie que haya oído hablar de su leyenda.

¿Cómo unas manos capaces de arrancar las más bellas y emotivas melodías del teclado del piano más destartalado y de las cuerdas del violín más desgastado del mundo pueden a la vez arrancarle la vida a un ser tan inocente y puro como lo es un recién nacido? Nadie ha conseguido jamás clemencia de él y en toda su existencia nunca ha sentido dolor o arrepentimiento por sus despiadadas acciones.

Es en esta era en la que el vampiro de cabellos tan oscuros como él comienza a sentirse amenazado de nuevo. Las novelas de fantasía, las series de heroínas que acaban con seres malignos como él a base de patadas y estacas está dando demasiada fuerza a la humanidad. Muchos ya no creen en vampiros y demonios, y éstos siguen siendo la presa más fácil pero otros... otros han visto el mensaje oculto en lo que observan en esa pantalla plana que descansa en un mueble de su sala de estar y han empezado a entrenarse para matar al mal que les acecha y amenaza con acabar con ellos. Altair ya se ha deshecho de muchos cazavampiros de pacotilla como él los llama, descuartizándolos y dejando como advertencia sus miembros en los buzones de otros ingenuos que creen que pueden detenerle.

Todos en la ciudad repleta de canales lo sabe: si ves a un hombre con ropas de estilo victoriano, sombrero de copa, un bastón con empuñadura de plata y zapatos tan relucientes como su siniestra sonrisa, ¡echa a correr y no te detengas hasta el amanecer! Porque Altair no cesará en su empeño y te perseguirá y sólo el sol y el fuego podría detenerle causándole la muerte.

Dicen que es tan veloz que casi parece hacerse invisible y que salta tan alto que podría decirse que es capaz de volar pero no, realmente no puede hacer nada parecido, aunque sí sabe cómo crear ilusiones e hipnotizar a sus víctimas hablándoles con suavidad y con un tono de lo más dulce y aterciopelado...

Si vais a la ciudad de Gante... cuidado con quién os cruzáis en la noche... Altair puede estar acechando en cualquier callejón, esperando el momento para beber vuestra sangre y arrebataros la vida... y el alma... porque morir a manos de un vampiro te condena a perder el alma y la oportunidad de volver a nacer en otro cuerpo...
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Alma


En todas las ciudades hay lunáticos conocidos por todos los habitantes, personas cuya cordura es puesta en duda y que inspiran compasión en algunos pocos y desprecio en la gran mayoría. Y, en una ciudad como Gante, no podía faltar este peculiar personaje. De cabellos rojizos, largos y despeinados, ojos que - de tan azules - parecen transparentes, ropas desgastadas y raídas y un aire desgarbado era la muchacha que caminaba como ánima en pena haciendo honor a su nombre... Ella era Alma, una belleza escondida tras la suciedad y el desaliño producto de las penurias sufridas y de los maltratos soportados.

Alma había dejado de ser parte de una familia a la temprana edad de siete años. Había sido toda una señorita, única hija de una familia adinerada de la ciudad pero, su inocencia y su tendencia a crearse mundos de fantasías, la llevaron a la ruina a pesar de tener junto a ella un hombre que administraba su enorme fortuna hasta su mayoría de edad. Fue entonces cuando la muchacha demostró la poca lucidez que había en ella. Llegaron a ella unos hombres que aseguraban poseer una maravilla arrebatada del propio paraíso. La joven prestaba atención a cada palabra de aquellos seres despiadados que no sabían lo que era la compasión y quedó maravillada cuando sus ojos se posaron por primera vez en aquella bola de plata de mediano tamaño, hueca y con algún metálico material en su interior que creaba, al chocar contra las paredes de la esfera, un dulce y tenue - casi inaudible - sonido. "Llamador de Ángeles" lo llamaron aquellos hombres, una joya única creada por el propio Altísimo para entregarla a quien fuese merecedor de tal presente. Era especial porque su sonido evocaba a los ángeles, que aparecían ante su portador. Alma, creyendo siempre que sus padres se habían convertido en unos ángeles del Señor, entregó todas las joyas, el dinero y las escrituras de las propiedades a cambio de lo que le permitiría comunicarse con su familia. Nada más tenerlo en sus manos, lo agitó pero no sucedió nada. Aquella gente le explicó que no funcionaba así. El Llamador debía estar siempre con su portador para reconocerlo como su legítimo dueño, y eso precisaba tiempo...

La chiquilla se hizo rápidamente una pequeña trenza y engarzó entre sus cabellos su pequeña Reliquia. Empaquetó las ropas de su madre, pues era lo único que ella consideraba de valor, y se marchó dejando la casa a sus nuevos inquilinos quienes, la prendieron fuego esa misma noche para cobrar el dinero del seguro y desaparecer de la ciudad. Así, Alma, regresó a su ahora destartalado hogar, con el Llamador tintineando sutilmente junto a su oído y con su inocente sonrisa radiante llena de esperanza de reencontrarse pronto con los suyos... o con un ángel que le hablase de ellos...

¡Pobre ilusa! Así, sola y en su mundo de ensoñaciones e imposibles, Alma aprendió a cuidarse sola, sin ayuda. Pronto supo que no le iban a regalar nada y que la comida no vendría sola y empezó a aceptar todo tipo de trabajos a cambio de un plato de comida caliente. Siempre fue honrada, como sus padres le habían inculcado desde tierna edad y nunca se dejó arrastrar por malas compañías.

Abrió las puertas de la carcomida y abrasada mansión para que todo aquel que no tuviese donde dormir, tuviese un techo bajo el que refugiarse. Si su ingenuidad era grande, aún mayor era su generosidad y siempre compartió con los menos afortunados, los que habían empezado a ser su nueva familia...

Vivió grandes momentos y terribles desengaños que le hicieron descubrir que, por muy puro que fuese su espíritu, no todos eran iguales. Se entregó a hombres que juraban amarla y que tras poseerla desaparecían sin dejar ni rastro y creando un enorme vacío en ella, que se pasaba los días y las noches esperándolos, creyendo que habían partido por una urgencia que no podía esperar pero que, realmente, la amaban y querían regresar cuanto antes a su lado...
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