Inkwand: 2011

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martes, 20 de diciembre de 2011

Onda Vaselina en la cabalgata de Reyes Magos (1996)


Hace una semana aproximadamente, encontré en Youtube unos vídeos que creí que jamás volvería a ver y de los que tengo muy gratos recuerdos. Se trataban de las tres actuaciones del grupo juvenil mexicano Onda Vaselina en una Cabalgata de Reyes Magos en 1996. Cantaron El Vampiro Trasnochado, Perdón y Destino, tres canciones que me gustaban mucho; la primera por el marco vampírico del que siempre he estado enamorada, la segunda por la sinceridad y la desesperación que envolvía a la letra y la tercera porque la Reencarnación ha sido siempre un tema importante en mi vida desde muy tierna edad.

Os dejo con las canciones y espero que os gusten:



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sábado, 19 de noviembre de 2011

El duende hechizado


Una magnífica mañana de primavera, Pepito Duende iba saltando por el Bosque Mágico. Cada brizna de hierba estaba recubierta de gotas de rocío que brillaban con el sol. Las setas parecían aún más coloridas ese día.

- ¡Ya sé! - se dijo Pepito a sí mismo -. Hace un día muy bonito, voy a ver si Campanilla quiere venir a jugar.

Campanilla era un hada amiga de Pepito a la que le gustaba salir a jugar en primavera. Ella y Pepito pasaban juntos todo el día, saltando, nadando en las charcas y gastando bromas a otros seres del Bosque Mágico.

Mientras corría por el bosque, Pepito tarareaba una canción. Como miraba al cielo, que estaba azul y despejado, no vio una hoja llena de agua, medio oculta entre los arbustos. Se tropezó con el borde y cayó de cabeza al agua. Al volver a la superficie, notó algo muy raro. La hoja parecía haber aumentado de tamaño, hasta alcanzar el de una piscina, y Pepito tuvo que nadar hasta la orilla. Subió al borde y mientras se ponía de pie, totalmente empapado, y se preparaba para saltar de la hoja, escuchó risas que provenían de los árboles.

- ¡Oh, mirad! - gritó una voz, que Pepito reconoció como la de un duendecillo -. ¡A por él!

En seguida, Pepito bajó por un lado de la hoja, corrió hasta los arbustos y se escondió. Desde su escondite podía escuchar a los duendecillos que le buscaban. al final, las voces se fueron apagando al abandonar la búsqueda y los duendecillos volvieron a los árboles para vigilar la trampa.

- He visto lo que ha pasado - dijo una voz que sobresaltó a Pepito.

Se dio la vuelta y encontró a su lado a una gran criatura roja con topos negros. ¡Era una mariquita gigantesca!

- Esos traviesos duendes han realizado un hechizo para convertir el agua en una poción para encoger - explicó la mariquita.

- Ahora entiendo - dijo Pepito -. Pensaba que todo era mucho más grande, pero en realidad soy yo el que ha encogido. Debo ir a casa de Campanilla. Espero que conozca algún hechizo para crecer - añadió preocupado -, pero primero tengo que salir de este bosque.

- Eso no es un bosque - se rió la mariquita -. ¡Es hierba!

La mariquita miró a Pepito de forma bondadosa y añadió:

- No te preocupes. Yo te ayudaré a encontrar el camino. Conozco bien este lugar.

De esta manera, Pepito y la mariquita, que se llamaba Lucía, iniciaron su marcha por las imponentes flores y la alta hierba. Pepito no tenía ni idea de cuál era la dirección que debía tomar para llega hasta la casa de Campanilla, pero Lucía parecía saber hacia dónde iban.

No había rastro de duendes. Pepito tenía la impresión de que llevaban mucho tiempo en el bosque de hierba. Vio dos grandes ojos negros en una cabeza marrón y brillante que se acercaba hacia él: ¡una hormiga!

- ¡No quiero que ese monstruo me muerda! - chilló, mientras intentaba esconderse detrás de Lucía. Esta se limitó a saludar cordialmente a la hormiga, que siguió su camino. Más tarde, Pepito se resbaló en un rastro pegajoso.

- ¡Ten cuidado! - dijo Lucía -. El caracol ha pasado por aquí.

Finalmente, dejaron atrás la hierba y se encontraron en una alfombra oscura de hojas, rodeados de lo que Pepito creía que eran los gigantescos muros de una fortaleza.

- ¡Oh, Pepito! - dijo Lucía soltando una carcajada con tal ímpetu que se cayó de espaldas y el duende tuvo que ayudarla a colocarse de nuevo sobre sus seis patas -. ¡Eso no es una fortaleza! ¡Es una arboleda!

- Ojalá fuera de tamaño normal - susuró Pepito.

- No te preocupes. Estoy convencida de que pronto llegaremos. - dijo Lucía.

La pareja siguió su camino hasta que finalmente Pepito vio a lo lejos un océano azul.

- Puedo nadar un trozo - dijo nervioso -, pero no creo que pueda cruzar todo el océano.

Conforme se acercaban, Pepito se dio cuenta de que en realidad no era un océano, sino un bonito grupo de campanillas que balanceaban las corolas como olas ondulantes.

- Campanilla, Campanilla, ¿dónde estás? - gritó Pepito.

- ¡Aquí estamos! - contestaron las flores.

- ¡No, no! - exclamó Pepito -. Estoy buscando a mi amiga Campanilla, el hada.

Entonces, las flores giraron sus cabezas y continuaron balanceándolas al ritmo de la brisa.

- ¿Cómo podré encontrar a mi amiga entre todas estas flores? - sollozó Pepito.

Miró a su alrededor y se dio cuenta de que Lucía había desaparecido.

- ¡Oh, no! ¡Nunca podré encontrar a Campanilla yo solo!

Entonces oyó la voz de Lucía.

- ¡Pepito, Pepito!

Protegiéndose los ojos del sol, miró hacia lo alto y la vio. Había saltado a la parte superior del tallo de una flor y, como un marinero en su barco, oteaba el océano azul. Agitaba sus patas delanteras.

- ¡La he visto, Pepito! - gritó emocionada mientras bajaba correteando por el tallo -. ¡Sígueme!

Pepito siguió a Lucía torpemente mientras esta se abría camino entre las campanillas, hasta alcanzar la rama del hada. Pepito por fin pudo ver a Campanilla. Estaba sentada en el interior, remendando uno de sus vestidos azules. Pepito le hizo señas y la llamó, pero como Campanilla estaba cantando no se dio cuenta de la presencia del duendecillo. Este saltó hasta el vestido y tiró de su aguja de coser. Finalmente, Campanilla se dio cuenta.

- ¿Qué es esto que hay en mi bonito vestido? - dijo enfadada. Intentó apartar a Pepito con la mano, pero este se aferraba bien a la aguja.

- ¡Soy yo, Pepito! - gritó desesperado.

Campanilla dejó de cantar, cogió su lupa y con ella observó a la pequeña criatura.

- ¿Por qué estás así, Pepito? - exclamó -. ¿Qué te ha pasado?

- Caí en agua encantada y encogí - gimió Pepito -. Ayúdame, Campanilla. ¿Conoces algún hechizo que me devuelva a mi tamaño normal?

- Mmm... - dijo ella, y fue a buscar su libro de hechizos.

Estuvo un rato moviendo la cabeza y pasando muchas páginas. Al final, Campanilla empezó a asentir y puso el libro boca abajo.

- ¡Espero que esto funcione! - dijo -. Pueden suceder dos cosas: que te devuelva a tu tamaño normal o que te transforme en un gigante.

Miró hacia arriba y arrancó una flor. Entonces, murmuró unas palabras mágicas. Pepito observó cómo la flor se marchitaba hasta convertirse en semillas sobre la palma de la mano de Campanilla. Seguidamente, esta cerró los ojos y esparció las semillas sobre la cabeza de Pepito, diciendo:

"¡Pepitas mágicas, pepitas mágica,
desplegad vuestros encantos
sobre Pepito!"

Pepito miró a Campanilla. Su cara cada vez estaba más cerca. Se dio cuenta de que estaba creciendo y pronto estuvo al mismo nivel que el hada. Entonces, dejó de crecer. Campanilla aplaudió y Lucía movió sus patas.

- ¡Gracias, Campanilla! - suspiró Pepito.
- Y ahora, ¿jugamos?
- ¡Yo también quiero! - dijo Lucía.

Y los tres se fueron en busca de diversión en el país de las hadas.
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domingo, 23 de octubre de 2011

Blanca Nieves


Último cuento del libro de Sueños de Princesas: Blancanieves. El cuento original ya fue copiado aquí y hoy os dejo el de nuestro pequeño libro rosa.

Un día, Blanca Nieves estaba cantando en el patio de su castillo cuando un Príncipe la descubrió. Se enamoraron en ese mismo instante.

Su madrastra, la malvada Reina, los vio y temió que la belleza de Blanca Nieves hubiera superado la suya, así que le preguntó al Espejo Mágico.

"¡Ay, ella es más hermosa que tú!", replicó el Espíritu del Espejo Mágico.

La Reina ordenó a un cazador que llevara a Blanca Nieves al bosque para que no regresara jamás.

Los animales del bosque vieron que ella estaba sola y perdida, así que la guiaron hasta una cabañita.

"Es adorable, como una casa de muñecas", dijo Blanca Nieves y llamó a la puerta.

Como nadie contestó, entró a la cabaña. Había siete sillitas y siete camitas.

Los Siete Enanitos se sorprendieron al encontrar a Blanca Nieves en la casa. Pero la amable Princesa les agradó y quisieron protegerla de la Reina.

Esa noche, todos bailaron al son de la música que tocaban algunos Enanitos.

Cuando la Reina descubrió que Blanca Nieves aún era la más bella del reino, se disfrazó como una anciana vendedora y envenenó una manzana.

Al día siguiente, esperó hasta que los Enanitos salieron a trabajar, y se acercó a la cabaña. Entregó la manzana a Blanca Nieves y la joven probó un bocado.

Blanca Nieves cayó al suelo y la Reina rió. Sólo un beso de amor verdadero reviviría a la joven. ¡La Reina era otra vez la más bella del reino!

Cuando los Enanitos descubrieron a su amiga, se sintieron desolados.

Construyeron un hermoso lecho en el bosque para Blanca Nieves y la visitaban todos los días. Se preguntaban si algún día despertaría.

Mientras tanto, el Príncipe había buscado a Blanca Nieves por todas partes desde el día que la conoció en el patio del castillo.

Iba cabalgando por el bosque cuando alcanzó a ver el lecho. Sabía que ella era la dulce joven que había conocido.

El Príncipe se acercó al lecho y la besó.

Blanca Nieves se movió. Los Enanitos y los animales del bosque saltaron de alegría: ¡su amiga había despertado!

La Princesa se despidió de cada uno con un beso antes de alejarse cabalgando con su Príncipe.
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sábado, 22 de octubre de 2011

Aurora


Hoy, en el libro de las Sueños de Princesas, le ha llegado el turno a La Bella Durmiente, cuyo cuento original podéis leer aquí, ahora copio el texto de nuestro libro rosa:

Todo el reino se había reunido para conocer a la hija del Rey y la Reina, la Princesa Aurora. Las hadas Flora, Fauna y Primavera llegaron para otorgarle sus dones. De pronto, la perversa hada Maléfica apareció.

Lanzó un malvado hechizo sobre Aurora: al atardecer del día que cumpliera dieciséis años, la Princesa se pincharía el dedo en una rueca y caería en un profundo sueño. Sólo despertaría con un beso de amor verdadero.

Las hadas buenas llevaron a la niña a una cabaña en lo más profundo del bosque y la llamaron Rosa. No le dijeron que en realidad era una Princesa.

Dieciséis años después, las hadas planeaban los regalos de cumpleaños de Rosa

Para mantener todo en secreto, la enviaron al bosque a recoger moras. "¡No hables con extraños!", le advirtieron cuando se alejaba.

En el bosque, Rosa comenzó a cantar a sus amigos los animales. Un hombre oyó su canción y se detuvo para hablarle.

Sentían como si se conocieran de antes y muy pronto, los dos se enamoraron. Hicieron planes para reunirse en la cabaña esa noche.

Rosa regresó corriendo a la cabaña y dijo a las hadas que estaba enamorada. Entonces ellas le dieron la noticia: en realidad era la Princesa Aurora y estaba prometida en matrimonio con el Príncipe Felipe.

Aurora estaba muy triste. ¡No quería casarse con un extraño! Fueron al castillo y las hadas concedieron a Aurora un tiempo a solas.

Maléfica atrajo a Aurora hasta una rueca, la Princesa se pinchó  un dedo y cayó al suelo.

Poco tiempo después, las hadas buenas descubrieron que el hombre del bosque era el Príncipe Felipe. ¡Sólo un beso suyo podía despertar a la Bella Durmiente!

La perversa Maléfica se convirtió en un dragón gigantesco, pero el Príncipe la derrotó.

El Príncipe Felipe corrió al castillo y subió hasta la torre. Allí, Aurora dormía tranquilamente. La besó. La Princesa despertó y sonrió a su verdadero amor.

Bajaron a saludar al Rey y a la Reina, que estaban llenos de alegría porque al fin podían reunirse con su hija. Y todos vivieron felices para siempre.
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jueves, 20 de octubre de 2011

Cenicienta


Seguimos con el libro rosa de las Sueños de Princesas y hoy le ha tocado a Cenicienta.

Había una vez una joven que vivía con su malvada madrastra y sus dos crueles hermanastras. Se llamaba Cenicienta y la trataban como sirvienta. Sus únicos amigos eran los ratones y otros animales de la casa.

Un día, llegó un mensajero con una invitación al baile real. Todas las jóvenes casaderas debían asistir.

La madrastra dijo que Cenicienta podría ir sólo si terminaba su trabajo y si encontraba un vestido apropiado.
Cenicienta estaba emocionada. ¡Deseaba conocer al Príncipe!

La madrastra y las hermanastras hicieron trabajar más a Cenicienta. Sus amigos los animales se dieron cuenta de que no tendría tiempo para arreglar un vestido.

Todos los ratones y los pájaros trabajaron juntos y renovaron uno viejo. Usaron cuentas y cintas que las hermanastras habían desechado. Cenicienta se emocionó mucho al verlo.

Cenicienta estaba preciosa con ese vestido y sus hermanastras sintieron envidia.

"¡Eres una ladronzuela! ¡Esas cuentas son mías!", gritó Drizella, arrancándoselas.

Anastasia desgarró la falda y el vestido quedó arruinado. Cenicienta corrió al jardín.

"¡Es inútil! ¡Todo es inútil!", lloraba. "Ya no puedo creer en nada".

De repente flotaron chispas de luz a su alrededor y apareció su Hada Madrina. Le dijo que secara sus lágrimas.

Usando su varita, convirtió una calabaza en un carruaje, a los ratones en caballos, y el desgarrado vestido de Cenicienta en un hermoso vestido de gala. El Hada Madrina le advirtió que el hechizo se rompería a medianoche. Cenicienta estaba muy agradecida y partió al baile.

En cuanto llegó al palacio, el Príncipe le pidió que bailara con él. Todos los invitados se preguntaban quién era la misteriosa joven.

Cenicienta y el Príncipe se enamoraron pero, a medianoche, ella huyó. El Príncipe la llamó, pero era demasiado tarde. Sólo había quedado un zapatito de cristal. Esperaba poder encontrar a la joven dueña del zapatito.

Al día siguiente, el Gran Duque recorría el reino probando el zapatito a todas las jóvenes casaderas. Cuando Cenicienta oyó la noticia, comenzó a bailar y a tararear soñadoramente.

¡La madrastra se dio cuenta de ella era la joven del baile! Rápidamente la encerró, pero Cenicienta logró escapar. Bajó corriendo por la escalera y se sentó.

El Gran Duque deslizó el zapatito en su pie. ¡Le quedó perfecto! La madrastra y las hermanastras estaban furiosas.

Cenicienta y el Príncipe se casaron ese mismo día. Por fin, todos sus sueños se hicieron realidad.

El Rey y el Gran Duque miraron contentos a la feliz pareja en la escalinata del palacio.
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miércoles, 19 de octubre de 2011

Los Tres Cerditos


Había una vez una familia de cerdos que vivía en una comarca de pocos recursos. Un día la mamá Cerda animó a sus tres hijos a que salieran al mundo en busca de mejor fortuna.

El primero de ellos se tropezó con un labrador que llevaba una carreta llena de paja.

- ¿Puedes darme esa carga de paja, si no la necesitas?

- Pues la verdad es que la llevo para quemarla - contestó el hombre, que se la cedió al simpático animal sin preguntar qué haría con ella.

Con gran habilidad, el cerdito se construyó una casa de paja, que ocupó en cuanto estuvo lista. Un lobo que andaba al acecho, no tardó en plantarse ante la puerta, cuya campanilla agitó para que le abrieran.

- ¡Cerdito, amigo! ¡Déjame entrar, que tengo frío! - pidió el lobo mintiendo con todo descaro.

- ¡Ni por todas las bellotas del mundo te dejo yo entrar! - contestó el cerdito después de atrancar bien la puerta.

Enfadado, el lobo profirió una terrible amenaza: "¡Prepárate, cerdito, que soplaré y soplaré hasta ver tu casa volar por los aires!", oyó gritar a la fiera.

Dicho y hecho, el lobo comenzó a soplar con tanta furia que la paja tardó poco en volar por los aires. Al cabo de un rato la casa quedó reducida a la nada.

Apenas lo vio sin protección, la fiera se lanzó a por el indefenso cerdito y... se lo comió. Y este fue el fin del primero de los hermanos.

El segundo cerdito se había construido una casa con unos troncos que le cediera un amable leñador. Feliz y contento en su refugio, el cerdito pensó que tenía la vida asegurada, tanto él como un conejo amigo suyo.

Pero el mismo lobo que se comió a su hermano empezó a rondar la casa con no muy buenas intenciones. Y como no estaba dispuesto a dejarse engañar por un lobo tan fiero, subió las escaleras de su refugio y se encerró con llave.

- ¡Cerdito, amigo! ¡Déjame entrar, que tengo frío!

- ¡Ni por todas las bellotas del mundo te dejo yo entrar! - contestó asomando el hocico.

Enfadadísimo, el lobo comenzó a soplar hasta que la casa quedó reducida a la nada. Apenas lo vio sin protección, la fiera se lanzó a por él y... se lo comió.Y así acabó el segundo de los cerditos.

El tercero de los hermanos se había construido una casa con los ladrillos que le sobraban a un amable albañil. No tardó en presentarse el malvado lobo que se había comido a sus hermanos.

- ¡Cerdito, amigo! ¡Déjame entrar, que estoy helado de frío! - pidió el lobo con voz plañidera.

Y como el cerdito no estaba dispuesto a dejarse engañar por un lobo tan feo, la fiera comenzó a soplar con todas sus fuerzas...

Sopló y sopló, pero la casta resistió y ni un solo ladrillo se movió de su sitio. Como no acababa de creérselo, aún estuvo soplando hasta quedarse agotado.

Ante semejante fracaso, el feroz lobo se retiró al bosque a pensar. No podía admitir que un cerdito sin estudios le hubiera vencido de aquella manera.

"¡Ya se me ocurrirá algo!", se decía el malvado.

Herido en su orgullo y en su estómago, no paraba de dar vueltas y más vueltas por los alrededores de su guarida, tramando el modo de hacerse con su presa.

Pasó la noche en vela y, con los primeros rayos de sol, cayó rendido en el montón de paja que le servía de cama. Y así permaneció por espacio de dos días, hasta que el hambre lo despertó.

"Con lo rico que estará ese cerdito bien asado...", pensaba ente bostezo y bostezo.

Resignado, tuvo que conformarse con una zanahoria como desayuno. Entonces concibió una idea y... corrió sin parar hasta la casa de su mejor bocado, el cerdito.

"Mañana a las seis vendré a buscarte, y juntos daremos buena cuenta de los nabos de nuestro vecino", había propuesto el lobo. ¡De sobra sabía el cerdito que los lobos no comen nabos, a no ser que el hambre se los coma a ellos!

Conociendo las intenciones del lobo, que no eran otras que comérselo al menor descuido, el cerdito se levantó muy temprano y a las cinco de la mañana ya estaba en el huerto de nabos del vecino.

Cuando una hora después se presentó el lobo, lo encontró tomando su desayuno de nabos.

- Vamos, amigo; ¿estás preparado? - preguntó el lobo.

- Ya puedes verlo. Fui al sembrado y me traje un buen saco de los nabos más dulces - explicño el cerdito con una sonrisa de triunfo.

- ¡Más caros los pagarás! - dijo el lobo, amenazador y rabioso.

Burlado y furioso a más no poder, el lobo se alejó con cara de pocos amigos. En su cabeza no cabía que un simple cerdo se mofara de él con tanta astucia. Si fuera una vaca o un ciervo de los grandes, lo entendería fácilmente, pues algo sabía de la inteligencia de los animales. ¡Pero un cerdito! ¡Que se la jugara un cerdo...!

Aquello no podía ser... Tenía que encontrar la manera de engatusarle y darse el gran banquete con él, ya dos veces aplazado. 

Convencido de haber hallado otro truco, al día siguiente iría a casa de su enemigo.

"He descubierto un huerto cargado de hermosísimas manzanas. Prepárate, que mañana a las cinco vendré a recogerte", había propuesto el lobo.

¡De sobra sabía el cerdito que a los lobos la fruta no les hacía la menor gracia! Y demasiado conocía las verdaderas intenciones de la astuta fiera...

Por eso, se levantó a las cuatro y fue solo al huerto de manzanos. Primero llenó la tripa y luego, con toda parsimonia, empezó a recoger las manzanas más sabrosas, hasta llenar una gran cesta.

- ¡Toma una y pruébala! - dijo al lobo -. ¡Tenías razón, son estupendas!

"Mañana te recogeré a eso de las tres e iremos juntos al pueblo", había propuesto el lobo. ¡Bien sabía el cerdito que los lobos no tenían nada que hacer en los mercadillos! Y demasiado conocía las verdaderas intenciones de la hambrienta fiera...

Una hora antes, ya estaba el cerdito comprando una orza bien grande, de esas que se emplean para hacer vino.

- Es muy resistente - dijo el vendedor al simpático cerdito.

El cerdito se metió en la orza y se echó a rodar cuesta abajo. Cuando el lobo vio lo que se le venía encima, salió corriendo y no paró hasta su refugio en el bosque, donde se dejó caer agotado.

- ¡Ay, que me pilla! ¿Qué habré hecho yo para merecer esto? - decía el lobo mientras trataba de esquivar la orza, que parecía un meteorito.

Como necesitaba sorprender al cerdito, el lobo se encaramó al tejado de la casa, buscó el hueco de la chimenea y sin pensarlo dos veces se metió en ella.

- ¡Voy a cobrarme todas tus burlas! ¡Esta vez no te salvará truco alguno! - gritaba el lobo mientras intentaba bajar por la chimenea.

Pero lo que no sabía es que abajo, en el fuego, un caldero de agua hervía bajo un montón de leños bien secos.
- ¡Allá voy! - dijo el lobo, ignorante de lo que le esperaba.

Al momento, el último aullido del lobo se oyó cuando cayó en el caldero. Y así el tercero de los hermanos vivió feliz y contento, respetado incluso por todos los más audaces lobos.
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martes, 18 de octubre de 2011

Ariel


El segundo cuento que nos ha tocado hoy en el libro de las Sueños de Princesas es el de La Sirenita, ¡mi preferido! Podéis leer aquí el cuento original y, ahora paso a transcribir la historia del libro.

Ariel era una Sirenita fascinada con el mundo de los humanos, aunque su padre, el Rey Tritón, no lo aprobaba.

Cada día, Ariel nadaba hasta su colección de objetos de ese mundo. Sus amigos Flounder y Sebastián sabían que soñaba con ser humana.

Ariel estaba visitando la superficie del mar cuando vio al Príncipe Eric en la cubierta de un barco y pensó que era muy apuesto.

De pronto, una enorme tormenta arrojó a Eric por la borda. Ariel lo salvó de ahogarse y le cantó hasta que se acercaron otros humanos.

Cuando el Príncipe se despertó, se había ido. Eric juró que se casaría con la joven de la bella voz.

Cuando oyó hablar del Príncipe Eric, el Rey Tritón se puso furioso. "¿Te has vuelto loca?", preguntó enfadado, y destruyó la colección de objetos del mundo humano de Ariel.

La Sirenita estaba desolada.

Mientras tanto Úrsula, la bruja del mar, ansiaba encontrar la manera de destruir al Rey Tritón. Había estado vigilando a Ariel, y fraguó un plan secreto. "¡Es muy fácil! ¡La niña está enamorada de un humano!", dijo con una risa malvada.

Flotsam y Jetsam, las anguilas de Úrsula, convencieron a Ariel de que la bruja del mar podía ayudarla. Úrsula le dijo que podía convertirla en humana a cambio de su voz.

"¡No hablarás ni cantarás! ¡Nada!", dijo Úrsula. "Si te besa antes de la puesta de sol del tercer día, conservarás tu forma humana".

Si el Príncipe Eric no se enamoraba, Ariel y su voz pertenecerían a Úrsula para siempre.

Ariel no estaba acostumbrada a tener piernas. Sus amigos Flounder y Sebastián le ayudaron a llegar a la superficie.

En la superficie, Ariel miró sus piernas y sonrió. ¡Era humana!

El Príncipe Eric estaba caminando por la playa cuando la vio. Pensó que era la cantante misteriosa, pero muy pronto se dio cuenta de que ella no podía hablar.

"Entonces no puedes ser quien yo creía", dijo con tristeza.

El Príncipe llevó a Ariel a conocer su reino y a dar un paseo en una romántica laguna.

Y precisamente cuando Eric estaba apunto de besar a Ariel, Flotsam y Jetsam volcaron el bote.

Úrsula se dio cuenta de que Ariel podía tener éxito, así que esa noche se disfrazó de una mujer llamada Vanessa y hechizó al Príncipe Eric usando la voz de Ariel.

A la mañana siguiente, todos se enteraron de que el Príncipe Eric planeaba casarse con Vanessa. Scuttle, la gaviota amiga de Ariel, siguió a Vanessa y la observó mientras se miraba en el espejo: ¡el reflejo era la imagen de Úrsula!

En el barco nupcial, Scuttle y otras aves atacaron a Vanessa, mientras Sebastián iba  a toda prisa a avisar al Rey Tritón.

En la confusión, la voz de Ariel escapó del collar de Vanessa. Ariel comenzó a cantar y el hechizo que pesaba sobre el Príncipe Eric se rompió.

El Rey Tritón llegó y Úrsula fue derrotada. El rey del mar vio que su hija y el Príncipe Eric estaban verdaderamente enamorados, así que, convirtió a Ariel en humana de una vez por todas. Ese día, Ariel y el Príncipe se casaron.

Ariel dijo a su padre que lo amaba y se despidió feliz de su familia.
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lunes, 17 de octubre de 2011

Alí Babá y los Cuarenta Ladrones


En el lejano Oriente vivían dos hermanos, que siendo aún muy niños quedaron huérfanos. Como no tenían parientes cercanos y, además quedaron muy pobres, pasaron muchos sufrimientos. Hambres, fríos, desprecios, privaciones, todo a una fueron como el escenario de la tragedia de su vida. Mas, con el correr de los años, el mayor de ellos, Casín, se casó con una rica viuda. Con el dinero de ésta, Casín instaló una surtida tienda y pronto forjó fortuna. En cambio, el hermano menor, Alí Babá, se enamoró de una muchacha pobre, aunque bastante hermosa, hija de un leñador. Cuando murió su suegro, les dejó por herencia la casa donde vivían y dos asnos. No era mucho, pero para Alí Babá fue suficiente, pues con gran entusiasmo cortaba árboles en el bosque, de los cuales hacía leña que vendía en la ciudad.

Un día en que Alí Babá trabajaba en el bosque, sintió el ruido de una partida de jinetes que se acercaba. Ignorando quiénes podrían ser, se subió al ramaje de un árbol y allí quedó a la expectativa. Poco después aparecieron los jinetes, y con gran sorpresa suya, los vio detenerse justamente delante del árbol que lo sostenía. Los hombres conversaron entre ellos, y luego el jefe se apartó del grupo unos pasos. Se dirigió hacia unos altos peñascos y deteniéndose frente a una enorme roca, gritó:

- ¡Sésamo, ábrete!

Y la roca giró lentamente, dejando descubierta una cueva. Uno por uno fueron metiéndose por allí los jinetes. Alí Babá los contó: eran cuarenta. Una vez todos dentro, el jefe volvió a gritar:

- ¡Sésamo, ciérrate!

La roca volvió a girar lentamente hasta cubrir la entrada de la cueva. Alí Babá se restregó los ojos, creyendo que soñaba. Y cuando se disponía a bajarse del árbol, vio que la roca volvía a girar. Uno por uno fueron saliendo los hombres. Montaron todos a caballo, y repitiendo el jefe la orden de: "¡Sésamo, ciérrate!", los cuarenta jinetes partieron a la carrera, dejando una nube de polvo.

Alí Babá se convenció de que no soñaba. Se bajó del árbol y quiso conocer el secreto de la cueva. Un poco atemorizado dijo:

- ¡Sésamo, ábrete!

Y la piedra comenzó a girar despaciosamente, dejando libre la entrada. Alí avanzó escuchando sólo el fuerte latir de su corazón, hasta que llegó a una amplia cámara donde quedó deslumbrado. Aquella pieza estaba llena de fabulosas riquezas: cofres repletos de monedas de oro y plata; baúles rebosantes de rubíes, diamantes, brillantes y zafiros; fuentes llenas de joyas; tapices maravillosos y alfombras hermosísimas y porcelanas de gran finura. Alí Babá pensó: "Los cuarenta jinetes que he visto son ladrones que guardan sus robos aquí".

Como la vida era muy dura para él, pensó llevarse parte de aquella riqueza que procedía del robo. Trajo sus asnos y los cargó con algo de aquel tesoro. Para salir de la cueva dijo el consabido: "¡Sésamo, ábrete!", y la roca giró obediente. Afuera cubrió la carga con ramas para disimularla.

Cuando su mujer vio la enorme riqueza que le mostraba, se espantó y echó a llorar, porque pensó: "¿Cómo ha conseguido Alí todas estas riquezas? Sin duda, desesperado por nuestra pobreza, se ha hecho ladrón y ha asaltado los caminos". Mas, cuando Alí le explicó todo, ella no cabía en sí de gozo. Hacía correr las monedas y piedras preciosas entre sus dedos, se probaba los aretes, pulseras y prendedores y no se cansaba de admirarlos. De pronto, quiso saber cuánto valía todo aquello; pero no tenía ninguna medida, y como se acordó que en casa de su cuñado Casín tenían una, fue en su busca.

La mujer de Casín se llenó de curiosidad cuando su concuñada le pedía una medida.

- ¿Para qué necesitará Alí una medida? Son tan pobres que podrían contar sus monedas con los dedos de la mano.

Y entonces utilizó una treta: untó el fondo de la medida con sebo, así la envió a casa de Alí. Cuando al día siguiente se la devolvieron, halló una moneda de oro pegada al fondo. Corrió donde Casín, le contó el caso y le hizo saber sus dudas. Casín le contestó que no era asunto de ellos. Pero su mujer insistió tanto que Casín fue a casa de su hermano y le habló del asunto. Alí Babá le contó todo, pues no podía tener secretos para su hermano.

Cuando la mujer de Casín supo toda la historia, convenció a su marido para que fuera también a la cueva de los ladrones. Casín llevó diez mulas para poder sacar la mayor cantidad de tesoro. Dio la orden ante la roca de la cueva y ésta giró dejando libre la entrada. Una vez adentro, Casín cargó sus mulas, y cuando se  disponía a salir, se olvidó de las palabras claves para que la roca girara. Casín perdió la serenidad y, lleno de espanto, comenzó a dar gritos y golpes a la oca; pero ésta seguía inmóvil, y él preso en la cueva.

La mujer de Casín, al darse cuenta que su marido tardaba demasiado, corrió a casa de Alí y le contó que Casín había ido a la cueva de los ladrones y aún no regresaba. Alí Babá se inquietó por su hermano y partió en su búsqueda. Al abrirse la entrada de la cueva ante sus palabras claves, vio, presa de terror, que su hermano había sido asesinado. Pensó, entonces, que los ladrones lo habían sorprendido cuando se llevaba parte del tesoro y le dieron muerte. Vio, además, que las mulas estaban sin carga y que no había ya nada de la fabulosa riqueza. Cargó a su hermano en una mula, lo ocultó con unas ramas y volvió a su casa.

Alí quiso disimular la muerte de su hermano ante la gente, y para lograrlo acudió donde su esclava, la cual tenía fama de astuta y lista. Esta se ofreció a ayudarle, y como el cuerpo de Casín estaba lleno de heridas enormes, buscó a un viejo zapatero y, dándole unas monedas, le convenció para que cosiera las heridas del cuerpo de Casín. Luego fue a comprar un remedio a la botica, y viendo bastante gente, se puso a gemir, mientras decía en voz alta:

- ¡Pobre Casín! ¡Ojalá que este remedio lo salve!

Fue así que al día siguiente, cuando corrió la noticia de la muerte de Casín, nadie se asombró. 

Mientras tanto, cuando los cuarenta ladrones volvieron a la cueva y no hallaron el cuerpo de Casín, comprendieron que alguien había entrado y que conocía su secreto. Enviaron a uno de los pillos para que averiguara en la ciudad, y cuando ya retornaba el emisario sin ningún dato, dio, por casualidad, con el zapatero. Se puso a conversar con él, y el buen hombre dijo de pronto en medio de su charla:

- ¡Tengo una vista excelente, a pesar de mis años! Sin ir muy lejos, anoche he cosido perfectamente las heridas de un hombre.

El bandido se dio cuenta, de inmediato, de qué se trataba, y sacando su puñal amenazó al viejo y consiguió que éste le enseñara la casa de la cual lo habían llamado para coser al herido. El ladrón trazó en la puerta una cruz con una tiza, y volvió a dar cuenta a sus compinches. Gracias a la cruz podrían reconocer fácilmente la casa durante la noche.

Pero los bandidos no contaban con la astucia de la esclava de Alí. Al ver ésta la cruz blanca pintada en la puerta, comprendió de inmediato que algo raro sucedía.

- Los ladrones - pensó - han dado con la casa de mi amo, y ésta es la señal para atacarlo.

Tomó una tiza y pintó una cruz igual en todas las puertas del barrio. Cuando los bandidos vinieron en la noche, no pudieron dar con la casa. El jefe, sin darse por vencido, fue donde el zapatero y, puñal en mano, le obligó a que le señalara la casa. Volvió donde sus compañeros y les dijo:

- Tengo un plan. Yo me vestiré de mercader y llevaré cuarenta tinajas; una de ellas tendrá aceite, y las restantes os llevarán dentro. Sé bien cuál es la casa. ¡Y verán cómo nos vengaremos!

De acuerdo al plan, aquella noche el capitán de los facinerosos llegó a la casa de Alí a ofrecerle aceite. Como contestase éste que por ahora no necesitaba aceite, lo convenció para que le diera hospedaje por una noche. Alí accedió gustoso e hizo colocar las cuarenta tinajas en el patio.
Poco más tarde, la esclava tuvo necesidad de un poco de aceite para su lámpara, pero no lo halló en la cocina.

- Sacaré un poco de una de las tinajas - se dijo -. Como necesito tan poco, no lo advertirán.

Al acercarse a la primera tinaja, quiso saber si estaba llena, dio un golpecito y, ¡oh, sorpresa!, de dentro salió una voz que dijo:

- ¿Ya es la hora?

La lista muchacha comprendió al instante de qué se trataba: aquellas tinajas escondían a los ladrones de la cueva. Y fingiendo serenidad, en voz bajita, contestó:

- No, aún no. Esperad.

Usó de la misma treta con las demás tinajas y descubrió que en todas, menos una, había un bandido oculto, que repetía la pregunta. Entonces se le ocurrió una idea. Puso al fuego la tinaja del aceite, y cuando estuvo hirviendo éste, lo fue echando sobre la cabeza de cada uno de los ladrones, matándolos a todos, achicharrados.

A media noche, cuando reinaba el silencio en la casa, el falso mercader se levantó despacito, y saliendo al patio, comenzó a dar golpecitos a las tinajas, y uno por uno, halló a todos sus hombres muertos. Presa de espanto quiso huir, perola esclava había dado la voz de alarma y no pudo hacerlo.

Efectivamente, después de matar a los bandidos, la fiel esclava había corrido a contar todo a Alí Babá. Éste quedó sorprendido ante el relato, y sin perder tiempo, recurrió a la ayuda de sus vecinos. De modo que cuando el jefe de los ladrones se quiso fugar, cayeron todos sobre él y lo amarraron. Luego, con amenazas, le hicieron confesar dónde estaba el tesoro que había sacado de la cueva. Una vez encontrado el tesoro, fue entregado a las autoridades de la ciudad, quienes los distribuyeron por mitades entre Alí Babá y los pobres.

Alí, inmensamente rico, cuidó de su cuñada viuda y se dedicó a hacer obras de caridad y filantropía. Todos los sábados desfilaban por su palacio todos los pobres de la ciudad para recibir su pan y unas monedas. Hizo construir un asilo para ancianos, un orfanato para los niños abandonados y unos locales escolares. Por último, casó a su fiel esclava con un buen hombre, asignándole una fuerte dote.

De Las Mil y Una Noches
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domingo, 16 de octubre de 2011

Bella


Hoy mi hija y yo hemos empezado a leer el libro de Sueños de Princesas y, la primera historia es la de Bella. Paso a copiarla.

Hace mucho tiempo vivió una joven llamada Bella. La gente de su aldea pensaba que era muy hermosa... pero rara. No podían entender por qué le gustaban los libros y tenía sed de aventuras. Un hombre vanidoso llamado Gastón siempre presionaba a Bella para que se casara con él.

Un día, la joven encontró a Phillipe, el caballo de su padre, solo en un campo. ¡Su padre se había perdido! Bella partió en su busca.

Phillipe llevó a Bella hasta un enorme castillo cuyo interior era muy oscuro. Parecía que nadie vivía allí. De pronto, la joven oyó la voz de su padre y corrió hasta él.

Maurice, el padre de Bella, estaba encerrado en una celda: era prisionero de La Bestia, el dueño del castillo, quien ordenó a Bella que se fuera.

"Tómame en su lugar", dijo Bella.

Prometió quedarse en el castillo para siempre. La Bestia accedió y liberó a Maurice.

Los objetos encantados del castillo los observaban mientras La Bestia mostraba a Bella su habitación. El castillo estaba bajo un hechizo y esperaban que Bella lo rompiera. Si se enamoraba de La Bestia antes de que cayera el último pétalo de la rosa encantada, ¡por fin todos recuperarían su forma humana!

La Señora Potts vio que Bella estaba asustada y fue con sus amigos a darle la bienvenida.

"¡Anímate, niña! Todo saldrá bien al final, ya lo verás", le dijo.

La Bestia también deseaba que Bella rompiera el hechizo, pero había estado solo mucho tiempo y se puso furioso cuando ella se negó a comer con él.

"Siempre me verá sólo como un monstruo", dijo, descorazonado.

Con el tiempo, Bella perdió la paciencia ante las rabietas de La Bestia y le pidió que controlara su mal carácter.

Después de eso, La Bestia fue más amable y se hicieron amigos. ¡Hasta alimentaban juntos a las aves del castillo!

La Bestia se estaba enamorando. Bella se sentía cómoda en el castillo y disfrutaba pasando el tiempo con él.

Bella estaba feliz con La Bestia, pero echaba de menos a su padre. La Bestia le mostró un espejo mágico.

La joven vio a su padre solo y pasando frío, y aunque la rosa encantada perdía sus pétalos muy rápido, La Bestia permitió que Bella partiera.

"Gracias por comprender cuánto me necesita mi padre", dijo ella.

Bella rescató a su padre, pero Gastón y los aldeanos querían llevarlo a un manicomio.

"¡Mi padre no está loco y yo puedo probarlo!", exclamó Bella, mostrándole a La Bestia en el espejo.

La multitud se quedó sin aliento.

"Es realmente amable y bondadoso", agregó Bella. Pero era demasiado tarde: todo el pueblo se dirigía al castillo.

En el castillo, La Bestia no quiso defenderse. Gastón lo hirió y, mientras caía el último pétalo de la rosa, Bella regresó corriendo.

"No, por favor, no me dejes! ¡Te amo!", gritó.

De pronto se rompió el hechizo. La Bestia volvió a ser un Príncipe y todos se convirtieron otra vez en humanos. Bella y el Príncipe bailaron mientras todos los habitantes del castillo los miraban llenos de gozo.
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martes, 5 de julio de 2011

El Patito Feo


Como cada verano, a la Señora Pata le dio por empollar y todas sus amigas del corral estaban deseosas de ver a sus patitos, que siempre eran los más guapos de todos.

Llegó el día en que los patitos comenzaron a abrir los huevos poco a poco y todos se congregaron ante el nido para verles por primera vez.

Uno a uno fueron saliendo hasta seis preciosos patitos, cada uno acompañado por los gritos de alborozo de la Señora Pata y de sus amigas. Tan contentas estaban que tardaron un poco en darse cuenta de que un huevo, el más grande de los siete, aún no se había abierto.

Todos concentraron su atención en el huevo que permanecía intacto, incluso los patitos recién nacidos, esperando ver algún signo de movimiento.

Al poco, el huevo comenzó a romperse y de él salió un sonriente pato, más grande que sus hermanos, pero ¡oh, sorpresa!, muchísimo más feo y desgarbado que los otros seis...

La Señora Pata se moría de vergüenza por haber tenido un patito tan feísimo y le apartó con el ala mientras prestaba atención a los otros seis.

El patito se quedó tristísimo porque se empezó a dar cuenta de que allí no le querían...

Pasaron los días y su aspecto no mejoraba, al contrario, empeoraba, pues crecía muy rápido y era flacucho y desgarbado, además de bastante torpe el pobrecito.

Sus hermanos le jugaban pesadas bromas y se reían constantemente de él llamándole feo y torpe.

El patito decidió que debía buscar un lugar donde pudiese encontrar amigos que de verdad le quisieran a pesar de su desastroso aspecto y una mañana muy temprano, antes de que se levantase el granjero, huyó por un agujero del cercado.

Así llegó a otra granja, donde una vieja le recogió y el patito feo creyó que había encontrado un sitio donde por fin le querrían y cuidarían, pero se equivocó también, porque la vieja era mala y sólo quería que el pobre patito le sirviera de primer plato. También se fue de aquí corriendo.

Llegó el invierno y el patito feo casi se muere de hambre pues tuvo que buscar comida entre el hielo y la nieve y tuvo que huir de cazadores que pretendían dispararle.

Al fin llegó la primavera y el patito pasó por un estanque donde encontró las aves más bellas que jamás había visto hasta entonces. Eran elegantes, gráciles y se movían con tanta distinción que se sintió totalmente acomplejado porque él era muy torpe. De todas formas, como no tenía nada que perder se acercó a ellas y les preguntó si podía bañarse también.

Los cisnes, pues eran cisnes las aves que el patito vio en el estanque, le respondieron:

- ¡Claro que sí, eres uno de los nuestros!

A lo que el patito respondió:

-¡No os burléis de mí!. Ya sé que soy feo y desgarbado, pero no deberíais reír por eso...

- Mira tu reflejo en el estanque -le dijeron ellos- y verás cómo no te mentimos.

El patito se introdujo incrédulo en el agua transparente y lo que vio le dejó maravillado. ¡Durante el largo invierno se había transformado en un precioso cisne!. Aquel patito feo y desgarbado era ahora el cisne más blanco y elegante de todos cuantos había en el estanque.

Así fue como el patito feo se unió a los suyos y vivió feliz para siempre.
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lunes, 4 de julio de 2011

El Flautista de Hamelín


En el año de 1284 un hombre misterioso apareció en Hamelin. Vestía un abrigo de muchos colores, ropa brillante, razón por la cual fue llamado El Flautista. Dijo que era un cazador de ratas y prometió por cierta suma de dinero liberar a la ciudad de todos los ratones y ratas. Los ciudadanos cerraron el negocio, prometiendo que le darían la suma acordada. El cazador de ratas sacó de su bolsa un pequeño pífano y lo empezó a soplar. Las ratas y los ratones inmediatamente salieron de cada casa y lo rodearon. Cuando calculó que ya eran todos guió a los roedores al río Weser, donde arremangó sus ropas y caminó por el agua. Los animales lo siguieron, cayeron en el río y se ahogaron.

Una vez que los ciudadanos se habían liberado de la plaga se retractaron de su promesa de dinero y, utilizando todo tipo de excusas, se negaron a pagarle. Finalmente, el flautista se retiró de la ciudad, enojado y decepcionado. Pero regresó el 26 de junio, el Día de San Juan y de San Pedro, a las siete de la mañana (otros dicen que fue en la madrugada), ahora vestido en traje de caza, con una expresión espantosa en su rostro y portando un extraño sombrero rojo. Sonó su pífano en las calles, pero en esta ocasión no fueron ratas ni ratones los que lo rodearon sino niños: una gran cantidad de niños y niñas de cuatro años en adelante. Entre ellos estaba la hija mayor del concejal. El enjambre lo siguió y él lo guió hasta una montaña, donde todos desaparecieron.

Todo esto fue visto por una nodriza quien, cargando un niño en brazos, los había seguido desde cierta distancia, la cual dio vuelta y corrió a dar las malas noticias al pueblo. Los padres desesperados corrían de puerta en puerta buscando a sus hijos. Las madres lloraban desconsoladamente. En menos de una hora, los mensajeros fueron enviados por mar y por tierra preguntando por los niños - o por cualquiera de ellos -, pero todo fue inútil.

En total, 130 niños se perdieron. Dos de ellos, alguien dijo, se rezagaron y lograron regresar. Uno de ellos estaba ciego y el otro mudo. El ciego era incapaz de ubicar el lugar, pero narró cómo siguieron al flautista. El mudo pudo ubicar el lugar, aunque él o ella no habían escuchado nada. Un niño en pijama había marchado junto con los otros, pero tuvo que regresar a recoger su chaqueta y así esc apó de la tragedia; cuando regresó, el grupo ya había desaparecido dentro de una cueva de la montaña. Esta cueva aún existe.

Hasta mediados del siglo XVIII, y probablemente hasta ahora, la calle por la que los niños desfilaron hasta la salida del pueblo se llamaba bunge-lose (sin ruido, quieta), ya que no se permitía bailar o escuchar música en ella. Por ello, cuando una procesión matrimonial se dirige a la iglesia - que se ubica en esa misma calle -, los músicos deben dejar de tocar. La montaña cercana a Hamelin, donde los niños desaparecieron, se llama Poppenberg. Dos monumentos de piedra en forma de cruces se han erigido ahí, uno en el lado izquierdo y otro en el derecho. Algunos dicen que los niños fueron conducidos por la cueva y que salieron en Transilvania.

Los ciudadanos de Hamelin grabaron este evento en el registro del pueblo, y lo actualizan sin perder de vista el año y el día en que los niños desaparecieron. Las siguientes líneas fueron inscritas en un muro del pueblo:

En el año 1284 después del nacimiento de Cristo
En el lejano Hamelin
Ciento treinta niños, nacidos en este lugar
Se fueron con un flautista a la montaña.

Y en la nueva entrada del pueblo está inscrito: Centum ter denos cum magus ab urbe puellos duxerat ante annos CCLXXII condita porta fuit. (Esta puerta fue construida 272 años después de que la magia alejó a 130 niños de la ciudad).
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viernes, 1 de julio de 2011

Verdezuela


Uno de mis cuentos preferidos de los Hermanos Grimm, junto con La Sirenita de Andersen es el que hemos leído hoy: Verdezuela, más conocida algunos como Rapunzel.

Había una vez un hombre y una mujer que vivían solos y desconsolados por no tener hijos, hasta que, por fin, la mujer concibió la esperanza de que Dios Nuestro Señor se disponía a satisfacer su anhelo. La casa en que vivían tenía en la pared trasera una ventanita que daba a un magnífico jardín, en el que crecían espléndidas flores y plantas; pero estaba rodeado de un alto muro y nadie osaba entrar en él, ya que pertenecía a una bruja muy poderosa y temida de todo el mundo. Un día asomóse la mujer a aquella ventana a contemplar el jardín, y vio un bancal plantado de hermosísimas verdezuelas, tan frescas y verdes, que despertaron en ella un violento antojo de comerlas. El antojo fue en aumento cada día que pasaba, y como la mujer lo creía irrealizable, iba perdiendo la color y desmirriándose, a ojos vistas. Viéndola tan desmejorada, le preguntó asustado su marido: “¿Qué te ocurre, mujer?” - “¡Ay!” exclamó ella, “me moriré si no puedo comer las verdezuelas del jardín que hay detrás de nuestra casa.” El hombre, que quería mucho a su esposa, pensó: “Antes que dejarla morir conseguiré las verdezuelas, cueste lo que cueste.” Y, al anochecer, saltó el muro del jardín de la bruja, arrancó precipitadamente un puñado de verdezuelas y las llevó a su mujer. Ésta se preparó enseguida una ensalada y se la comió muy a gusto; y tanto le y tanto le gustaron, que, al día siguiente, su afán era tres veces más intenso. Si quería gozar de paz, el marido debía saltar nuevamente al jardín. Y así lo hizo, al anochecer. Pero apenas había puesto los pies en el suelo, tuvo un terrible sobresalto, pues vio surgir ante sí la bruja. “¿Cómo te atreves,” díjole ésta con mirada iracunda, “a entrar cual un ladrón en mi jardín y robarme las verdezuelas? Lo pagarás muy caro.” - “¡Ay!” respondió el hombre, “tened compasión de mí. Si lo he hecho, ha sido por una gran necesidad: mi esposa vio desde la ventana vuestras verdezuelas y sintió un antojo tan grande de comerlas, que si no las tuviera se moriría.” La hechicera se dejó ablandar y le dijo: “Si es como dices, te dejaré coger cuantas verdezuelas quieras, con una sola condición: tienes que darme el hijo que os nazca. Estará bien y lo cuidaré como una madre.” Tan apurado estaba el hombre, que se avino a todo y, cuando nació el hijo, que era una niña, presentóse la bruja y, después de ponerle el nombre de Verdezuela; se la llevó.

Verdezuela era la niña más hermosa que viera el sol. Cuando cumplió los doce años, la hechicera la encerró en una torre que se alzaba en medio de un bosque y no tenía puertas ni escaleras; únicamente en lo alto había una diminuta ventana. Cuando la bruja quería entrar, colocábase al pie y gritaba:
“¡Verdezuela, Verdezuela,
Suéltame tu cabellera!”
Verdezuela tenía un cabello magnífico y larguísimo, fino como hebras de oro. Cuando oía la voz de la hechicera se soltaba las trenzas, las envolvía en torno a un gancho de la ventana y las dejaba colgantes: y como tenían veinte varas de longitud, la bruja trepaba por ellas.

Al cabo de algunos años, sucedió que el hijo del Rey, encontrándose en el bosque, acertó a pasar junto a la torre y oyó un canto tan melodioso, que hubo de detenerse a escucharlo. Era Verdezuela, que entretenía su soledad lanzando al aire su dulcísima voz. El príncipe quiso subir hasta ella y buscó la puerta de la torre, pero, no encontrando ninguna, se volvió a palacio. No obstante, aquel canto lo había arrobado de tal modo, que todos los días iba al bosque a escucharlo. Hallándose una vez oculto detrás de un árbol, vio que se acercaba la hechicera, y la oyó que gritaba, dirigiéndose a o alto:
“¡Verdezuela, Verdezuela,
Suéltame tu cabellera!”
Verdezuela soltó sus trenzas, y la bruja se encaramó a lo alto de la torre. “Si ésta es la escalera para subir hasta allí,” se dijo el príncipe, “también yo probaré fortuna.” Y al día siguiente, cuando ya comenzaba a oscurecer, encaminóse al pie de la torre y dijo:
“¡Verdezuela, Verdezuela,
Suéltame tu cabellera!”
Enseguida descendió la trenza, y el príncipe subió.


En el primer momento, Verdezuela se asustó Verdezuela se asustó mucho al ver un hombre, pues jamás sus ojos habían visto ninguno. Pero el príncipe le dirigió la palabra con gran afabilidad y le explicó que su canto había impresionado de tal manera su corazón, que ya no había gozado de un momento de paz hasta hallar la manera de subir a verla. Al escucharlo perdió Verdezuela el miedo, y cuando él le preguntó si lo quería por esposo, viendo la muchacha que era joven y apuesto, pensó, «Me querrá más que la vieja», y le respondió, poniendo la mano en la suya: “Sí; mucho deseo irme contigo; pero no sé cómo bajar de aquí. Cada vez que vengas, tráete una madeja de seda; con ellas trenzaré una escalera y, cuando esté terminada, bajaré y tú me llevarás en tu caballo.” Convinieron en que hasta entonces el príncipe acudiría todas las noches, ya que de día iba la vieja. La hechicera nada sospechaba, hasta que un día Verdezuela le preguntó: “Decidme, tía Gothel, ¿cómo es que me cuesta mucho más subiros a vos que al príncipe, que está arriba en un santiamén?” - “¡Ah, malvada!” exclamó la bruja, “¿qué es lo que oigo? Pensé que te había aislado de todo el mundo, y, sin embargo, me has engañado.” Y, furiosa, cogió las hermosas trenzas de Verdezuela, les dio unas vueltas alrededor de su mano izquierda y, empujando unas tijeras con la derecha, zis, zas, en un abrir y cerrar de ojos cerrar de ojos se las cortó, y tiró al suelo la espléndida cabellera. Y fue tan despiadada, que condujo a la pobre Verdezuela a un lugar desierto, condenándola a una vida de desolación y miseria.

El mismo día en que se había llevado a la muchacha, la bruja ató las trenzas cortadas al gancho de la ventana, y cuando se presentó el príncipe y dijo:
“¡Verdezuela, Verdezuela,
Suéltame tu cabellera!”
la bruja las soltó, y por ellas subió el hijo del Rey. Pero en vez de encontrar a su adorada Verdezuela hallóse cara a cara con la hechicera, que lo miraba con ojos malignos y perversos: “¡Ajá!” exclamó en tono de burla, “querías llevarte a la niña bonita; pero el pajarillo ya no está en el nido ni volverá a cantar. El gato lo ha cazado, y también a ti te sacará los ojos. Verdezuela está perdida para ti; jamás volverás a verla.” El príncipe, fuera de sí de dolor y desesperación, se arrojó desde lo alto de la torre. Salvó la vida, pero los espinos sobre los que fue a caer se le clavaron en los ojos, y el infeliz hubo de vagar errante por el bosque, ciego, alimentándose de raíces y bayas y llorando sin cesar la pérdida de su amada mujercita. Y así anduvo sin rumbo por espacio de varios años, mísero y triste, hasta que, al fin, llegó al desierto en que vivía Verdezuela con los dos hijitos los dos hijitos gemelos, un niño y una niña, a los que había dado a luz. Oyó el príncipe una voz que le pareció conocida y, al acercarse, reconociólo Verdezuela y se le echó al cuello llorando. Dos de sus lágrimas le humedecieron los ojos, y en el mismo momento se le aclararon, volviendo a ver como antes. Llevóla a su reino, donde fue recibido con gran alegría, y vivieron muchos años contentos y felices.
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jueves, 30 de junio de 2011

Pulgarcita


Por fin, cuento nuevo. Nos ha tocado Pulgarcita. La verdad es que la versión del libro, poco tiene que ver con la original...

Érase una mujer que anhelaba tener un niño, pero no sabía dónde irlo a buscar. Al fin se decidió a acudir a una vieja bruja y le dijo:

-Me gustaría mucho tener un niño; dime cómo lo he de hacer.

-Sí, será muy fácil -respondió la bruja-. Ahí tienes un grano de cebada; no es como la que crece en el campo del labriego, ni la que comen los pollos. Plántalo en una maceta y verás maravillas.

-Muchas gracias -dijo la mujer; dio doce sueldos a la vieja y se volvió a casa; sembró el grano de cebada, y brotó enseguida una flor grande y espléndida, parecida a un tulipán, sólo que tenía los pétalos apretadamente cerrados, cual si fuese todavía un capullo.

-¡Qué flor tan bonita! -exclamó la mujer, y besó aquellos pétalos rojos y amarillos; y en el mismo momento en que los tocaron sus labios, se abrió la flor con un chasquido. Era en efecto, un tulipán, a juzgar por su aspecto, pero en el centro del cáliz, sentada sobre los verdes estambres, se veía una niña pequeñísima, linda y gentil, no más larga que un dedo pulgar; por eso la llamaron Pulgarcita.

Le dio por cuna una preciosa cáscara de nuez, muy bien barnizada; azules hojuelas de violeta fueron su colchón, y un pétalo de rosa, el cubrecama. Allí dormía de noche, y de día jugaba sobre la mesa, en la cual la mujer había puesto un plato ceñido con una gran corona de flores, cuyos peciolos estaban sumergidos en agua; una hoja de tulipán flotaba a modo de barquilla, en la que Pulgarcita podía navegar de un borde al otro del plato, usando como remos dos blancas crines de caballo. Era una maravilla. Y sabía cantar, además, con voz tan dulce y delicada como jamás se haya oído.

Una noche, mientras la pequeñuela dormía en su camita, se presentó un sapo, que saltó por un cristal roto de la ventana. Era feo, gordote y viscoso; y vino a saltar sobre la mesa donde Pulgarcita dormía bajo su rojo pétalo de rosa.

«¡Sería una bonita mujer para mi hijo!», se dijo el sapo, y, cargando con la cáscara de nuez en que dormía la niña, saltó al jardín por el mismo cristal roto.

Cruzaba el jardín un arroyo, ancho y de orillas pantanosas; un verdadero cenagal, y allí vivía el sapo con su hijo. ¡Uf!, ¡y qué feo y asqueroso era el bicho! ¡igual que su padre! «Croak, croak, brekkerekekex!», fue todo lo que supo decir cuando vio a la niñita en la cáscara de nuez.

-Habla más quedo, no vayas a despertarla -le advirtió el viejo sapo-. Aún se nos podría escapar, pues es ligera como un plumón de cisne. La pondremos sobre un pétalo de nenúfar en medio del arroyo; allí estará como en una isla, ligera y menudita como es, y no podrá huir mientras nosotros arreglamos la sala que ha de ser su habitación debajo del cenagal.

Crecían en medio del río muchos nenúfares, de anchas hojas verdes, que parecían nadar en la superficie del agua; el más grande de todos era también el más alejado, y éste eligió el viejo sapo para depositar encima la cáscara de nuez con Pulgarcita.

Cuando se hizo de día despertó la pequeña, y al ver donde se encontraba prorrumpió a llorar amargamente, pues por todas partes el agua rodeaba la gran hoja verde y no había modo de ganar tierra firme.

Mientras tanto, el viejo sapo, allá en el fondo del pantano, arreglaba su habitación con juncos y flores amarillas; había que adornarla muy bien para la nuera. Cuando hubo terminado nadó con su feo hijo hacia la hoja en que se hallaba Pulgarcita. Querían trasladar su lindo lecho a la cámara nupcial, antes de que la novia entrara en ella. El viejo sapo, inclinándose profundamente en el agua, dijo:

-Aquí te presento a mi hijo; será tu marido, y vivirán muy felices en el cenagal.

-¡Coax, coax, brekkerekekex! -fue todo lo que supo añadir el hijo. Cogieron la graciosa camita y echaron a nadar con ella; Pulgarcita se quedó sola en la hoja, llorando, pues no podía avenirse a vivir con aquel repugnante sapo ni a aceptar por marido a su hijo, tan feo.

Los pececillos que nadaban por allí habían visto al sapo y oído sus palabras, y asomaban las cabezas, llenos de curiosidad por conocer a la pequeña. Al verla tan hermosa, les dio lástima y les dolió que hubiese de vivir entre el lodo, en compañía del horrible sapo. ¡Había que impedirlo a toda costal Se reunieron todos en el agua, alrededor del verde tallo que sostenía la hoja, lo cortaron con los dientes y la hoja salió flotando río abajo, llevándose a Pulgarcita fuera del alcance del sapo.

En su barquilla, Pulgarcita pasó por delante de muchas ciudades, y los pajaritos, al verla desde sus zarzas, cantaban: «¡Qué niña más preciosa!». Y la hoja seguía su rumbo sin detenerse, y así salió Pulgarcita de las fronteras del país.

Una bonita mariposa blanca, que andaba revoloteando por aquellos contornos, vino a pararse sobre la hoja, pues le había gustado Pulgarcita. Ésta se sentía ahora muy contenta, libre ya del sapo; por otra parte, ¡era tan bello el paisaje! El sol enviaba sus rayos al río, cuyas aguas refulgían como oro purísimo. La niña se desató el cinturón, ató un extremo en torno a la mariposa y el otro a la hoja; y así la barquilla avanzaba mucho más rápida.

Más he aquí que pasó volando un gran abejorro, y, al verla, rodeó con sus garras su esbelto cuerpecito y fue a depositarlo en un árbol, mientras la hoja de nenúfar seguía flotando a merced de la corriente, remolcada por la mariposa, que no podía soltarse.

¡Qué susto el de la pobre Pulgarcita, cuando el abejorro se la llevó volando hacia el árbol! Lo que más la apenaba era la linda mariposa blanca atada al pétalo, pues si no lograba soltarse moriría de hambre. Al abejorro, en cambio, le tenía aquello sin cuidado. Se posó con su carga en la hoja más grande y verde del árbol, regaló a la niña con el dulce néctar de las flores y le dijo que era muy bonita, aunque en nada se parecía a un abejorro. Más tarde llegaron los demás compañeros que habitaban en el árbol; todos querían verla. Y la estuvieron contemplando, y las damitas abejorras exclamaron, arrugando las antenas:

-¡Sólo tiene dos piernas; qué miseria!

-¡No tiene antenas! -observó otra.

-¡Qué talla más delgada, parece un hombre! ¡Uf, que fea! -decían todas las abejorras.

Y, sin embargo, Pulgarcita era lindísima. Así lo pensaba también el abejorro que la había raptado; pero viendo que todos los demás decían que era fea, acabó por creérselo y ya no la quiso. Podía marcharse adonde le apeteciera. La bajó, pues, al pie del árbol, y la depositó sobre una margarita. La pobre se quedó llorando, pues era tan fea que ni los abejorros querían saber nada de ella. Y la verdad es que no se ha visto cosa más bonita, exquisita y límpida, tanto como el más bello pétalo de rosa.

Todo el verano se pasó la pobre Pulgarcita completamente sola en el inmenso bosque. Se trenzó una cama con tallos de hierbas, que suspendió de una hoja de acedera, para resguardarse de la lluvia; para comer recogía néctar de las flores y bebía del rocío que todas las mañanas se depositaba en las hojas. Así transcurrieron el verano y el otoño; pero luego vino el invierno, el frío y largo invierno. Los pájaros, que tan armoniosamente habían cantado, se marcharon; los árboles y las flores se secaron; la hoja de acedera que le había servido de cobijo se arrugó y contrajo, y sólo quedó un tallo amarillo y marchito. Pulgarcita pasaba un frío horrible, pues tenía todos los vestidos rotos; estaba condenada a helarse, frágil y pequeña como era. Comenzó a nevar, y cada copo de nieve que le caía encima era como si a nosotros nos echaran toda una palada, pues nosotros somos grandes, y ella apenas medía una pulgada. Se envolvió en una hoja seca, pero no conseguía entrar en calor; tiritaba de frío.

Junto al bosque se extendía un gran campo de trigo; lo habían segado hacía tiempo, y sólo asomaban de la tierra helada los rastrojos desnudos y secos. Para la pequeña era como un nuevo bosque, por el que se adentró, y ¡cómo tiritaba! Llegó frente a la puerta del ratón de campo, que tenía un agujerito debajo de los rastrojos. Allí vivía el ratón, bien calentito y confortable, con una habitación llena de grano, una magnífica cocina y un comedor. La pobre Pulgarcita llamó a la puerta como una pordiosera y pidió un trocito de grano de cebada, pues llevaba dos días sin probar bocado. .

-¡Pobre pequeña! -exclamó el ratón, que era ya viejo, y bueno en el fondo-, entra en mi casa, que está bien caldeada y comerás conmigo-. Y como le fuese simpática Pulgarcita, le dijo: - Puedes pasar el invierno aquí, si quieres cuidar de la limpieza de mi casa, y me explicas cuentos, que me gustan mucho.

Pulgarcita hizo lo que el viejo ratón le pedía y lo pasó la mar de bien.

-Hoy tendremos visita -dijo un día el ratón-. Mi vecino suele venir todas las semanas a verme. Es aún más rico que yo; tiene grandes salones y lleva una hermosa casaca de terciopelo negro. Si lo quisieras por marido nada te faltaría. Sólo que es ciego; habrás de explicarle las historias más bonitas que sepas.

Pero a Pulgarcita le interesaba muy poco el vecino, pues era un topo.

Éste vino, en efecto, de visita, con su negra casaca de terciopelo. Era rico e instruido, dijo el ratón de campo; tenía una casa veinte veces mayor que la suya. Ciencia poseía mucha, mas no podía sufrir el sol ni las bellas flores, de las que hablaba con desprecio, pues no, las había visto nunca.

Pulgarcita hubo de cantar, y entonó «El abejorro echó a volar» y «El fraile descalzo va campo a través». El topo se enamoró de la niña por su hermosa voz, pero nada dijo, pues era circunspecto.

Poco antes había excavado una larga galería subterránea desde su casa a la del vecino e invitó al ratón y a Pulgarcita a pasear por ella siempre que les viniese en gana. Les advirtió que no debían asustarse del pájaro muerto que yacía en el corredor; era un pájaro entero, con plumas y pico, que seguramente había fallecido poco antes y estaba enterrado justamente en el lugar donde habla abierto su galería.

El topo cogió con la boca un pedazo de madera podrida, pues en la oscuridad reluce como fuego, y, tomando la delantera, les alumbró por el largo y oscuro pasillo. Al llegar al sitio donde yacía el pájaro muerto, el topo apretó el ancho hocico contra el techo y, empujando la tierra, abrió un orificio para que entrara luz. En el suelo había una golondrina muerta, las hermosas alas comprimidas contra el cuerpo, las patas y la cabeza encogidas bajo el ala. La infeliz avecilla había muerto de frío. A Pulgarcita se le encogió el corazón, pues quería mucho a los pajarillos, que durante todo el verano habían estado cantando y gorjeando a su alrededor. Pero el topo, con su corta pata, dio un empujón a la golondrina y dijo:

-Ésta ya no volverá a chillar. ¡Qué pena, nacer pájaro! A Dios gracias, ninguno de mis hijos lo será. ¿Qué tienen estos desgraciados, fuera de su quivit, quivit? ¡Vaya hambre la que pasan en invierno!

-Habla como un hombre sensato -asintió el ratón-. ¿De qué le sirve al pájaro su canto cuando llega el invierno? Para morir de hambre y de frío, ésta es la verdad; pero hay quien lo considera una gran cosa.

Pulgarcita no dijo esta boca es mía, pero cuando los otros dos hubieron vuelto la espalda, se inclinó sobre la golondrina y, apartando las plumas que le cubrían la cabeza, besó sus ojos cerrados.

«¡Quién sabe si es aquélla que tan alegremente cantaba en verano!», pensó. «¡Cuántos buenos ratos te debo, mi pobre pajarillo!».

El topo volvió, a tapar el agujero por el que entraba la luz del día y acompañó a casa a sus vecinos. Aquella noche Pulgarcita no pudo pegar un ojo; saltó, pues, de la cama y trenzó con heno una grande y bonita manta, que fue a extender sobre el avecilla muerta; luego la arropó bien, con blanco algodón que encontró en el cuarto de la rata, para que no tuviera frío en la dura tierra.

-¡Adiós, mi pajarito! -dijo-. Adiós y gracias por las canciones con que me alegrabas en verano, cuando todos los árboles estaban verdes y el sol nos calentaba con sus rayos.

Aplicó entonces la cabeza contra el pecho del pájaro y tuvo un estremecimiento; le pareció como si algo latiera en él. Y, en efecto, era el corazón, pues la golondrina no estaba muerta, y sí sólo entumecida. El calor la volvía a la vida.

En otoño, todas las golondrinas se marchan a otras tierras más cálidas; pero si alguna se retrasa, se enfría y cae como muerta. Allí se queda en el lugar donde ha caído, y la helada nieve la cubre.

Pulgarcita estaba toda temblorosa del susto, pues el pájaro era enorme en comparación con ella, que no medía sino una pulgada. Pero cobró ánimos, puso más algodón alrededor de la golondrina, corrió a buscar una hoja de menta que le servía de cubrecama, y la extendió sobre la cabeza del ave.

A la noche siguiente volvió a verla y la encontró viva, pero extenuada; sólo tuvo fuerzas para abrir los ojos y mirar a Pulgarcita, quien, sosteniendo en la mano un trocito de madera podrida a falta de linterna, la estaba contemplando.

-¡Gracias, mi linda pequeñuela! -murmuró la golondrina enferma-. Ya he entrado en calor; pronto habré recobrado las fuerzas y podré salir de nuevo a volar bajo los rayos del sol.

-¡Ay! -respondió Pulgarcita-, hace mucho frío allá fuera; nieva y hiela. Quédate en tu lecho calentito y yo te cuidaré.

Le trajo agua en una hoja de flor para que bebiese. Entonces la golondrina le contó que se había lastimado un ala en una mata espinosa, y por eso no pudo seguir volando con la ligereza de sus compañeras, las cuales habían emigrado a las tierras cálidas. Cayó al suelo, y ya no recordaba nada más, ni sabía cómo había ido a parar allí.

El pájaro se quedó todo el invierno en el subterráneo, bajo los amorosos cuidados de Pulgarcita, sin que lo supieran el topo ni el ratón, pues ni uno ni otro podían sufrir a la golondrina.

No bien llegó la primavera y el sol comenzó a calentar la tierra, la golondrina se despidió de Pulgarcita, la cual abrió el agujero que había hecho el topo en el techo de la galería. Entró por él un hermoso rayo de sol, y la golondrina preguntó a la niñita si quería marcharse con ella; podría montarse sobre su espalda, y las dos se irían lejos, al verde bosque. Mas Pulgarcita sabía que si abandonaba al ratón le causaría mucha pena.

-No, no puedo -dijo.

-¡Entonces adiós, adiós, mi linda pequeña! -exclamó la golondrina, remontando el vuelo hacia la luz del sol. Pulgarcita la miró partir, y las lágrimas le vinieron a los ojos; pues le había tomado mucho afecto.

-¡Quivit, quivit! -chilló la golondrina, emprendiendo el vuelo hacia el bosque. Pulgarcita se quedó sumida en honda tristeza. No le permitieron ya salir a tomar el sol. El trigo que habían sembrado en el campo de encima creció a su vez, convirtiéndose en un verdadero bosque para la pobre criatura, que no medía más de una pulgada.

-En verano tendrás que coserte tu ajuar de novia -le dijo un día el ratón. Era el caso que su vecino, el fastidioso topo de la negra pelliza, había pedido su mano-. Necesitas ropas de lana y de hilo; has de tener prendas de vestido y de cama, para cuando seas la mujer del topo.
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