Inkwand: Alí Babá y los Cuarenta Ladrones

Últimas reseñas

Los límites de su consentimiento       Norte. Los Cuatro Puntos Cardinales       El bosque prohibido       Diario de un vampiro adolescente       ¡Así funciona el mundo!       #Dead7       Cristal       Cristal       Cristal       Rojo y Oro       El hada mancillada       Almas de hierro       El periplo del ángel

lunes, 17 de octubre de 2011

Alí Babá y los Cuarenta Ladrones


En el lejano Oriente vivían dos hermanos, que siendo aún muy niños quedaron huérfanos. Como no tenían parientes cercanos y, además quedaron muy pobres, pasaron muchos sufrimientos. Hambres, fríos, desprecios, privaciones, todo a una fueron como el escenario de la tragedia de su vida. Mas, con el correr de los años, el mayor de ellos, Casín, se casó con una rica viuda. Con el dinero de ésta, Casín instaló una surtida tienda y pronto forjó fortuna. En cambio, el hermano menor, Alí Babá, se enamoró de una muchacha pobre, aunque bastante hermosa, hija de un leñador. Cuando murió su suegro, les dejó por herencia la casa donde vivían y dos asnos. No era mucho, pero para Alí Babá fue suficiente, pues con gran entusiasmo cortaba árboles en el bosque, de los cuales hacía leña que vendía en la ciudad.

Un día en que Alí Babá trabajaba en el bosque, sintió el ruido de una partida de jinetes que se acercaba. Ignorando quiénes podrían ser, se subió al ramaje de un árbol y allí quedó a la expectativa. Poco después aparecieron los jinetes, y con gran sorpresa suya, los vio detenerse justamente delante del árbol que lo sostenía. Los hombres conversaron entre ellos, y luego el jefe se apartó del grupo unos pasos. Se dirigió hacia unos altos peñascos y deteniéndose frente a una enorme roca, gritó:

- ¡Sésamo, ábrete!

Y la roca giró lentamente, dejando descubierta una cueva. Uno por uno fueron metiéndose por allí los jinetes. Alí Babá los contó: eran cuarenta. Una vez todos dentro, el jefe volvió a gritar:

- ¡Sésamo, ciérrate!

La roca volvió a girar lentamente hasta cubrir la entrada de la cueva. Alí Babá se restregó los ojos, creyendo que soñaba. Y cuando se disponía a bajarse del árbol, vio que la roca volvía a girar. Uno por uno fueron saliendo los hombres. Montaron todos a caballo, y repitiendo el jefe la orden de: "¡Sésamo, ciérrate!", los cuarenta jinetes partieron a la carrera, dejando una nube de polvo.

Alí Babá se convenció de que no soñaba. Se bajó del árbol y quiso conocer el secreto de la cueva. Un poco atemorizado dijo:

- ¡Sésamo, ábrete!

Y la piedra comenzó a girar despaciosamente, dejando libre la entrada. Alí avanzó escuchando sólo el fuerte latir de su corazón, hasta que llegó a una amplia cámara donde quedó deslumbrado. Aquella pieza estaba llena de fabulosas riquezas: cofres repletos de monedas de oro y plata; baúles rebosantes de rubíes, diamantes, brillantes y zafiros; fuentes llenas de joyas; tapices maravillosos y alfombras hermosísimas y porcelanas de gran finura. Alí Babá pensó: "Los cuarenta jinetes que he visto son ladrones que guardan sus robos aquí".

Como la vida era muy dura para él, pensó llevarse parte de aquella riqueza que procedía del robo. Trajo sus asnos y los cargó con algo de aquel tesoro. Para salir de la cueva dijo el consabido: "¡Sésamo, ábrete!", y la roca giró obediente. Afuera cubrió la carga con ramas para disimularla.

Cuando su mujer vio la enorme riqueza que le mostraba, se espantó y echó a llorar, porque pensó: "¿Cómo ha conseguido Alí todas estas riquezas? Sin duda, desesperado por nuestra pobreza, se ha hecho ladrón y ha asaltado los caminos". Mas, cuando Alí le explicó todo, ella no cabía en sí de gozo. Hacía correr las monedas y piedras preciosas entre sus dedos, se probaba los aretes, pulseras y prendedores y no se cansaba de admirarlos. De pronto, quiso saber cuánto valía todo aquello; pero no tenía ninguna medida, y como se acordó que en casa de su cuñado Casín tenían una, fue en su busca.

La mujer de Casín se llenó de curiosidad cuando su concuñada le pedía una medida.

- ¿Para qué necesitará Alí una medida? Son tan pobres que podrían contar sus monedas con los dedos de la mano.

Y entonces utilizó una treta: untó el fondo de la medida con sebo, así la envió a casa de Alí. Cuando al día siguiente se la devolvieron, halló una moneda de oro pegada al fondo. Corrió donde Casín, le contó el caso y le hizo saber sus dudas. Casín le contestó que no era asunto de ellos. Pero su mujer insistió tanto que Casín fue a casa de su hermano y le habló del asunto. Alí Babá le contó todo, pues no podía tener secretos para su hermano.

Cuando la mujer de Casín supo toda la historia, convenció a su marido para que fuera también a la cueva de los ladrones. Casín llevó diez mulas para poder sacar la mayor cantidad de tesoro. Dio la orden ante la roca de la cueva y ésta giró dejando libre la entrada. Una vez adentro, Casín cargó sus mulas, y cuando se  disponía a salir, se olvidó de las palabras claves para que la roca girara. Casín perdió la serenidad y, lleno de espanto, comenzó a dar gritos y golpes a la oca; pero ésta seguía inmóvil, y él preso en la cueva.

La mujer de Casín, al darse cuenta que su marido tardaba demasiado, corrió a casa de Alí y le contó que Casín había ido a la cueva de los ladrones y aún no regresaba. Alí Babá se inquietó por su hermano y partió en su búsqueda. Al abrirse la entrada de la cueva ante sus palabras claves, vio, presa de terror, que su hermano había sido asesinado. Pensó, entonces, que los ladrones lo habían sorprendido cuando se llevaba parte del tesoro y le dieron muerte. Vio, además, que las mulas estaban sin carga y que no había ya nada de la fabulosa riqueza. Cargó a su hermano en una mula, lo ocultó con unas ramas y volvió a su casa.

Alí quiso disimular la muerte de su hermano ante la gente, y para lograrlo acudió donde su esclava, la cual tenía fama de astuta y lista. Esta se ofreció a ayudarle, y como el cuerpo de Casín estaba lleno de heridas enormes, buscó a un viejo zapatero y, dándole unas monedas, le convenció para que cosiera las heridas del cuerpo de Casín. Luego fue a comprar un remedio a la botica, y viendo bastante gente, se puso a gemir, mientras decía en voz alta:

- ¡Pobre Casín! ¡Ojalá que este remedio lo salve!

Fue así que al día siguiente, cuando corrió la noticia de la muerte de Casín, nadie se asombró. 

Mientras tanto, cuando los cuarenta ladrones volvieron a la cueva y no hallaron el cuerpo de Casín, comprendieron que alguien había entrado y que conocía su secreto. Enviaron a uno de los pillos para que averiguara en la ciudad, y cuando ya retornaba el emisario sin ningún dato, dio, por casualidad, con el zapatero. Se puso a conversar con él, y el buen hombre dijo de pronto en medio de su charla:

- ¡Tengo una vista excelente, a pesar de mis años! Sin ir muy lejos, anoche he cosido perfectamente las heridas de un hombre.

El bandido se dio cuenta, de inmediato, de qué se trataba, y sacando su puñal amenazó al viejo y consiguió que éste le enseñara la casa de la cual lo habían llamado para coser al herido. El ladrón trazó en la puerta una cruz con una tiza, y volvió a dar cuenta a sus compinches. Gracias a la cruz podrían reconocer fácilmente la casa durante la noche.

Pero los bandidos no contaban con la astucia de la esclava de Alí. Al ver ésta la cruz blanca pintada en la puerta, comprendió de inmediato que algo raro sucedía.

- Los ladrones - pensó - han dado con la casa de mi amo, y ésta es la señal para atacarlo.

Tomó una tiza y pintó una cruz igual en todas las puertas del barrio. Cuando los bandidos vinieron en la noche, no pudieron dar con la casa. El jefe, sin darse por vencido, fue donde el zapatero y, puñal en mano, le obligó a que le señalara la casa. Volvió donde sus compañeros y les dijo:

- Tengo un plan. Yo me vestiré de mercader y llevaré cuarenta tinajas; una de ellas tendrá aceite, y las restantes os llevarán dentro. Sé bien cuál es la casa. ¡Y verán cómo nos vengaremos!

De acuerdo al plan, aquella noche el capitán de los facinerosos llegó a la casa de Alí a ofrecerle aceite. Como contestase éste que por ahora no necesitaba aceite, lo convenció para que le diera hospedaje por una noche. Alí accedió gustoso e hizo colocar las cuarenta tinajas en el patio.
Poco más tarde, la esclava tuvo necesidad de un poco de aceite para su lámpara, pero no lo halló en la cocina.

- Sacaré un poco de una de las tinajas - se dijo -. Como necesito tan poco, no lo advertirán.

Al acercarse a la primera tinaja, quiso saber si estaba llena, dio un golpecito y, ¡oh, sorpresa!, de dentro salió una voz que dijo:

- ¿Ya es la hora?

La lista muchacha comprendió al instante de qué se trataba: aquellas tinajas escondían a los ladrones de la cueva. Y fingiendo serenidad, en voz bajita, contestó:

- No, aún no. Esperad.

Usó de la misma treta con las demás tinajas y descubrió que en todas, menos una, había un bandido oculto, que repetía la pregunta. Entonces se le ocurrió una idea. Puso al fuego la tinaja del aceite, y cuando estuvo hirviendo éste, lo fue echando sobre la cabeza de cada uno de los ladrones, matándolos a todos, achicharrados.

A media noche, cuando reinaba el silencio en la casa, el falso mercader se levantó despacito, y saliendo al patio, comenzó a dar golpecitos a las tinajas, y uno por uno, halló a todos sus hombres muertos. Presa de espanto quiso huir, perola esclava había dado la voz de alarma y no pudo hacerlo.

Efectivamente, después de matar a los bandidos, la fiel esclava había corrido a contar todo a Alí Babá. Éste quedó sorprendido ante el relato, y sin perder tiempo, recurrió a la ayuda de sus vecinos. De modo que cuando el jefe de los ladrones se quiso fugar, cayeron todos sobre él y lo amarraron. Luego, con amenazas, le hicieron confesar dónde estaba el tesoro que había sacado de la cueva. Una vez encontrado el tesoro, fue entregado a las autoridades de la ciudad, quienes los distribuyeron por mitades entre Alí Babá y los pobres.

Alí, inmensamente rico, cuidó de su cuñada viuda y se dedicó a hacer obras de caridad y filantropía. Todos los sábados desfilaban por su palacio todos los pobres de la ciudad para recibir su pan y unas monedas. Hizo construir un asilo para ancianos, un orfanato para los niños abandonados y unos locales escolares. Por último, casó a su fiel esclava con un buen hombre, asignándole una fuerte dote.

De Las Mil y Una Noches

No hay comentarios :

Publicar un comentarioSe agradecen vuestras visitas y se aprecian los comentarios. Por favor, evitad las faltas de respeto y el hacer publicidad.

Publicar un comentario

Gracias por pasar a leerme. Todo comentario referente a la entrada es bienvenido. Por favor, evita la publicidad y las faltas de respeto.

TODOS LOS COMENTARIOS SON MODERADOS, por lo que aquellos no relacionados con la entrada comentada, serán eliminados.