Inkwand: Los Tres Cerditos

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miércoles, 19 de octubre de 2011

Los Tres Cerditos


Había una vez una familia de cerdos que vivía en una comarca de pocos recursos. Un día la mamá Cerda animó a sus tres hijos a que salieran al mundo en busca de mejor fortuna.

El primero de ellos se tropezó con un labrador que llevaba una carreta llena de paja.

- ¿Puedes darme esa carga de paja, si no la necesitas?

- Pues la verdad es que la llevo para quemarla - contestó el hombre, que se la cedió al simpático animal sin preguntar qué haría con ella.

Con gran habilidad, el cerdito se construyó una casa de paja, que ocupó en cuanto estuvo lista. Un lobo que andaba al acecho, no tardó en plantarse ante la puerta, cuya campanilla agitó para que le abrieran.

- ¡Cerdito, amigo! ¡Déjame entrar, que tengo frío! - pidió el lobo mintiendo con todo descaro.

- ¡Ni por todas las bellotas del mundo te dejo yo entrar! - contestó el cerdito después de atrancar bien la puerta.

Enfadado, el lobo profirió una terrible amenaza: "¡Prepárate, cerdito, que soplaré y soplaré hasta ver tu casa volar por los aires!", oyó gritar a la fiera.

Dicho y hecho, el lobo comenzó a soplar con tanta furia que la paja tardó poco en volar por los aires. Al cabo de un rato la casa quedó reducida a la nada.

Apenas lo vio sin protección, la fiera se lanzó a por el indefenso cerdito y... se lo comió. Y este fue el fin del primero de los hermanos.

El segundo cerdito se había construido una casa con unos troncos que le cediera un amable leñador. Feliz y contento en su refugio, el cerdito pensó que tenía la vida asegurada, tanto él como un conejo amigo suyo.

Pero el mismo lobo que se comió a su hermano empezó a rondar la casa con no muy buenas intenciones. Y como no estaba dispuesto a dejarse engañar por un lobo tan fiero, subió las escaleras de su refugio y se encerró con llave.

- ¡Cerdito, amigo! ¡Déjame entrar, que tengo frío!

- ¡Ni por todas las bellotas del mundo te dejo yo entrar! - contestó asomando el hocico.

Enfadadísimo, el lobo comenzó a soplar hasta que la casa quedó reducida a la nada. Apenas lo vio sin protección, la fiera se lanzó a por él y... se lo comió.Y así acabó el segundo de los cerditos.

El tercero de los hermanos se había construido una casa con los ladrillos que le sobraban a un amable albañil. No tardó en presentarse el malvado lobo que se había comido a sus hermanos.

- ¡Cerdito, amigo! ¡Déjame entrar, que estoy helado de frío! - pidió el lobo con voz plañidera.

Y como el cerdito no estaba dispuesto a dejarse engañar por un lobo tan feo, la fiera comenzó a soplar con todas sus fuerzas...

Sopló y sopló, pero la casta resistió y ni un solo ladrillo se movió de su sitio. Como no acababa de creérselo, aún estuvo soplando hasta quedarse agotado.

Ante semejante fracaso, el feroz lobo se retiró al bosque a pensar. No podía admitir que un cerdito sin estudios le hubiera vencido de aquella manera.

"¡Ya se me ocurrirá algo!", se decía el malvado.

Herido en su orgullo y en su estómago, no paraba de dar vueltas y más vueltas por los alrededores de su guarida, tramando el modo de hacerse con su presa.

Pasó la noche en vela y, con los primeros rayos de sol, cayó rendido en el montón de paja que le servía de cama. Y así permaneció por espacio de dos días, hasta que el hambre lo despertó.

"Con lo rico que estará ese cerdito bien asado...", pensaba ente bostezo y bostezo.

Resignado, tuvo que conformarse con una zanahoria como desayuno. Entonces concibió una idea y... corrió sin parar hasta la casa de su mejor bocado, el cerdito.

"Mañana a las seis vendré a buscarte, y juntos daremos buena cuenta de los nabos de nuestro vecino", había propuesto el lobo. ¡De sobra sabía el cerdito que los lobos no comen nabos, a no ser que el hambre se los coma a ellos!

Conociendo las intenciones del lobo, que no eran otras que comérselo al menor descuido, el cerdito se levantó muy temprano y a las cinco de la mañana ya estaba en el huerto de nabos del vecino.

Cuando una hora después se presentó el lobo, lo encontró tomando su desayuno de nabos.

- Vamos, amigo; ¿estás preparado? - preguntó el lobo.

- Ya puedes verlo. Fui al sembrado y me traje un buen saco de los nabos más dulces - explicño el cerdito con una sonrisa de triunfo.

- ¡Más caros los pagarás! - dijo el lobo, amenazador y rabioso.

Burlado y furioso a más no poder, el lobo se alejó con cara de pocos amigos. En su cabeza no cabía que un simple cerdo se mofara de él con tanta astucia. Si fuera una vaca o un ciervo de los grandes, lo entendería fácilmente, pues algo sabía de la inteligencia de los animales. ¡Pero un cerdito! ¡Que se la jugara un cerdo...!

Aquello no podía ser... Tenía que encontrar la manera de engatusarle y darse el gran banquete con él, ya dos veces aplazado. 

Convencido de haber hallado otro truco, al día siguiente iría a casa de su enemigo.

"He descubierto un huerto cargado de hermosísimas manzanas. Prepárate, que mañana a las cinco vendré a recogerte", había propuesto el lobo.

¡De sobra sabía el cerdito que a los lobos la fruta no les hacía la menor gracia! Y demasiado conocía las verdaderas intenciones de la astuta fiera...

Por eso, se levantó a las cuatro y fue solo al huerto de manzanos. Primero llenó la tripa y luego, con toda parsimonia, empezó a recoger las manzanas más sabrosas, hasta llenar una gran cesta.

- ¡Toma una y pruébala! - dijo al lobo -. ¡Tenías razón, son estupendas!

"Mañana te recogeré a eso de las tres e iremos juntos al pueblo", había propuesto el lobo. ¡Bien sabía el cerdito que los lobos no tenían nada que hacer en los mercadillos! Y demasiado conocía las verdaderas intenciones de la hambrienta fiera...

Una hora antes, ya estaba el cerdito comprando una orza bien grande, de esas que se emplean para hacer vino.

- Es muy resistente - dijo el vendedor al simpático cerdito.

El cerdito se metió en la orza y se echó a rodar cuesta abajo. Cuando el lobo vio lo que se le venía encima, salió corriendo y no paró hasta su refugio en el bosque, donde se dejó caer agotado.

- ¡Ay, que me pilla! ¿Qué habré hecho yo para merecer esto? - decía el lobo mientras trataba de esquivar la orza, que parecía un meteorito.

Como necesitaba sorprender al cerdito, el lobo se encaramó al tejado de la casa, buscó el hueco de la chimenea y sin pensarlo dos veces se metió en ella.

- ¡Voy a cobrarme todas tus burlas! ¡Esta vez no te salvará truco alguno! - gritaba el lobo mientras intentaba bajar por la chimenea.

Pero lo que no sabía es que abajo, en el fuego, un caldero de agua hervía bajo un montón de leños bien secos.
- ¡Allá voy! - dijo el lobo, ignorante de lo que le esperaba.

Al momento, el último aullido del lobo se oyó cuando cayó en el caldero. Y así el tercero de los hermanos vivió feliz y contento, respetado incluso por todos los más audaces lobos.

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