Inkwand: noviembre 2011

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sábado, 19 de noviembre de 2011

El duende hechizado


Una magnífica mañana de primavera, Pepito Duende iba saltando por el Bosque Mágico. Cada brizna de hierba estaba recubierta de gotas de rocío que brillaban con el sol. Las setas parecían aún más coloridas ese día.

- ¡Ya sé! - se dijo Pepito a sí mismo -. Hace un día muy bonito, voy a ver si Campanilla quiere venir a jugar.

Campanilla era un hada amiga de Pepito a la que le gustaba salir a jugar en primavera. Ella y Pepito pasaban juntos todo el día, saltando, nadando en las charcas y gastando bromas a otros seres del Bosque Mágico.

Mientras corría por el bosque, Pepito tarareaba una canción. Como miraba al cielo, que estaba azul y despejado, no vio una hoja llena de agua, medio oculta entre los arbustos. Se tropezó con el borde y cayó de cabeza al agua. Al volver a la superficie, notó algo muy raro. La hoja parecía haber aumentado de tamaño, hasta alcanzar el de una piscina, y Pepito tuvo que nadar hasta la orilla. Subió al borde y mientras se ponía de pie, totalmente empapado, y se preparaba para saltar de la hoja, escuchó risas que provenían de los árboles.

- ¡Oh, mirad! - gritó una voz, que Pepito reconoció como la de un duendecillo -. ¡A por él!

En seguida, Pepito bajó por un lado de la hoja, corrió hasta los arbustos y se escondió. Desde su escondite podía escuchar a los duendecillos que le buscaban. al final, las voces se fueron apagando al abandonar la búsqueda y los duendecillos volvieron a los árboles para vigilar la trampa.

- He visto lo que ha pasado - dijo una voz que sobresaltó a Pepito.

Se dio la vuelta y encontró a su lado a una gran criatura roja con topos negros. ¡Era una mariquita gigantesca!

- Esos traviesos duendes han realizado un hechizo para convertir el agua en una poción para encoger - explicó la mariquita.

- Ahora entiendo - dijo Pepito -. Pensaba que todo era mucho más grande, pero en realidad soy yo el que ha encogido. Debo ir a casa de Campanilla. Espero que conozca algún hechizo para crecer - añadió preocupado -, pero primero tengo que salir de este bosque.

- Eso no es un bosque - se rió la mariquita -. ¡Es hierba!

La mariquita miró a Pepito de forma bondadosa y añadió:

- No te preocupes. Yo te ayudaré a encontrar el camino. Conozco bien este lugar.

De esta manera, Pepito y la mariquita, que se llamaba Lucía, iniciaron su marcha por las imponentes flores y la alta hierba. Pepito no tenía ni idea de cuál era la dirección que debía tomar para llega hasta la casa de Campanilla, pero Lucía parecía saber hacia dónde iban.

No había rastro de duendes. Pepito tenía la impresión de que llevaban mucho tiempo en el bosque de hierba. Vio dos grandes ojos negros en una cabeza marrón y brillante que se acercaba hacia él: ¡una hormiga!

- ¡No quiero que ese monstruo me muerda! - chilló, mientras intentaba esconderse detrás de Lucía. Esta se limitó a saludar cordialmente a la hormiga, que siguió su camino. Más tarde, Pepito se resbaló en un rastro pegajoso.

- ¡Ten cuidado! - dijo Lucía -. El caracol ha pasado por aquí.

Finalmente, dejaron atrás la hierba y se encontraron en una alfombra oscura de hojas, rodeados de lo que Pepito creía que eran los gigantescos muros de una fortaleza.

- ¡Oh, Pepito! - dijo Lucía soltando una carcajada con tal ímpetu que se cayó de espaldas y el duende tuvo que ayudarla a colocarse de nuevo sobre sus seis patas -. ¡Eso no es una fortaleza! ¡Es una arboleda!

- Ojalá fuera de tamaño normal - susuró Pepito.

- No te preocupes. Estoy convencida de que pronto llegaremos. - dijo Lucía.

La pareja siguió su camino hasta que finalmente Pepito vio a lo lejos un océano azul.

- Puedo nadar un trozo - dijo nervioso -, pero no creo que pueda cruzar todo el océano.

Conforme se acercaban, Pepito se dio cuenta de que en realidad no era un océano, sino un bonito grupo de campanillas que balanceaban las corolas como olas ondulantes.

- Campanilla, Campanilla, ¿dónde estás? - gritó Pepito.

- ¡Aquí estamos! - contestaron las flores.

- ¡No, no! - exclamó Pepito -. Estoy buscando a mi amiga Campanilla, el hada.

Entonces, las flores giraron sus cabezas y continuaron balanceándolas al ritmo de la brisa.

- ¿Cómo podré encontrar a mi amiga entre todas estas flores? - sollozó Pepito.

Miró a su alrededor y se dio cuenta de que Lucía había desaparecido.

- ¡Oh, no! ¡Nunca podré encontrar a Campanilla yo solo!

Entonces oyó la voz de Lucía.

- ¡Pepito, Pepito!

Protegiéndose los ojos del sol, miró hacia lo alto y la vio. Había saltado a la parte superior del tallo de una flor y, como un marinero en su barco, oteaba el océano azul. Agitaba sus patas delanteras.

- ¡La he visto, Pepito! - gritó emocionada mientras bajaba correteando por el tallo -. ¡Sígueme!

Pepito siguió a Lucía torpemente mientras esta se abría camino entre las campanillas, hasta alcanzar la rama del hada. Pepito por fin pudo ver a Campanilla. Estaba sentada en el interior, remendando uno de sus vestidos azules. Pepito le hizo señas y la llamó, pero como Campanilla estaba cantando no se dio cuenta de la presencia del duendecillo. Este saltó hasta el vestido y tiró de su aguja de coser. Finalmente, Campanilla se dio cuenta.

- ¿Qué es esto que hay en mi bonito vestido? - dijo enfadada. Intentó apartar a Pepito con la mano, pero este se aferraba bien a la aguja.

- ¡Soy yo, Pepito! - gritó desesperado.

Campanilla dejó de cantar, cogió su lupa y con ella observó a la pequeña criatura.

- ¿Por qué estás así, Pepito? - exclamó -. ¿Qué te ha pasado?

- Caí en agua encantada y encogí - gimió Pepito -. Ayúdame, Campanilla. ¿Conoces algún hechizo que me devuelva a mi tamaño normal?

- Mmm... - dijo ella, y fue a buscar su libro de hechizos.

Estuvo un rato moviendo la cabeza y pasando muchas páginas. Al final, Campanilla empezó a asentir y puso el libro boca abajo.

- ¡Espero que esto funcione! - dijo -. Pueden suceder dos cosas: que te devuelva a tu tamaño normal o que te transforme en un gigante.

Miró hacia arriba y arrancó una flor. Entonces, murmuró unas palabras mágicas. Pepito observó cómo la flor se marchitaba hasta convertirse en semillas sobre la palma de la mano de Campanilla. Seguidamente, esta cerró los ojos y esparció las semillas sobre la cabeza de Pepito, diciendo:

"¡Pepitas mágicas, pepitas mágica,
desplegad vuestros encantos
sobre Pepito!"

Pepito miró a Campanilla. Su cara cada vez estaba más cerca. Se dio cuenta de que estaba creciendo y pronto estuvo al mismo nivel que el hada. Entonces, dejó de crecer. Campanilla aplaudió y Lucía movió sus patas.

- ¡Gracias, Campanilla! - suspiró Pepito.
- Y ahora, ¿jugamos?
- ¡Yo también quiero! - dijo Lucía.

Y los tres se fueron en busca de diversión en el país de las hadas.
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