Inkwand: Capítulo 3. ¿Mamá?

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jueves, 7 de mayo de 2015

Capítulo 3. ¿Mamá?


Mientras el señor Weasley tenía aquellas conversaciones con Dumbledore y su esposa, una figura rondaba entre las sombras del cuarto de Sirius Black, ahora ocupado por Harry. Una mano helada se posó sobre la frente del chico que ni se movió ni despertó. Unas vestiduras blancas sin más adornos que un cinturón y una capa escarlata cubrían el cuerpo que paseaba de un lado a otro de la habitación, el pálido rostro cubierto por una oscura capucha miraba hacia la puerta, escuchando la voz del señor Weasley. Con manos decididas, abrió un par de cajones del dormitorio, sacó un pequeño caldero de un armario y comenzó a crear una poción que humeaba un vapor rosado y anaranjado. Su sonrisa era fría mientras trabajaba en la poción pero, el gesto cambiaba al mirar hacia la cama y observar a Harry tumbado en ella, pálido, febril, inocente e indefenso, un niño....

Una vez acabada la poción, la metió en un frasquito de cristal rojo y, con un cuentagotas agregó unos polvos verdes brillantes que silbaban notas musicales al mezclarse con el líquido. Eran polvos de uña de dragón escandinavo, difíciles de conseguir en esos tiempos puesto que ese tipo de dragón se había extinguido hacía muchas décadas. Se acercó a la cama y, acariciando al muchacho susurró:

- ¿Otra vez en apuros, mi querido Harry? Te dije que te anduvieses con cuidado, tesoro. Por suerte, también saldrás de esta, sé que en breve vendrán a curarte con una poción... La verdad es que si no me equivoco, hará muy poco efecto pues el ataque ha sido muy fuerte y...

- ¿Quién...?

- No me interrumpas, tengo mucho que decirte y poco tiempo para ello. – Dijo la mujer en tono cortante. – Lord Voldemort te atacó esta noche, no fue un sueño común. Verás, él tenía el poder de aparecerse en los sueños de la gente y parece ser que lo ha perfeccionado porque tú no dormías cuando te atacó y nadie más lo vio. Eso me lleva a la conclusión de que está comenzando a dominar la proyección astral. James y yo siempre la hemos dominado bastante bien, creí que éramos los únicos en el mundo mágico pero, es obvio que alguien más también lo domina y está enseñando a Lord Voldemort. – Los ojos verdes de aquella joven mujer parecían conocerle desde siempre y él juraría conocer aquel olor que desprendía aquel cuerpo tan cercano al suyo cuando ella se sentó a su lado en la cama. – Has crecido tanto... Has vivido tanto en tan poco tiempo... Siento haber desaparecido de tu vida cuando no eras más que un bebé y tener que dejarte con lo que quedaba de nuestra familia. Siento que solo Petunia pudiese hacerse cargo de ti, mi niño... La primera vez que te tuve en brazos quise protegerte de todo mal y, en la primera prueba... te fallé.
Sé que no era una bruja poderosa en aquellos entonces, por mucho que Dumbledore diga lo contrario, sólo sé que de revivir todo aquello de nuevo, no te abandonaría, lucharía aún más por ti. – Comenzó a caer una lágrima por su mejilla, Harry la tomó de la mano y le besó el rostro, borrando con sus labios el surco salado que había dejado la lágrima. – Gracias, cielo.

Harry se ruborizó, quería hacerle tantas preguntas... su mirada se detuvo en la mano de su visitante que aún contenía el frasco humeante.

- ¡Ah, esto! Verás, supongo que el señor Weasley habrá hablado con Dumbledore y que Snape estará pronto aquí con una poción para sanarte pero, si no tienen estos polvos – mostró a Harry su saquito lleno de polvos de uña de dragón escandinavo – no te podrán curar ni con todas las pociones y oraciones del mundo. Y si conozco al Profesor Snape como creo conocerle, te aseguro que no los tiene y se sentirá morir si algo malo te sucede.

- Pues sí que le conoces mal... Snape no se preocuparía por mí, me odia. Seguro que preferiría verme...

- Deja de hablar así de Severus, Harry. Ante todo es tu profesor y una buena persona. Siempre ha cuidado de ti, te quiere mucho. El que tuviera aquellas peleas con James no quiere decir que le desee la muerte a alguien. Esconde un gran corazón, si supieras por todo lo que pasó de joven... Pero, no he venido a hablarte de Severus,  cielo, si no del peligro que corres si no te tomas esto. – Acercó el recipiente con la poción y Harry pudo percibir el nauseabundo olor que desprendía. – Sé que huele mal y me gustaría decir que el sabor es mejor pero, no puedo mentirte. Vas a pasar un mal rato, corazón. Una vez bebas las tres cucharadas – vio la cara de asco de Harry – sí, sí, tres cucharadas. Una vez las bebas, sentirás que te quema el cuerpo por dentro destruyendo tus entrañas, siento crearte este dolor pero, es por tu bien... Después, te subirá la fiebre aún más y estarás así por un par de días, tras esto, volverás a ser el de siempre, palabra.

- No sé si puedo confiar en...

- ¿Acaso piensas que tu situación puede empeorar? Tú mismo estás notando que te mueres, sé que no eres tonto, al contrario, eres muy listo para tu edad. Por lo tanto, sabes que el hecho de que te hayan traído al cuartel general de la Orden no es porque tengas una varicela. Por favor, bebe, no tengo mucho tiempo...

- ¿A qué vienen esas prisas? ¿Cómo fiarme si huyes del señor Weasley?

- No huyo de él, sino de Snape, es mejor que no me vea por aquí, no quiero que piense que le robo protagonismo en el tema de pociones. Sé que puedo confiar en ti, Harry, y que no le dirás nada sobre esta visita furtiva. – Él asintió dubitativo, ¿hacía bien en confiar en ella?

La mujer preparó la primera cucharada, el líquido era ahora verde oscuro, Harry lo engulló con dificultad, le quemaba la lengua y el paladar, sentía un gran ardor, como si hubiese tragado una hoguera y, allá por donde la poción pasaba, dejaba esa horrible sensación de quemazón. Y aún quedaban dos más...

Para su asombro, en la siguiente cucharada el líquido era gris claro y resultó aún peor que la primera toma. Ahora, aparte de abrasarle, le dejaba un sabor horrible entre cera de oído y vómito, creyó que no podría soportar la tercera y última cucharada pero, sacó fuerzas de su interior. El líquido era de un color turquesa al tocar la cuchara y, para alegría suya, dejaba un sabor agradable y mentolado que le refrescaba toda la boca.

- Gracias...

- No me las des todavía. Llegarás a odiarme mañana a la mañana cuando despiertes con tanta fiebre que no puedas ni hablar. Lo hago por tu bien, ya te lo he dicho. De haber otro medio menos doloroso, lo utilizaría, créeme. Ahora deberías descansar. Debería dar gracias a que James tenía siempre un saquito con polvos de uñas de dragón escandinavo y...

- Cuándo hablas de James.. ¿Te refieres a mi padre?

- Sí, cielo, tu padre.

- Entonces tú...

- ¡Shhh! Alguien se acerca, debo irme, hablaremos más adelante, te lo prometo y recuerda que siempre estoy a tu lado a pesar de todo...

- No puedes desaparecer de nuevo así sin más, al menos, dime tu nombre, ¿quién eres? Eres mi...

Un beso le hizo callar y, al tiempo que una nube envolvía el cuerpo de la mujer haciéndola desaparecer, se escuchó un dulce y susurrado “Shhh,” y a Harry le llegó la última frase antes de que ella desapareciese por completo:

- James me llamaba Lily o Lilian... Descansa, recuerda que pasarás unos días en los que me odiarás debido al dolor y la fiebre.

La puerta se abrió en el momento en el que Harry se incorporaba en la cama con el brazo extendido, tratando de retener a la mujer y gritando:

- ¡¡¡MAMÁAAAAA!!!

El señor Weasley miraba hacia donde Harry señalaba sin comprender nada. Se acercó para tratar de calmar al chico y comprobó que la fiebre le había subido considerable y alarmantemente. No consiguió comprender lo que Harry trataba de explicarle, le llegaban fragmentos, la fiebre le había jugado una mala pasada y en sus delirios había creído ver a su madre... Por más que el pobre hombre trató de convencer al muchacho de que todo aquello era producto de su febril estado de salud, Harry juraba y perjuraba que su madre había estado presente y le había dado una poción a base de algo extraño que sacó de un saquito.

A mitad de su relato, aparecieron Dumbledore y el profesor Snape seguidos por Ojoloco Moody que examinó al muchacho durante más de tres cuartos de hora. El diagnóstico no resultó muy alentador, más bien confuso y poco preciso. Afirmó haber visto varias enfermedades mágicas con esos síntomas pero nunca daban fiebre tan rápidamente. Harry trató de explicar lo que había pasado, la visita de la mujer, la poción que había preparado y que él había tomado y las explicaciones que ella le dio. Dumbledore calificó aquello de meras imaginaciones de Harry y Ojoloco Moody quiso que Remus Lupin diese su opinión.

Remus Lupin había sido profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería cuando Harry iba a tercero pero, dejó de ejercer al descubrirse que era un hombre lobo. Era un miembro de la Orden del Fénix y apareció en menos de cinco minutos con un maletín en el que transportaba objetos que detectaban el mal o alertaban de enemigos.

Probó con un artilugio nuevo que acababa de adquirir pero en el que depositaba mucha confianza, era un Oscuriscopiómetro, una especie de fonendoscopio que susurraba al oído de quien se los pusiese si el cuerpo examinado estaba infectado por el mal o había sido atacado por fuerzas y artes oscuras. Lupin se colocó el aparato en los oídos y colocó el otro extremo en el pecho de Harry que no paraba de repetir “Ha sido él, él me lo hizo...”

Lupin parecía mantener una conversación con su oscuriscopiómetro, los allí presentes le veían mover los labios sin que una sola palabra saliese de ellos. Finalmente, tras una larga pausa en la que permaneció sentado, con los ojos cerrados y con una mano puesta en la frente para que supiesen que estaba meditando y que no deseaba ser molestado, se levantó y anunció:

- Ha sido un ataque, no cabe duda. No quiero pensar que sea de quien-vosotros-sabéis pero, sólo él era capaz de hacer que un maleficio de estas magnitudes surgiese. Harry, hijo, ¿cómo supiste que era él el que te atacó?

- No estoy seguro... estábamos en la Madriguera Hermione, Ron, Fred, George, Ginny y yo. Los gemelos estaban haciendo alarde de sus sortilegios Weasley – una sonrisa apareció en el rostro del enorgullecido padre – y en un momento dado, yo cerré los ojos, o al menos eso creo recordar y me quedé dormido. – Relató todo lo que recordaba y concluyó brevemente. – Sé que solo Lord Voldemort – todos, excepto Albus Dumbledore y Severus Snape se estremecieron al oír aquel nombre maldito – tenía antiguamente este poder, me lo dijo mi madre.

- ¿Tu madre? Ya te he explicado que no...

Dumbledore interrumpió al señor Weasley colocando su dedo índice ante los labios, pidiendo silencio y diciendo que Harry debía reposar mientras el profesor Snape encontraba una poción que pudiese ser útil. Todos salieron, cerrando la puerta ante ellos y el señor Weasley se quedó sentado en una silla en el pasillo haciendo guardia por si el chiquillo necesitaba algo.

Media hora después, la mujer volvió a aparecer. Harry dormía y ella se sentó a su lado, acariciándole los revueltos cabellos y el contorno de la cicatriz de la frente.

- A ti también te dejó huella aquella noche, cariño... – las lágrimas resbalaban por sus mejillas sin poder evitarlo. Una de ellas surcó su rostro, llegó a la barbilla y desde allí se deslizó hasta los ojos de Harry, que despertó al sentir aquel húmedo contacto.

Él sentía que su garganta no respondería a las órdenes que su mente daba para poder hablarla, por lo que decidió cogerle la mano y besarle los dedos. Ella se dejó mientras le hablaba en susurros y, finalmente, Harry consiguió decir:

- ¿Eres mi madre, verdad? Lo sé, he visto fotos tuyas... Eres ella pero, yo creí que mi madre estaba muerta, ¿cómo...?

- Y así es, corazón pero yo... – la puerta se abrió de golpe y la mujer miró sorprendida al aún más atónito señor Weasley. - ¡Mierda! Tenías que verme precisamente tú... Arthur, por favor, no lo comentes, ni a Albus, y mucho menos a Severus, por favor...

- Pero, Lily... no puede ser, siempre creímos que tú... – se oían pisadas de gente que subía las escaleras.

- Tengo que irme, ya me habéis visto demasiadas personas, es peligroso que esto se sepa... – y sin decir más, desapareció tras una nube violácea.

Cuando Dumbledore llegó con el profesor Snape, Lupin y Moody, el señor Weasley no era capaz de explicar lo que había sucedido en aquella habitación. Solo Dumbledore consiguió calmarle diciéndole que “estaba alterando al muchacho”

- ¡Os digo que era Lily! ¡Hasta llevaba su collar en forma de estrella!

- No digas tonterías, Arthur. – Era la primera vez que el profesor Snape llamaba al señor Weasley por su nombre con tanta naturalidad. – Todos los aquí presentes, excepto Potter, que era muy pequeño para recordarlo, hemos visto los cuerpos sin vida de James y Lily.

- ¿Te gusta recordar aquel momento en el que murió tu enemigo?

- ¡No tienes ni idea de lo que dices, Remus! Retira esas duras palabras o... – su varita ya estaba en alto cuando la voz de Dumbledore resonó por toda la habitación.

- Dejadlo ya, muchachos. ¿Aún dura esa vieja batalla entre vosotros? – se acercó a la cama de Harry y recogió un saquito del suelo. – Toma, Harry, se te cayó esto de la cama.

El profesor Snape se puso aún más blanco al reconocer aquel saquito púrpura con cuerdas de cuero rojo.

- A... Albus... Déjame ver ese saquito un momento, por favor... –consiguió articular finalmente.

Sin comprender nada, Dumbledore le entregó la bolsita y fue el único que se percató de que unas lágrimas asomaban a aquellos ojos oscuros e impenetrables que el profesor Snape escondió tras la cortina de su grasiento cabello. Snape tocaba la bolsa como si se tratase de una reliquia, miró el otro lado y vio lo que sabía que encontraría: bordado en letras verdes esmeralda y rojo escarlata una L y una E entrelazadas dentro de una estrella de cinco puntas rodeada por un círculo.

- Todos sabemos quién se pasaba el curso dibujando este símbolo en clase, en cualquier papel, en cualquier pared...– El señor Weasley se acercó para verlo mejor, Snape no soltaba aquella bolsita, no paraba de acariciar aquellas iniciales bordadas.

- James... ¡Os lo dije, es Lily! De algún modo ella sobrevivió aquella noche. No hay otra posibilidad.

- Seguro que la hay, todo esto es absurdo. – Dijo Lupin buscando en los ojos de Dumbledore una explicación.

- Ella no quería que supieseis que había estado aquí, y ¡¡¡mucho menos tú!!!- acusó el señor Weasley a Snape.- Le dijo a Harry que era peligroso. ¿Qué ocultas, Severus?

Todas las miradas pasaron de las iniciales a Snape, excepto la de este último que seguía recorriendo el saquito milímetro a milímetro. Estaba claro que solo Dumbledore seguía teniendo fe ciega en el profesor de pociones pues fue el único que trató de calmar aquella tirante situación.

Harry pidió la bolsita y, antes de entregarla, Snape la abrió y encontró los polvos de uña de dragón escandinavo y sonrió. Se acercó a Harry y, apretando dentro de un puño aquel valioso tesoro, lo dejó caer relajando los dedos.

- Cuida bien de eso que tienes ahí, Potter, es más valioso de lo que tú te imaginas.

Harry sonrió y le miró a los ojos. Por primera vez aquel profesor suyo tan odiado le pareció humano. Alargó la mano para alcanzar su brazo pero él eludió el contacto con un ligero movimiento de hombro. Volvió a intentarlo con más sutileza y, al ver que le resultaba imposible, lo llamó por señas. Aunque Snape fingía no comprenderle, tras tanta insistencia, no tuvo más remedio que acercarse un poco más al muchacho. Él le tomó la mano y el gesto facial del profesor se endureció de nuevo. Sin inmutarse, Harry colocó el saquito en las manos del esquivo profesor y éste lo miró sin comprender.

- Mi madre hizo una pócima con estos polvos y dijo que estaré bien en unos días. Ella querría que lo tuviese usted, profesor Snape..Me dijo que confía en usted y que siempre se preocupa por mí. No me dio la bolsa, se le debió caer pero sé que cuando la vuelva a ver, no le importará que se la halla regalado. Ella le tiene mucho aprecio, señor.

- ¿Qué nueva forma de peloteo es esta, Potter? Deberías estudiar y aplicarse más en vez de pensar que por tu popularidad y cuatro trucos de “soy un niño bueno” van a regalarte las cosas. – Aún así, guardó el regalo bajo su capa y se marchó de la habitación lo más rápido que pudo para que nadie pudiese ver lo que su rostro reflejaba en aquellos momentos hacia su maldito alumno, desde la puerta dijo: - No necesita de mis pociones, si ha recibido la poción resolvente de estos polvos, le tendremos pronto incordiando por Hogwarts.

Tras aquel esfuerzo por hablar con su profesor, Harry cayó en un profundo sueño que los adultos no quisieron perturbar. Salieron de la habitación y Ojoloco Moody se quedó haciendo guardia.

El señor Weasley regresó a La Madriguera donde encontró una pequeña batalla entre los niños y su esposa. Al verle aparecer, cesó el griterío y todos corrieron en busca de noticias. La señora Weasley rompió a llorar de alegría al saber que Harry no corría peligro, Ginny se abrazó a Hermione dando saltos de alegría y gritando “¡Está vivo!”, los gemelos lanzaron cohetes que tenían en los bolsillos... Solo Ron seguía quieto, sin moverse del sofá y esto extrañó a toda la familia y más aún a su amiga.

- ¿Qué te pasa, Ron? – Silencio... - ¿Ron? – Él miró a su amiga a los ojos y ésta vio que estaban rojos por la irritación de evitar las lágrimas. – No eres menos hombre por llorar, Ron. – Y estas palabras fueron la llave que abrieron los sentimientos de Ron que se abrazó a la cintura de Hermione, ocultando su rostro en su jersey.

- Casi lo perdemos, Hermione... Mi mejor amigo, que siempre me ha protegido de todo y hoy, fue él quien corría peligro y no pude ayudarle... Soy un mal amigo...

Lo próximo que Ron sintió fue que Hermione se apartada despacio de él y le miraba furibunda. La miró extrañado y recibió una bofetada que le hizo cerrar los ojos.

- Una estupidez más, Ron Weasley y dejaré de ser tu amiga.

- No estaría mal. – Hermione se sintió dolida y muy ofendida. - ¡Sí! Así no tendría que estar todo el día pasando apuntes a limpio, entregándote ejercicios de apoyo... ¡Jaja! ¡¡¡Es una broma, Hermione!!! Si te quiero muchísimo. – Y le besó la mejilla.

Hermione, que podría haber esperado cualquier cosa de él excepto un beso, se ruborizó hasta las orejas.

Mientras, en Hogwarts, el profesor Snape llegaba a su despacho en las mazmorras del colegio, junto al aula de pociones. Dejó sobre la mesa su cartera repleta de hierbas y otros utensilios que había llevado al cuartel general de la Orden para crear la poción que salvase a Harry. Se sentó en su silla y abrió uno de los cajones de la mesa de donde sacó una pluma y un tintero y comenzó a escribir la pócima que supuso se había utilizado para el muchacho aquella noche.

- Polvo de uñas de dragón escandinavo... Ni a mí mismo se me hubiese ocurrido que la solución estaba ahí. Pero, si ese dragón se extinguió hace años... No sabía que James guardase aquellos polvos aún. A fin de cuentas, al que le interesaban las Artes Oscuras y las Pociones era a mí y no a él... ¿Y quién le ha dado la poción? Está claro que ese estúpido amante de los muggles ha soñado con Lily, debió dar una cabezadita mientras hacía guardia y como tenía recientes los delirios de Potter... De todos modos, ¿de dónde sacó Potter el saquito? Cuando se lo entregaron a los Dursley, sé que Dumbledore no le dejó nada de sus padres. Lo único que ha recibido de ellos, a parte del dinero en Gringotts, ha sido la capa invisible y el mapa del merodeador... Pero ese saquito...

Revolvió en sus bolsillos y encontró lo que buscaba. Miró de nuevo aquel bordado como si fuese la primera vez que lo veía. Harry se lo había regalado. A pesar del odio que se profesaban, le había entregado aquello. No debía saber cuán valioso era aquello de lo contrario, jamás se hubiese desprendido de ello. Y él lo había aceptado fingiendo no estar agradecido por ello. ¿Qué era lo que le había emocionado más del regalo? ¿Los polvos, el saquito, o el simple detalle de su alumno?

Al ir a guardar en el cajón aquel presente, cogió un libro antiquísimo y de él cayó al suelo una fotografía. Al darle la vuelta, se vio a sí mismo, con dieciséis años menos, con un bebé en los brazos y sonriendo a una mujer de cabellos rojizos que le besaba la frente y mirando de reojo a un hombre de pelo alborotado que trataba de darle un pellizco en una pierna mientras divertido, le guiñaba un ojo. Al ver aquella imagen, un amago de sonrisa llena de tristeza afloró a los labios del profesor Snape, que acarició la foto con ternura. Hacía quince años que no miraba aquella foto, la escondió cuando Lord Voldemort acabó con la vida de Lily y James, verla le hacía sufrir, lo mismo que ver a Harry. El condenado se parecía tanto a su padre que le recordaba a cada instante su ausencia, por eso le odiaba tanto. No quería cogerle cariño, cariño le tuvo a sus padres, a pesar de que nunca nadie lo supo, y acabaron abandonándolo. No quería perder a más seres queridos, por ello, dejó de amar a los demás y era tan frío con todo el mundo. Aunque la chiquilla que había conocido en el Callejón Diagon... Apartó aquel pensamiento de su mente y volvió su atención al saquito y recordó el momento en el que Harry le hizo entrega de él.

-Se parece a James pero, tiene la sensibilidad de su madre... Lily... Lily... te echo de menos... y a James también...

La oscuridad y el gélido aire de aquellas mazmorras fueron los únicos testigos del dolor de Snape aquella noche. Las lágrimas no lo abandonaron en su vigilia y, a la mañana siguiente, no supo qué hora era hasta que Dumbledore llamó a su puerta.

Con los ojos rojos por el llanto, el pelo enmarañado, ojeras y la ropa arrugada, abrió la puerta al director del colegio. No quiso parecer ansioso ante las novedades de la salud de Harry por lo que no preguntó nada y esperó a que él le contase lo que sabía.

- ¡Por Dios santo, Severus! ¿Has pasado la noche aquí, en tu despacho? – él asintió con la cabeza. – Ya veo... Te preocupa el muchacho, ¿verdad? – Snape endureció sus facciones al escuchar aquello. – ¡A mí no me engañas! Sé todo sobre Lily y tú. Sé el porqué de tu rivalidad con James pero, también sé que esa rivalidad escondía un sentimiento más profundo, y tú también lo sabes. ¡Fuste tú el que me lo contó todo cuando ocurrió aquella desgracia que se llevó a los padres de Harry!

- No quiero hablar de eso, Albus. Si me disculpas, voy a cambiarme de ropa y a salir a comprar unas cuantas cosas que necesito para este curso. – Y le miró a los ojos esperando recibir la información que buscaba.

- No pienso decirte nada, si no me lo preguntas. Deja de fingir de una vez o, al menos, deja de fingir conmigo. Te tengo en gran estima desde que me contaste todo aquello, la gente no sabe por qué confío tanto en ti, tú y yo sí. Si quieres saber cómo está el niño, tendrás que preguntármelo o ir tú mismo a comprobar su estado. – Snape no hizo nada por preguntar por él y Dumbledore, prefirió cambiar de tema. – respecto a aquella joven que te pedí que entrevistaras... La señorita Le Fay...

- Morgana... – susurró Snape.

- ¿Cómo has dicho? No estoy seguro de si dijiste algo o era esa lechuza tuya ululando...

- No dije nada, Albus.

- Bien, ¿hablaste con ella? ¿Qué te pareció?

- “Perfecta” – pensó, pero solo dijo – Parece apta para el reto que te propones pero, no sé por qué me encomendaste a mí esa tarea, lo normal hubiese sido que Minerva, como subdirectora que es...

- Severus, si algo me gusta de ti es que haces siempre honor a tu nombre. Eres severo y duro, exigente, buscas la perfección y eso lo admiro. Por eso supuse que nadie mejor que tú para aquello. Si crees que ella vale, lo intentaremos. Y ahora, discúlpame, tengo que escribir a la señorita Le Fay para informarle de nuestra decisión, creo que se pondrá muy contenta... - Se despidió de Snape con una sonrisa y un toque en el hombro.

En cuanto la puerta se cerró tras de él y Snape se quedó solo de nuevo, el profesor de Pociones cerró los ojos recordando aquel día en el Callejón Diagon. Sí, era perfecta para lo que se proponían... Pero, algo aún le daba vueltas en la cabeza. Corrió hacia la puerta, la abrió de golpe y se asomó al pasillo rápidamente.

- ¡Albus! – gritó. El director se volvió al oír su nombre. - ¿Cómo... cómo está Ha... Potter? – Dumbledore rió y fue a su lado de nuevo.

- Sí que has tardado. A veces eres un cabezón. Está bien, tiene mucha fiebre pero, al menos ya no delira.

- ¡Gracias a Dios! – susurró.

- O a la Diosa.

- ¿Cómo dices? – se sorprendió Snape.

- A que Harry tenía fiebre y pudo ver en su delirio lo que deseaba desde hace años pero, Arthur no estaba febril y sigue admitiendo que vio a Lily... Si no es posible que fuese ella, quizá fue una Diosa que se presentó bajo su forma.

- Albus, por favor. – dijo él escéptico.

- ¡Yo ya no sé en qué creer! Porque no es posible que ella...

- No, y no quiero volver a hablar de este tema, por favor.


Así acabó aquella conversación, Dumbledore fue a su despacho a escribir a la señorita Le Fay y el profesor Snape volvió a sentarse en su silla, con la fotografía en las manos, recordando el pasado.

4 comentarios :

  1. Mmmm se va poniendo mas interesante. Asi que en tu relato Lily esta viva , menuda sopresa para Harry!!! hubiese estado bien que asi fuera en el libro original. Y eso de la proyección astral esta muy bien agregado. ;)

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    1. Gracias ^_^

      Poco a poco irán lloviendo más sorpresas...

      Besos de tinta

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  2. Algo me hace sospechar que Lily y James no están precisamente vivos pero me gusta eso de que puedan ayudar a su hijo cuando los necesita. También me gusta que muestres un lado más humano del profesor Snape.

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    Respuestas
    1. Frío, frío respecto a Lily y James XDD

      Y esta fue mi manera de mostrar al mundo cómo yo veía a Snape siempre, desde el primer libro...

      Besos de tinta

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