Inkwand: Capítulo 4. De belladona y ratas

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viernes, 7 de agosto de 2015

Capítulo 4. De belladona y ratas

¡Hola, tinteros!
 
Hace tiempo que no publico capítulos del fic que escribí hace doce años así que, hoy os dejo con el cuarto. Os recuerdo que está sin corregir y que quiero reescribirlo pues mi estilo ha cambiado bastante en todo este tiempo. Sin más os dejo con el capítulo cuarto y con el listado de los anteriores.

Poco a poco, Harry fue recuperándose y llevado a La Madriguera, donde tanto el señor como la señora Weasley pedían a sus hijos y a Hermione que le dejasen tranquilo porque necesitaba descansar. En menos de una semana, se levantó para comer con sus amigos a la mesa. Estaba callado, pálido, famélico y su tierna y habitual sonrisa había desaparecido. Todos trataban de animarle, él solo forzaba una sonrisa y se encogía de hombros.
 
Llegó el día en el que Hermione decidió atacar a la apatía que se apoderaba de su amigo y recurrió a un método que creyó infalible. Mantuvo primero una larga conversación con Dumbledore por si él consideraba que no era recomendable para la salud de Harry y le alegró la respuesta que recibió.
 
- Eso es precisamente lo que Harry necesita, distraerse. Da igual cuál sea el modo, la felicito señorita Granger. Siempre supe que, con usted cerca, Harry estaría siempre en buenas manos y a buen cuidado. Es usted muy adulta y está llena de madurez para su corta edad...
 
Y llena de felicidad y orgullo, pues había recibido un halago de Dumbledore, se dirigió aquella mañana a sus amigos en el tono más animado a la hora del desayuno. Ron le quitaba a Ginny unas gachas de avena, Fred y George hacía una hora que habían partido al Callejón Diagon a abrir su tienda, el señor Weasley estaba en el Ministerio y la señora Weasley preparaba té para Hermione y tostadas con mantequilla de cacahuete para Ginny.
 
- Chicos... – Harry y Ron la miraron. – He pensado que como Harry ya se encuentra mejor y queda poco para que empiece el curso... Bueno... sé que no os va a hacer mucha gracia pero...
 
- ¿Quieres soltarlo ya de una vez, Hermione? Con tanta intriga, harás que se indigeste el desayuno.
 
- Bueno... creo que con los acontecimientos de estos días – miró a Harry de reojo – se os ha olvidado que tenéis que entregar un trabajo al profesor Snape y otro a la profesora McGonagall. No quiero ser aguafiestas pero, casi no os quedan días para recopilar información, organizarla, pasarla a limpio...
 
- ¡Qué asco! Creí que ibas a ayudarnos en eso...
 
- Y lo voy a hacer, Ron. Pero no puedo escribirlo por vosotros y lo sabes. Ya miré los libros que tengo en mi casa y sobre belladonas tengo muy poco, nada, realmente. Creo que tendremos que ir a una tienda del Callejón Diagon y comprar algún libro sobre el tema. Yo pagaré la mitad del libro y Harry y tu la otra, así podré tenerlo conmigo pero será de los tres, ¿vale?
 
- No sabía que te había dicho que tenía que hacer unos trabajos para el profesor Snape y para la profesora McGonagall Hermione, ¿lo hice? – Harry parecía confundido.
 
- Se lo dije yo, querido. – Respondió la señora Weasley. – Hermione estuvo hablando con Ron estos días sobre el trabajo y pensé que ella ya lo sabía, como te dieron las notas en su casa... pensé que las había visto... Lo siento.
 
- No pasa nada. Pues lo que menos me apetece ahora es hacer ese trabajo, pase lo de las ratas pero, lo de Snape... – un carraspeo de la señora Weasley le hizo rectificar. – Perdón, el profesor Snape. – Y la madre de Ron sonrió. – ¡Ese trabajo es un asco!
 
Finalmente irían a una nueva librería del Callejón Diagon que habían abierto recientemente y tenían una zona con libros de consulta, especializados para los alumnos del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Como era de suponer, era Hermione la única de los tres que sabía de la existencia de aquella tienda.
 
Cogieron sus apuntes de Pociones (órdenes de Hermione) y algo de dinero, aunque Harry aseguró que si se debía pagar un libro, él lo pagaría y luego se lo regalaría a Hermione. Ella siguió empeñada en pagar la mitad del libro y sus amigos la otra y, la chica, cuando decía algo, era imposible hacerla entrar en razón. Harry parecía algo más animado desde el momento en que salieron de La Madriguera. Cierto que hacer aquellos trabajos no le ilusionaba para nada pero, el hecho de estar con sus amigos en la calle, le hizo recobrar un poco de color en el rostro, iluminado ahora por una tímida sonrisa.
 
Harry quiso tomar un helado en la terraza de la Heladería Florean Fortescue primero antes de empezar a leer sobre belladonas y otras plantas relacionadas. Todos los estudiantes de Hogwarts eran clientes habituales de aquella heladería. El dueño era un hombre bonachón que siempre ayudaba en los deberes a los muchachos y Harry lo sabía. Hermione se imaginó sus intenciones pues le hizo un gesto de negación con una mirada llena de reproche y desaprobación que él supo interpretar rápidamente,
 
- No voy a pedirle que nos haga el trabajo, puedes estar tranquila, Hermione. Sólo creo que cuando tengamos los libros y todo el material necesario, podríamos volver aquí. Ya que el trabajo es una amargura, endulcémoslos con estos deliciosos helados, ¿no crees?
 
- ¿Trabajo? ¿Libros? Harry, no tendrás algún ejercicio de Hogwarts, ¿verdad?
 
- ¡Oh, señor Fortescue! Bueno... este año pasamos a sexto y mis amigos y yo queremos estudiar para auror pero, a Ron y a mí nos exigen entregar un trabajo si queremos ser admitidos en los ÉXTASIS de Pociones y Transformaciones – Hermione puso los ojos en blanco, ¡lo había hecho!.
 
- Vaya... y seguro que esa vieja arpía de Snape os ha mandado un trabajo sobre la belladona y sus posibles usos en pociones, ¿me equivoco?
 
- No es una vieja arpía. – Exclamó una voz desde una mesa cercana, impidiendo que Harry respondiese afirmativamente a la pregunta.
 
Todos miraron a la mesa de donde procedía la voz y vieron a una joven vestida con una falda de seda roja con capas de transparente gasa negra y una camiseta de mangas acampanadas en rojo y negro. Ya conocían a aquella chica, aunque, no sabían nada de ella realmente. Ella se levantó dejando un par de sickles de plata y se marchó enojada con el dueño de la heladería por su mal comportamiento y aquel erróneo comentario.
 
- ¡Niña, que no te he dado el cambio!
 
Ella no se volvió, quizá ya estaba demasiado lejos para escucharle o, simplemente, lo había ignorado por completo. Todos, a excepción de Harry, comentaron el agrio carácter de la muchacha. Comer los helados les costó casi una hora, el señor Fortescue no paraba de decirles que los ayudaría en todo lo posible aunque, respecto a belladonas, había muy poca información mágica.
 
- ¿Cómo supo usted que el trabajo era sobre eso? ¿Usted también tuvo que entregar algo parecido en sus épocas de estudiantes, señor Fortescue?
 
- No, nada de eso. Pero sé por muchos alumnos que han pasado por aquí, que todos aquellos que desean ser auror nunca consiguen la nota adecuada para el ÉXTASIS de Pociones desde que Snape está en el cargo de profesor de esa asignatura y siempre manda el mismo trabajo porque sabe que es casi imposible realizarlo. Aún no lo ha conseguido nadie, muchachos, os deseo mucha suerte.
 
- Así que, nos ha mandado un imposible. Pues vamos listos... Pero, a ti te puso buena nota, Hermione...
 
- ¿Granger? ¡Oh, sí! He oído mucho hablar de esta señorita. Así que eres tu, ¿eh? Veréis, no puede hacer nada contra las leyes de la educación. La señorita Granger, aquí presente, - hizo una divertida reverencia que ruborizó a Hermione – es estudiosa y aprueba con muy buena nota los exámenes, el profesor Snape no puede suspenderla o bajarle la puntuación sin motivos. Quizá por ello es que la tiene tanta manía... Como ya dije antes es... – miró a ambos lados y agachándose hasta quedar en medio de las cabezas reunidas de los tres amigos susurró: - Una vieja arpía. – Todos rieron menos Harry.
 
- Pues mi madre le tiene mucho cariño... – susurró. El señor Fortescue lo miró asombrado.
 
- Sí... bueno... yo conocí a tu madre y es verdad que siempre le defendió cuando alguien se metía con él. Le quería mucho, aunque aún nadie se explica el porqué porque él siempre la despreciaba cuando le apoyaba y la llamaba... ya sabéis...
 
- Sangre sucia. – Completó Hermione con dolor.
 
- Sí... no quería... Hermione, de verdad yo no...
 
- Lo comprendo, no se preocupe, señor Fortescue. Bueno, chicos, aquí de charla no acabaréis vuestros trabajos, vayamos a por esos libros que de seguro nos ayudarán a dejar a Snape con un palmo de narices. Pasaréis a la historia como los chicos que consiguieron superar la maldición del trabajo de la belladona. –Y por primera vez en mucho tiempo, Harry rió con ganas.
 
La nueva tienda resultó estar llena de estudiantes de Hogwarts de cursos superiores que buscaban algún libro específico que les ayudase en sus trabajos escolares o, simplemente, como decía Hermione, porque deseaban ampliar conocimientos. Había miles de estanterías en las tres plantas que abarcaba el local, cada planta se subdividía en pasillos y estos, en calles y departamentos por lo que, encontrar un libro específico resultaba bastante sencillo. Lo único que debían hacer era hablar con la dependienta y decirle qué libro buscaban. Ella sacaba una pluma de faisán y escribía los datos en un pergamino de oro. Al instante, el pergamino se convertía en una ninfa voladora que les indicaría el camino que llevaba al libro en caso de tenerlo allí. Si el libro estaba agotado, la ninfa aparecía con un rostro triste y cabizbajo pues no podía ayudar a los clientes y se sentía sumamente desdichada. Este fue el caso de Hermione, Ron y Harry.
 
Buscaron posibles títulos de libros e, incluso, le dieron libertad a la Señora Maryweather para inventar títulos. Le preguntaron a la ninfa si conocía algún libro que tratase sobre belladonas y ella rompió a llorar de un modo tan escandaloso que todos los presentes se volvieron hacia ella para saber qué sucedía.
 
- ¡Qué desgracia! No, no hay nada parecido. Lo más similar que teníamos se lo llevó hace unos días...un cliente muy habitual, creo que era un regalo para su niña porque se puso muy contenta cuando él lo compró...
 
- Marianette, no debes revelar esos datos y lo sabes. Vuelve al papiro de oro.
 
- Solo quería ayudar... – y lloró de nuevo.
 
- No la riña, señora Maryweather, por favor. – Rogó Hermione apiadándose de la ninfa que, en cierto modo, su sumisión le recordaba a la de los elfos domésticos. – No pasa nada, Marianette, probablemente volveréis a tener ese libro, ¿no? – Nuevos llantos se apoderaron de la desdichada ninfa.
 
- No... Es una publicación única, ¿sabe? Solo salió uno al mercado pero, si sale algo sobre Belladonas, yo misma iré a Hogwarts a informarles, porque... son alumnos de Hogwarts, ¿verdad? – ellos asintieron. - ¡Vaya! Pues entonces es muy fácil, pídanselo al profesor Snape y que su amiguita os lo preste! Era una muchacha encantadora... ¡huy!- había vuelto a hablar de los clientes y esta vez, el rostro benévolo de la señora Maryweather se tornó severo.
 
- ¡Al pergamino! ¡¡¡INMEDIATAMENTE!!! – la ninfa se estremeció llena de horror y obedeció entre sollozos diciendo sus típicos “yo solo quería ayudar...” La señora Maryweather se dirigió a sus clientes. – Ni caso de lo que dijo la ninfa, por favor.
 
- Pero, necesitamos saberlo, ¿a quién le regaló el libro? – inquirió Ron. – Porque esa chica tiene suerte, tiene el libro del que depende que Harry y yo podamos estudiar para auror...
 
- ¡Oh, vaya...! Quizá en ese caso, pueda hacer una excepción. La chica era muy educada y agradable, seguro que estará encantada de poder ayudaros.
 
Les dio la dirección de la chica y partieron enseguida al lugar. Tuvieron que pedir indicaciones y coger un tren que los llevaría a un pueblo bastante alejado de Londres. Algo estaba claro, si iban hasta allí, no regresarían hasta el día siguiente, debían avisar en La Madriguera y a los padres de Hermione. En la primera parada de descanso que realizó el tren, se dirigieron a correos para enviar una lechuza urgente, la carta la escribió Hermione, con su mayor tacto pero, no tuvo el resultado esperado.
 
A las dos horas, recibían una lechuza con un sobre rojo, un vociferador de parte de la señora Weasley.
 
- “¡¿Cómo se os ha ocurrido hacer semejante locura?! Ahora mismo estáis buscando un modo de llegar a casa y, como no lo hagáis inmediatamente, Arthur irá a buscaros. Estando Quien-Vosotros-Sabéis suelto por ahí y con Harry aún convaleciente... Harry, esto no va contigo, es por estos dos irresponsables. Hermione, te creí más adulta e inteligente, ¿cómo te dejaste llevar por el zopenco de mi hijo?
 
- Pero si fue idea mía, señora Weasley. – Mintió Harry a medias. – Ellos no querían venir pero yo les dije que, tras tantos días, quería una pequeña aventura.
 
El vociferador se esfumó. ¿Había oído la señora Weasley todo aquello? Ellos decidieron continuar el viaje. Una hora más tarde del incidente con el vociferador, se encontraban ante una casa de campo de estilo medieval, de piedra y tejado de madera y tejas negras. Se veía que era una mansión abandonada, no era posible que la dirección fuese la correcta. Aún así, decidieron acercarse a la enorme puerta de roble y tirar de la cadena que hacía sonar la campana. Al instante, la puerta fue abierta por una anciana de rostro pálido y enfermizo pero de agradable mirada y tierna sonrisa.
 
- Estamos buscando a... – no sabían el nombre y Harry se detuvo a mitad de la frase.
 
- La señorita bajará enseguida, acomódense en la sala, los vimos llegar y supusimos que tendríamos visitas... Somos las únicas que viven aquí. ¿Té?
 
- Sí, por favor, el camino ha sido duro.
 
- Haber usado polvos flu, señorita. Tenemos chimenea, ¿sabe?
 
- Somos... menores, señora, nos está prohibido hacer magia...
 
La señora pareció extrañarse ante aquella noticia y se marchó a la cocina a preparar el agua para el té. La oían murmurar cosas como: “increíble”, “así nos va”, “antes no era así” y “pobrecillos, sin magia...”
 
- No seas tan llorona, Stella, se te oye desde arriba. – La voz procedía de las escaleras que llegaban hasta la puerta de la sala, donde Harry, Hermione y Ron se encontraban. Los tres se levantaron de un salto y vieron a la morena misteriosa y “borde”, como Hermione la llamaba, ataviada con un vestido de terciopelo azul oscuro y negro de corte medieval. – Siéntense, han viajado mucho y deben encontrase agotados del largo camino. No son de por aquí cerca, ¿verdad? Les recuerdo del Callejón Diagon. – Con estas palabras, echó una mirada fulminante a Hermione y una iracunda a Harry. A Ron, le sonrió con dulzura. – No acostumbramos a recibir visitas en esta casa... ¡Y menos a estas horas! Creo que, más que té y unas pastitas, Stella, los señores querrán cenar... – Ron afirmó efusivamente y Hermione interrumpió su entusiasmo con un codazo en las costillas. – No se preocupe, señorita... – la miró directamente a los ojos esperando una presentación por su parte.
 
- Granger. Hermione Granger. Y estos son Ron Weasley – la joven se inclinó con un gesto lleno de elegancia y una radiante sonrisa. – Y Harry Potter. – No hubo inclinaciones para él.
 
- Morgana Le Fay, señora de la casa. ¿A qué se debe esta visita sorpresa, señores?
 
- Nos informaron de que tiene en su poder un libro que nos sería muy útil para un trabajo que debemos entregar en breve. Nos preguntábamos si podría dejarnos hojearlo un poco y sacar de él la información que precisamos, señorita Le Fay. Le estaríamos muy agradecidos. – Un ligero rubor cubrió el rostro de la señorita Le Fay.
 
- No tengo ese libro aquí en estos momentos, lo siento. – Y parecía totalmente sincera. – Lo que sí puedo hacer es, tras su cena, llevarlos a la biblioteca y allí pueden mirar cuanto deseen. Encontrarán todo tipo de libros, los hay de antes de 1600 – los ojos de Hermione brillaron de entusiasmo. – Señorita Granger, parece que le gusta la lectura y el estudio. Si así lo desea, podrá llevarse los volúmenes que pueda cargar con usted y devolvérmelos del modo que más cómodo le parezca.
 
- Gracias, de verdad que sí, gracias, señorita Le Fay.
 
La cena se sirvió en el salón comedor en una enorme mesa redonda con sillas romanas forradas de cuero negro. Los recién llegados no daban crédito a lo que veían: enormes fuentes llenas a rebosar de las más variopintas salsas, carnes, sopas, verduras y demás alimentos. Decenas de botellas de cristal de Bohemia acabadas en filos de oro y plata y cubertería de plata con adornos en oro y piedras preciosas. En Hogwarts solían estar acostumbrados al lujo pero, aquello superaba la imaginación de cualquiera.
 
Comieron hasta hartarse y a la voz de “orden” por parte de la señorita Le Fay, todos los cubiertos y demás utensilios empleados desaparecieron y se colocaron ya limpios en las alacenas y sus lugares correspondientes.
 
- ¡Vaya! A mi madre le encantará ese truco para recogerlo todo, ¿cómo lo ha hecho?
 
- Quizá en otra ocasión, señor, Weasley. Ahora, síganme, vayamos a la biblioteca. ¿De qué es ese trabajo que deben entregar?
 
- Belladona y posibles usos en pociones.
 
- ¡Jaja! Ahora entiendo porqué llamaron “vieja arpía” a Severus... ¡Si encontrar algo sobre Belladonas es muy difícil, por no decir imposible! Menos mal que tengo un par de libros de 1873, si mal no recuerdo. Quizá ya se halla actualizado, podemos probar.
 
Subieron tres plantas y un último tramo de escalera de caracol en mármol blanco cubierto por una alfombra roja, como todas las demás anteriores. Los cuadros eran todos retratos de gente que, según creyeron los visitantes, eran los antepasados de Morgana. Algunos de los retratados señalaban a Harry murmurando “está aquí”, “lo ha dejado entrar”, “entonces, ¿sabe quién es?” y muchas más frases a cual más misteriosa. Morgana aseguró que no había que hacer mucho caso de lo que decían, los años sin visitas los habían trastornado. Hermione se percató de la presencia de un pequeño retrato inmóvil de Lord Voldemort pero, prefirió no hacer ningún comentario. Aquel lugar comenzaba a producirle escalofríos. Por fin se encontraron ante la puerta de entrada a la biblioteca, Morgana abrió las pesadas hojas de haya y dejó pasar a sus huéspedes primero. Si la sorpresa de Ron y Harry era enorme, la de Hermione no tenía palabras. Aquella habitación estaba dividida en plantas, el techo era una enorme cúpula de cristal, un observatorio para el estudio de la Astronomía. Aquí y allá, por todas las paredes había estanterías repletas de libros. En el centro de la sala una mesa de ébano ovalada y larga estaba cubierta de pergaminos, plumas, tinteros y demás útiles para la escritura. Hermione ya había visto un par de libros que quería leer desde hacia años pero, no encontraba escaleras que la pudiesen llevar hasta ellos.
 
- Bueno, yo les dejo, disfruten cuanto quieran, espero que encuentren lo que estaban buscando. Señorita Granger, recuerde, puede llevarse cuantos libros desee, siempre y cuando, prometa devolverlos.
 
- Gracias, pero, encuentro un problema... No hay escaleras de acceso a las plantas y estanterías superiores. ¿Cómo podríamos, por ejemplo, coger aquel ejemplar de allí? Por nombrar uno cercano...
 
- Disculpen, estoy tan acostumbrada al lugar que, a veces, olvido que no todas las bibliotecas son así. En aquel armario encontrarán escobas, úsenlas y, por favor, señor Potter, no monte ninguna escenita estilo quidditch. Si me necesitan, estaré en el laboratorio. – Viendo el entusiasmo de Hermione al escuchar estas palabras, añadió: - Si lo desean, tras su estudio puedo llevarlos allí pero, se les hará demasiado tarde. Ordenaré a Stella que les prepare unos dormitorios.
 
- No hace falta que se moleste, señorita Le Fay.
 
- No es que lo haga como anfitriona o por ilusión, pero, uso el sentido común. No puedo dejar que se marchen en plena noche. Si necesitan avisar a alguien, yo misma enviaré lechuzas a los señores Weasley y Granger. Respecto a usted, señor Potter, ¿a quién debo avisar?
 
- Con que envíe una lechuza a los Weasley será suficiente, gracias.
 
Morgana se retiró de la biblioteca y fue en busca de Stella, a la que le pidió que se encargase de preparar lo necesario para que Ron, Harry y Hermione pasasen allí la noche. También le encargó que enviase una carta a los Weasley y ella se fue al sótano, al laboratorio, donde tenía su caldero, y sus pociones. Estuvo trabajando más de tres horas, eran ya las dos de la madrugada y decidió subir a ver cómo iba la investigación de sus huéspedes. Al llegar, encontró a Harry y Ron dormitando con la cabeza apoyada en una mano, sobre la mesa. Se acercó a Harry, le retiró el cabello de la frente y pasó su dedo índice por la cicatriz.
 
- ¡No lo toque! - esta exclamación la pilló desprevenida y se sobresaltó.
 
- ¿No he sido lo suficientemente amable, señorita Granger? ¿A qué viene esta actitud?
 
- Vi el retrato de Lord Voldemort en el pasillo de camino a la biblioteca.
 
- Vaya, se atreve a decir su nombre... Es usted sorprendente. Vuelvo a repetir que no creo haberles dado motivos de sospechas a usted y sus amigos. Un retrato antiguo no es nada. Ya estaba aquí cuando vine a vivir. No he cambiado la decoración de como la encontré, a parte de limpiar y habilitar las estancias. Descubrí de quién era ese retrato años después de vivir en esta casa. La tenía por el tipo de persona que investiga antes de juzgar a la gente. – Hermione enrojeció de vergüenza.
 
- Lo... lo siento. Es que yo no quiero que a Harry... le pase nada malo. Perdóneme.
 
- Lo comprendo. Veo que sus amigos han decidido hacer un descanso, ¿quiere que vayamos al laboratorio? Me gustaría que viese un par de cosas, estoy segura que serán de su agrado. Y, si lo desea, para documentarse un poco más sobre la belladona, podemos hacer un experimento. –La sonrisa de Hermione dio la respuesta. - Sí, creo que sí le interesa, señorita Granger.
 
Dejaron una nota a los muchachos informando de dónde se encontraban y, no pasó ni media hora que aparecieron allí y también experimentaron con ellas. Con todo aquello, descubrieron que, no solo la belladona era familia de las solanáceas y que su nombre latín era Atropa belladona L. Conocieron sus componentes activos, tales como la atropina, la hiosciamina, la escopolamina y diversos alcaloides. Utilizaron para los experimentos la raíz, las hojas, los tallos y las flores, todo ello lo encontraron en el invernadero exterior de la mansión, que comunicaba con el sótano por un túnel de piedra caliza. Harry y Ron tomaban rápidos apuntes de la información que Morgana les daba y que no habían encontrado en los libros.
 
- Es una planta vivaz, de 60 a 180 centímetros, que presenta un rizoma rollizo, con una raíz cilíndrica de la que brotan varios tallos erectos y ramificados. Las hojas son anchas y duales y las flores nacen entre las hojas, de color violeta. Los frutos son bayas rojizo-negras, y muy venenosos. Florece a partir de mayo y se reproduce por semillas o esquejes del tallo. Si realmente quieren utilizarla, háganlo con prudencia.
 
- Vale, ya tenemos la información técnica o como se la quiera llamar. ¿Nos podría decir algunos usos?
 
- De acuerdo. Por ejemplo, para a dilatación ocular se puede utilizar machacando 10 gramos de raíz de belladona y vertiéndolo en medio litro de agua hirviendo. Se deja reposar en el caldero unos quince minutos y se aplica la poción mediante paños no muy calientes. No creo que les convenga poner demasiada información, Severus no es tonto.
 
- ¡Ja! Permítame que lo dude. – Una mirada iracunda de Morgana hizo rectificar a Ron. – Perdón, es la costumbre.
 
- Una costumbre muy fea, por cierto. Severus es un buen hombre y un gran profesor, me atrevería a decir.
 
- ¿Ha sido alumna suya?
 
- No, y me hubiese encantado, señor Potter. Pero he seguido sus investigaciones y leo sus obras, las pocas que publica, dos hasta la fecha. ¿No creen que deberían ir a descansar, señores? Mañana les espera un largo día de camino, aunque... Puedo pedir a Stella que les acompañe mediante la red de chimeneas, con los polvos flu y así podrían quedarse a comer tranquilamente, pueden dormir hasta que lo deseen, no serán interrumpidos. Espero que mi biblioteca y mi laboratorio les halla ayudado en sus investigaciones.
 
- ¿Tiene usted ratas, señorita Le Fay? – ella quedó atónita ante tal pregunta. - Verá, también deben entregar un trabajo en el que describan los pasos y los cambios que se dan en la transformación de una rata a una lata de tomate frito. Quizá si hicieran el experimento con usted...
 
- ¿Conmigo, señorita Granger?
 
- Somos menores, no podemos usar la magia, debería ser usted la que haga la transformación y ellos que observen y tomen apuntes. Si no le supone mucha molestia...
 
- De acuerdo, lo haré, pero ahora, todos a dormir o conocerán la faceta cruel y malvada de esta señorita. – Y rió con tantas ganas que contagió al resto.
 
Todos obedecieron, no fuese que resultase cierto el que era tan fácil despertar la cólera de la misteriosa joven. Encontraron sus habitaciones arregladas con un gusto exquisito, las camas eran casi como las de Hogwarts, con aquellas elegantes cortinas de terciopelo verdes atadas a los postes de madera con cordones grueso de hilo de plata. Las sábanas eran de seda blanca y el edredón era gordo que prometía proteger del frío que se apoderaba de aquella mansión aquella noche. Hermione no pudo evitar dirigir una inquisitiva mirada a la enorme “S” bordada en plata en cada almohadón verde. Sus amigos no parecían preocuparse por aquel detalle, estaban demasiado extasiados saltando sobre aquellas mullidas camas, lanzándose cojines como dos niños de siete años. Ella reparó que en la mesilla junto a la cama que le habían designado había un cajón a medio abrir. Fue hacia él y, al abrirlo, encontró un libro con cubiertas de cuero negro, grabado en letras doradas el título de “Hechizos para Brujos. Nivel Superior”. Lo abrió llena de ansiedad y curiosidad y, al leer la primera página encontró unas líneas escritas en una diminuta y pulcra letra que decían: “Estimada señorita Granger, es mi deseo que este libro permanezca con usted todo el tiempo que desee. Si no lo acepta como regalo, no me ofenderé, sólo le ruego que lo acepte hasta que aprenda de él y después me lo remita o venga usted misma a entregármelo en otra visita. Con afecto: Morgana Le Fay”.
 
- Ahora vengo, tengo que ir al servicio. – Mintió a Harry y Ron. – Con lo grande que es esto, seguro que me pierdo... Si tardo mucho, no os preocupéis, estaré buscando la habitación...
 
- Vamos, Hermione, . rió divertido Harry – no te has perdido jamás en Hogwarts con esas malditas escaleras que lo cambian todo de sitio y, ¿vas a perderte aquí?
 
Se fue sin responder. Era cierto que le intimidaba aquel lugar desde que viera el retrato de Lord Voldemort y se percatara de que la habitación que les habían preparado llevaba toda la simbología de los Slytherin pero, no quería que se le notase. Necesitaba hablar con la señorita Le Fay y que le aclarase un par de cosas... No recordaba que ella le hubiese dicho dónde se encontraba su dormitorio pero, haciendo uso de razón, supuso que sería en el ala este de la mansión, probablemente en la última planta, cerca del observatorio. Aquella corazonada resultó ser acertada. Cuando se encontró ante la puerta, la miró indecisa sin atreverse a llamar y quiso dar media vuelta. Cuando giró sobre sus talones, sus dudas e incertidumbres le hicieron armarse de valor y llamar con los nudillos. La respuesta desde el otro lado de la puerta no se hizo esperar, como si la esperasen desde hacía tiempo.
 
- Pase. – Al verla entrar la miró sonriendo. – Sabía que era usted. Disculpe, pensé que tardaría menos en venir y me disponía a acostarme ya. ¿Quiere sentarse en la cama a mi lado? También puedo pedir a Stella que le traiga una silla...
 
- No... no la moleste – susurró tímidamente Hermione. – Sólo quería...
 
- Agradecerme lo del libro y preguntar sobre mi relación con Lord Voldemort y Slytherin, ¿cierto? – Hermione asintió con la cabeza. - Lo supuse... Como ya le dije, cuando vine a esta casa, la mitad de las cosas ya estaban aquí, para mí no son más que mera decoración. Descubrí las palabras Lord Voldemort y Slytherin mucho más tarde... Créame.
 
- Si la creo, de veras que sí pero... No quisiera ofenderla después de su hospitalidad hacia nosotros y la ayuda prestada a los chicos en el trabajo de Pociones, y el libro para mí... por cierto, gracias, lo leeré y se lo devolveré...
 
- ¿Pero...? Porque está claro que hay un pero.
 
- Hay cosas que no me cuadran. Usted asegura no tener relación con todas estas cosas, el retrato, “la habitación Slytherin” – la señorita Le Fay repitió aquella alusión al dormitorio en susurros divertidos. - ¡Y su enorme parecido con Snape! Es usted su copia en femenino y los vi en el Caldero Chorreante, él le cogía la mano e incluso la agarró de la cintura al salir.
 
- Señorita Granger, ante todo, cuando llama Snape a Severus me parece una falta de respeto por su parte...
 
- ¡Y tú le llamas Severus!
 
- ¿Tanta confianza nos tenemos ya que nos permitimos tutearnos, Hermione?
 
- Disculpe. – Se avergonzó por su arranque de ira que le había hecho perder los modales y la compostura.
 
- No, no... si lo prefiero. Somos muy jóvenes para ese trato tan respetuoso. Si no te molesta, prefiero llamarte Hermione. – Ella no puso objeción alguna. – Bien, creo Hermione, que todo esto es demasiado extenso de explicar, no te voy a negar que sí que hay cierta relación entre Lord Voldemort, Severus y yo pero, ni se acerca a tus intuiciones o sospechas, créeme.
 
- Pero, tú odias a Harry. Vi las miradas y desprecios que le haces.
 
- Tengo mis motivos para actuar así. Y, si quieres a tu amigo, te recomiendo que lo alejes de mí.
 
- ¿Es eso una amenaza?
 
- Puede ser... – sonrió. – Estoy segura, Hermione, que la próxima vez que nos veamos entenderás muchas más cosas y yo tendré más tiempo para responder a tus preguntas. Hoy no es el momento. Es demasiado tarde, quisiera descansar.
 
- No confío en ti, Morgana Le Fay.
 
- Haces bien. Nunca debes confiar en mí, menos si acabas de conocerme y ya amenazo a tu mejor amigo. Te lo repito, cuanto más lejos esté Potter de mí, más seguro estará.
 
La conversación se dio por finalizada pues Morgana, que, sin demostrar ningún reparo por la presencia de Hermione, se desvistió y se colocó el camisón. Peinó sus cabellos y se metió en la cama. Sentada, miró a Hermione que se había levantado para dirigirse a la puerta y la despidió con la mano. De camino al dormitorio, Hermione se sentía más desconcertada que antes de hablar con ella. No estaba completamente segura de sus intenciones: primero se la vio reacia a recibirles, luego atenta al ayudar a los chicos, agradable al regalarle el libro y ahora, era una figura amenazante... ¿O no? A fin de cuentas, si realmente fuese su intención herir a Harry, lo lógico sería no prevenirla de que le alejase de ella. Definitivamente, sólo una cosa tenía muy clara, quería irse de aquella casa lo antes posible.
 
Cuando llegó a la habitación, los chicos parecían algo preocupados por su tardanza, explicó que había dado un enorme rodeo para llegar allí y que, finalmente, había terminado en el dormitorio de la señorita Le Fay. Harry la miró lleno de incredulidad, él mismo había ido al servicio y estaba en la puerta de al lado pero, prefirió no comentarle nada a Hermione, probablemente su amiga se había entretenido mirando cuadros, o había regresado a la biblioteca a buscar algún libro...
 
La sorpresa llegó cuando les dijo que creía que ya habían molestado demasiado en aquella casa y que quizá era mejor irse a la mañana siguiente, estaban abusando de aquella hospitalidad. Los chicos no lograban comprenderla, antes parecía encantada con todo lo que había en la casa y estaba emocionadísima porque podría experimentar en el laboratorio y, de repente, le habían entrado una indescriptibles e inexplicables prisas por irse de allí. Finalmente, supo cómo convencerlos.
 
- El curso empieza la semana que viene, sólo os va a hacer la transformación de la rata pero, tendréis que tomar apuntes, ordenar las ideas y pasarlo al pergamino. Necesitaréis meter muchas horas. He visto que habéis prestado atención a todo lo aprendido hoy sobre la belladona. Por lo tanto, he pensado que, como recompensa, mientras vosotros organizáis el trabajo de Pociones, yo os puedo hacer el de Transformaciones, sin que sirva de precedente. Si no, no os dará tiempo para poder presentar unos trabajos dignos y quizá no os admitan en uno de los ÉXTASIS, pero, si queréis que nos quedemos a jugar con ratitas...
 
- ¡No, no! Hermione tiene razón, Harry. Si seguimos aquí no acabaremos los trabajos nunca. Yo propongo que madruguemos para que podamos concentrarnos en nuestras obligaciones y quehaceres. – dijo Ron, tratando de parecer responsable.
 
Hermione sonrió, había ganado. Quien no parecía contento con la decisión era Harry, que aseguró sentirse unido a aquella casa y a todo lo que en ella había. Cuando Ron aseguró que era porque se había colado por la dueña, él casi le fulminó con la mirada. Dijo sentirse a gusto allí, que sentía algo familiar pero, Hermione quizá tenía razón, no debían seguir abusando de la señorita Le Fay, se irían a la mañana siguiente tras el desayuno.
 
Amaneció un lluvioso día, oscuro y sin un rayo de sol entre las negras nubes de tormenta. Exceptuando a Hermione que no había pegado ojo vigilando la puerta de la habitación y la cama de Harry, todos habían descansado y dormido aquella noche. Encontraron junto a la puerta sus ropas lavadas y planchadas, cosa que Hermione no pudo comprender pues no había oído nada en toda su noche de vigilia y sus ropas las había dejado en una silla junto a la cama. Quizá había dormido un poco, quizá aquella casa estaba llena de seres misteriosos como la señorita Le Fay...
 
Bajaron al comedor donde jarras de chocolate esperaban humeantes sobre la mesa. La señorita Le Fay llegó cuando estaban sentados y esperándola.. Apareció vestida de negro, como parecía ser costumbre suya y con el pelo semi recogido. Se sentó en su silla, diferente a las del resto y situada al este del salón e indicó que podían comenzar a desayunar. No pareció defraudarle la decisión tomada por sus visitantes incluso, parecía aliviada por ello. Cuando ya terminaron y se hubo preparado todo para su partida, Morgana atrajo hacia sí a Hermione, tirándola suavemente del brazo.
 
- Esto es por nuestra charla de anoche, ¿verdad Hermione? Tampoco me refería a esto, mujer. Pero, mira, mejor. Quiero a Potter lejos de mí lo antes posible o no sé lo que puedo llegar a hacer. – Sus ojos se llenaron de ira y se clavó las uñas en su mano derecha en su afán por disimular su odio hacia Harry.
 
Ella no respondió y corrió a juntarse con sus amigos. Habían denegado la oferta de la señorita Le Fay, que les ofrecía la posibilidad de utilizar los polvos flu e ir con Stella a La Madriguera y cogieron el tren.
 
- No volveré a esa casa mientras viva. – Juró Hermione. – Me da escalofríos...

3 comentarios :

  1. Cuánto más leo más perdida me siento xD Imagino que aún habrá que esperar para saber quién es Morgana y cual es su papel en esta historia. Esperaré tan pacientemente como me sea posible el próximo cápitulo ;)

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    1. Eso quiere decir que lo estoy haciendo bien, jajajaja

      Ya te destripé todo por Whatsapp xD

      Besos de tinta

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  2. Vale, bueno, un poco intrigada si estoy, pero sigo encontrando más fallos. Me comentaste que imitabas el estilo de Rowling, y yo estoy de acuerdo contigo que precisamente es muy pero que muy mejorable. El caso es que Rowling, rara vez, a menos que fueran capítulos iniciales, narraba con Harry fuera de escena, siempre se enfocaba en él. No me molesta en absoluto que te hayas tomado licencias ahí, es algo que lo mejora, pero claro, me hubiera gustado que te las tomaras a la hora de eliminar paja también XD. Estiras muchisimo, centras demasiado la trama en el personaje de esta chica. Creo que es un error, pienso que unas cuantas subtramas más que no estén relacionadas o al menos no lo aparenten serian una opción mucho mejor y ayudaria a que tuviera más ritmo todo. Otra cosa, los personajes no parecen chavales de dieciseis años, parecen nenes, les falta madurez, malicia, estan atontaos para tener dieciseis, de verdad, muy inocentes los veo, te lo digo como ex-adolescente atontada que era, ni yo era así. Me vas a perdonar la maldad, pero me los imagino más preocupados por robar wisky de fuego y alguna droga mágica que se fume, que por ir a tomar heladitos en el bar del señor ese tan raro, que se dedica a insultar a otros adultos para ganarse la aprobación de.. adolescentes? Tus personajes, además,tienen un problema muy gordo: no contienen ningún sentimiento, ninguno. Es un error, piensa que la mayoría de nosotros solemos callarnos gran parte de lo que pensamos, no nos permitimos ponernos tan intensos o lo expresamos (o mejor dicho: se nos escapan) gestos, tonos de voz, etc, que dan ese tipo de información, en especial la que nos hace vulnerables ante los demás. Le resta credibilidad al conjunto. Finalmente... la mayoría de la información sobre belladona que consiguen es información disponible en fuentes muggle, no tiene sentido que la encuentren ahí, hubiera sido más lógico que encontraran esa parte de la información en esas fuentes, y luego buscaran el resto, la información mágica. En tu texto la piden en plan de pasada "bah, si, dime unos cuantos usos y a cascala", tampoco tiene demasiado sentido, no se, es que es una planta, y hasta los muggles tienen acceso a ella, hubiera utilizado algo más raro que la belladona. Por lo demás está bien, como mínimo me ha enganchado, y eso es buena señal. Un saludo, y ya me perdonarás, es que cuando leo algo criticarlo es casi una obligación para mi. De todas formas, estoy segura que habrás mejorado desde que escribiste esto. Un saludo.

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