Inkwand: Quinto día en Camp NaNoWriMo

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miércoles, 6 de abril de 2016

Quinto día en Camp NaNoWriMo

Estoy muy orgullosa de mis progresos en Camp NaNoWriMo, anoche escribí ni más ni menos que 3.616 palabras. Quiero aclarar que siguiendo con la pauta por la que se rige este proyecto, estoy escribiendo sin revisar después, por lo que habrá fallos pero la idea es escribir cada día y cuando acabe el mes, pasar a las correcciones.

¡Espero que disfrutéis del diario de mi pequeña Lily tanto como yo!



Hogwarts, 30 de agosto de 1997 

Los días han pasado tranquilos desde la última vez que escribí en este diario. Erik y yo le hemos enseñado al pequeño Severus todo lo que tanto ansiaba ver con sus propios ojos y en nuestra compañía. Hemos evitado el Bosque Prohibido diciéndole que el nuevo director nos expulsaría si fuéramos allí. Erik no ha dicho nada referente al tema de quién ocupa ese cargo, para él lo mismo da que sea Severus o cualquier otro pues dice que mientras cumpla bien su función, lo demás tanto da. Pero sé que no es del todo sincero, él o considera el peor de los traidores desde que nos llegara la noticia de la muerte de Dumbledore y no comprende que siga defendiéndolo ciegamente. Sé que le estoy haciendo daño cuando callo y solo le pido que me comprenda sin hacer preguntas y que soy egoísta al guardar lo que intuyo solo para mí pero si mis sospechas son ciertas, cuantas menos personas lo sepan, más protegida estará la vida de Severus. Además, por experiencia sé que los que luchamos a su lado, acabamos siempre mal parados y no soportaría que a Erik le sucediera algo solo por seguirme. 

Hemos dado un paseo por los jardines al atardecer y hemos dado a nuestro hijo el dueto de violines que tanto deseaba. Mi violín rojo se lamentaba en armonía con el violín negro de mi esposo y ambos instrumentos nos unían en una complicidad que nadie podía romper. La pasión que ambos sentimos por la música nos une más que cualquier cariño que podamos sentir, como si la melodías interpretadas nos hechizaran haciéndose dueñas de nuestra propia voluntad. Una voz suena lejana en mi cabeza pero no es hasta que su tono se vuelve casi enojado que me doy cuenta que es real. Erik y yo dejamos de tocar al unísono y me sorprende ver a la profesora McGonagall ante mí, con el ceño fruncido y una mueca de disgusto en los labios. Cuando era alumna suya, no era tan arisca conmigo a pesar de ser ella Jefa de la Casa Gryffindor y yo una Slytherin. Ella siempre opinó que aquella nunca debió ser mi Casa. Sin embargo, cuando hace dos días me vio salir del despacho de dirección hablando con Severus y sonriendo, me miró con desprecio y durante la comida me dedicó unas palabras que buscaban hacer daño. 

—Me equivoqué con usted, Lady Ghost. Es como la mayoría de los Slytherin. ¿Cómo puede estar tan alegre cuando mira a los ojos al asesino de Albus Dumbledore? 

Recuerdo que quise replicar pero se marchó indignada sin apenas probar bocado y no ha vuelto a dirigirme la palabra desde entonces. Me ha informado de que el señor director me citaba a una reunión de urgencia para dejar todo cerrado antes del comienzo de las clases el uno de septiembre. Erik recoge mi violín y con un movimiento de cabeza me hace saber que es mi deber, que lo comprende. 

—Me alegro de que Carrow ocupe mi puesto. No soportaría estar bajo las órdenes de ese… —ve mi expresión de tristeza y decide callar—. Te esperaremos junto al lago. 

Me da un fugaz beso en la mejilla y va en dirección al lago seguido de nuestro hijo. McGonagall me acompaña en un silencio sepulcral hasta la gárgola y sigue su camino sin una despedida. Ahora sé cómo ha debido sentirse Severus todos estos años rodeado de gente que le juzgaba sin intentar ver más allá. En cuanto entro al despacho, comienzo a hablar. 

—Te rogaría que no enviaras a McGonagall con recados nunca más. Me odia… es incómodo. ¿Cómo puedes soportar esto? —No responde —. Por favor, búscame tú cuando quieras algo. 

—Actuaré como considere necesario, Adams y te recuerdo que no estás en disposición de pedir o exigir nada. Ya tomaste más de la cuenta sin mi consentimiento. —Aún está enojado por haberle puesto su nombre a mi hijo. Me ve agachar la cabeza, sin réplica. Quizá nota que estoy cansada de luchas absurdas porque decide darme sus motivos —. No tolero la presencia de ese pederasta y si puedo evitar cruzarme con él, usaré los mensajeros que sean necesarios. 

Detesto que le llame así, decidió que ese era el nombre apropiado para Erik en el mismo instante en que vio cómo cuidaba de mí, como a una hija. Él me aseguraba que usaba esa treta para llevarme a la cama, yo solo veía que alguien por fin me daba cariño y seguridad. Pero, ¿cómo decirle ahora que sus palabras eran inciertas cuando ha visto a nuestro hijo? Aún así, Erik no buscaba lo que terminó surgiendo entre ambos. Fui yo la que poco a poco vio en él algo diferente y fue mendigándole cada vez más afecto hasta… pero Severus no lo comprendería, ni siquiera querría escucharme. 

—Me temo que vas a coincidir con él en demasiadas ocasiones, ¿o te vas a encerrar en tu despacho todo el curso, Sev? —digo con cierta sorna en mi voz. 

—No será necesario, Adams porque es él quien se irá mañana de aquí. —Le miro sin comprender—. No pertenece al personal del colegio y mucho menos es un alumno de Hogwarts y… las alumnas más jóvenes estarán más seguras con él lejos del castillo. 

Hiervo de rabia ante sus palabras y voy hacia él con toda la rabia que pueda encerrar en mi mirada. Jamás había actuado así ante él, defendiendo a otro que no fuera él con esta determinación. Dejo salir mis palabras con desprecio, rencor y una punzada de dolor que no quiero demostrar. 

—Severus Snape —digo separando cada sílaba con lentitud y acritud— retira esas palabras ahora mismo. 

—Nunca —me desafía. 

Aprieto los puños con rabia y siento mis uñas clavándose en las palmas de mis manos. 

—Yo tenía un buen empleo en París —digo finalmente con voz sosegada— al igual que mi marido. Ha sido Hogwarts quien ha recurrido a nosotros y no nosotros a él por lo que nada me retiene aquí, puedo volver a casa cuando me plazca. 

Severus no dice nada pero abre uno de sus cajones, busca algo y después me lo entrega. Es una copia del contrato que yo misma firmé. Recuerdo perfectamente las condiciones pero él me las recita una a una. Acepté permanecer todo el curso siempre disponible, teniendo mis días libres pero sin abandonar jamás el castillo. Aceptaba que alguien se encargaría de comprar todo lo que necesitara para abastecer la enfermería. Básicamente me encerré yo sola en una prisión solo que pensé que estaría con mi marido y mi hijo por lo que no me pareció tan mal. De hecho, era comprensible, una enfermera tiene que estar siempre disponible para poder atender posibles urgencias. Pero ahora todo cambiaba. Esto me condenaba a no ver a Erik en diez meses. 

—No puedes hacerme esto, Sev… por favor —digo con un hilo de voz. 

—¿Ves que los demás miembros del colegio tengan a sus parejas en el castillo? —dice con indiferencia—. Ya se le ha enviado una indemnización por las molestias causadas al haber sido relegado de su cargo como profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Yo mismo di orden de que se le ingresara el sueldo acordado de manera mensual por lo que puede quedarse en Hogsmeade si lo desea. Eso ya no es asunto mío. 

—¡Sabes que no necesitamos el dinero, Severus! —exclamo prácticamente fuera de mí—. ¿De qué me sirve que se quede en Hogsmeade si ya te has encargado de que yo quede recluida aquí todo el curso? Yo misma te haré llegar mi sueldo íntegro como has hecho con Erik pero no me quedaré aquí ni un segundo si no es con él a mi lado. 

—¡No seas niña, Adams! 

—¡LADY GHOST, SI NO TE IMPORTA! 

Salgo sin darle tiempo a hablar y cierro de un portazo, escuchando a sus espaldas cómo grita mi apellido de soltera una última vez. Me dirijo corriendo hacia el lago y Erik dice algo a nuestro pequeño, haciendo que vaya en dirección a los jardines. En cuanto llego, me abrazo a su cuerpo y rompo a llorar. 

—Vámonos de aquí, Erik, por favor… Volvamos a casa. 

Erik me consuela, trata de calmarme y escucha todo con atención. Para mi asombro, considera que Severus tiene razón: si él no pertenece a Hogwarts, no tiene derecho a permanecer allí. Me recrimina por no saber mantenerme en mi lugar, soy una mujer adulta, me dice, con una serie de responsabilidades a las que me he comprometido. Me asegura que le ha hecho muy feliz que le defienda ante Severus pero que Dumbledore nos quería aquí por algo y no podíamos echar por tierra todos sus proyectos y planes ahora. Sé que tiene razón pero no me veo capaz de enfrentarme a Severus si él no está cerca. Siempre ha sabido manipularme y ya no parece que seamos los amigos que creí que podríamos seguir siendo. Erik sigue tratando de hacerme ver qué es lo correcto pero no cedo, todo esto supera mis límites. Le dejo con la palabra en la boca murmurando una disculpa y corro a nuestro dormitorio con intención de empezar a empaquetar todo y es allí donde me doy cuenta que aún tengo en mi mano el contrato firmado. Lo dejo sobre el escritorio y comienzo a doblar y guardar mi ropa en los baúles pero ese pergamino parece susurrar mi nombre a cada instante pues mis ojos vuelven a él una y otra vez. 

—¡Maldita sea! 

Erik tiene razón, deberíamos seguir el plan pero es pedirme demasiado. Me siento en el borde de la cama con el contrato entre mis manos y suspiro profundamente. No me doy cuenta de que Erik ha regresado hasta que el peso de su cuerpo hace que el colchón se hunda un poco junto a mí. Alza mi rostro tomándome de la barbilla y deposita un beso en la punta de mi nariz. Consigue que sonría levemente y toma el pergamino de entre mis manos. Asegura que me comprende y lo dice de corazón. Sabe que ya fue bastante duro mi reencuentro con Severus, que me ha devuelto toda la inseguridad de cuando no era más que una niña y comprende que me sienta perdida si él no puede estar cerca para darme ese apoyo que jamás me ha fallado desde el día en el que nos conocimos. A regañadientes, acepta que nos marchemos y me ayuda a preparar todo para irnos al día siguiente pero me exige que temple mis nervios y hable como la dama que sabe que soy ante Severus. 

La cena transcurre en calma, en ocasiones sin darme cuenta, me encuentro buscando los ojos de Severus en la gran mesa de profesores. Casi todos los empleados han llegado ya y se han instalado en sus respectivos dormitorios. A penas pruebo bocado y cuando veo a Severus abandonar el Gran Comedor, noto la mano de Erik sobre mi brazo. 

—Si quieres que nos vayamos, tiene que ser ahora, Lilian. 

Tiene razón, sé que la tiene pero me quedo paralizada ante la sola idea de tener que volver a hablar con él y esta vez para despedirnos definitivamente. Erik vuelve a decir mi nombre, esta vez con más urgencia y me levanto de golpe, pisando la falda de mi vestido con la silla donde estaba sentada. Me libero de la sujeción que la pata de madera ejerce sobre la prenda y salgo tras Severus. Por un instante se detiene pero debe reconocer mis pisadas o quizá mi respiración acelerada porque apremia el paso. No quiero llamar la atención gritando su nombre por los pasillos por lo que ahí estoy, una vez más siguiendo sus pasos hasta donde él desee llegar. Una vez más, se hace su voluntad. 

—Si vienes a suplicarme de nuevo para que ese pederasta se quede a tu lado en el colegio, ya puedes irte por donde has venido, Adams. Este no es su lugar. 

Ni siquiera se gira hacia mí cuando dice esto, detengo mis pasos y él hace lo mismo aún de espalda a mí. Camino segura acortando la distancia entre nosotros, solo se escucha el sonido de mis tacones chocando contra el empedrado del suelo. 

—No tienes nada por lo que yo necesite suplicar, Severus —digo cuando estamos cara a cara. Extiendo mi mano derecha, donde tengo un pergamino que él toma, extrañado—. Es mi renuncia. Partimos al alba. Buenas noches, señor director. 

—¡Adams! —me llama como un capitán llamando a filas a un soldado raso. Sigo caminando y su voz me llega clara, amortiguando mis pisadas —. Este documento no es válido si yo no lo acepto y lo firmo. ¿Cuándo aprenderás a hacer las cosas como corresponde? 

Cierto. Había olvidado que necesito su consentimiento para poder irme. De nuevo a su merced. ¿Cómo lo hace para ser siempre él quien tiene el control de la partida? Agacho la cabeza, avergonzada por mi despiste y por haberle entregado de manera tan absurda el poder sobre mí y mi familia. Veo sus pies, caminando con seguridad, ni siquiera me fijo en el rumbo que tomamos solo que descendemos por unas escaleras hasta las mazmorras y cuando pronuncia una especie de contraseña es cuando me sitúo. La puerta de nuestra antigua Sala Común se abre ante él, que me deja pasar primero. No estoy segura de si quiero ver cómo ha cambiado aunque quizá tema más que siga como antes. El fuego de la chimenea mantiene la estancia a una temperatura agradable. De repente he rejuvenecido veinte años y casi siento el temor de que Filch me encuentre fuera de mi dormitorio a estas horas. 

—Pensé que iríamos a tu despacho —digo recriminándole por esta encerrona. 

—No, prefiero un lugar donde poder hablar cómodamente y sin interrupciones. Siéntate. —Me acerco a los sillones y me siento en el más cercano a la chimenea —. Ese solía ser mi sitio cuando pasábamos las noches leyendo y conversando —me recrimina. 

Me cuesta creer que recuerde esos detalles, como si para él aquellos momento hubieran sido tan valiosos como lo eran para mí. Hace tiempo que perdí la cuenta de las horas pasadas donde nos encontrábamos ahora, hablando de libros, pociones, planes de futuro… e incluso de mis sentimientos hacia él. Allí mismo me había rechazado en varias ocasiones y también en esa misma sala me había curado heridas con una ternura que solo yo conocía que tenía. Allí me había llamado necia y también amiga. Suspiro dejándome llevar por los recuerdos y le miro a los ojos con residuos del ayer y en los suyos se refleja una beta de triunfo. ¿Es esto lo que busca? ¿Conseguir ablandarme con recuerdos para que no me marche? 

—Puede ser, pero hace mucho que ya no me siento en el suelo a los pies de nadie. Ahora cuando alguien lee para mí, ocupo un sillón idéntico a su lado. 

Primer golpe asestado aunque él no muestra señales de sentirse atacado, al contrario, sigue luciendo ese porte lleno de la seguridad de quien sabe cómo acabará el juego incluso antes de haber repartido las cartas. 

—Ya veo… has dejado de ser tú misma para ser lo que otros quieren que seas. Seguro que ya no eres capaz ni de trepar un árbol como antes y me atrevería a afirmar que ahora el Calamar Gigante te repugnaría. 

Mi viejo compañero de juegos acuáticos, el Calamar Gigante. Evoco épocas pasadas en las que siempre que estaba triste o algo me angustiaba, acudía al lago en la oscuridad de la noche a nadar con esa criatura que con sus tentáculos y sus acrobacias conseguía sentir que se preocupaba por mí y buscaba desesperadamente mi sonrisa. 

—Nunca podría sentir repugnancia por un amigo de verdad. —Otra respuesta que no se esperaba. Sigue de pie, frente a mí, está analizando la situación antes de volver a mover ficha y sé que es ahora o nunca—. ¿Podrías firmar ya, por favor? Mañana madrugo y quisiera irme a descansar. 

—¿Es esto lo que quieres de verdad? —pregunta algo afectado ante mi determinación, al tiempo que saca una pluma dispuesto a firmar. 

—Si, Severus. Quiero irme de aquí con mi familia cuanto antes. —Firma el documento y me lo entrega con resignación. Me levanto del sofá y le tiendo la mano a modo de despedida—. Gracias por comprenderlo. 

—He firmado mi consentimiento pero no he dicho que comprenda tu decisión. Vete si es lo que quieres hacer realmente. No te lo impediré. No pienso volver a obligarte a hacer cosas contra tu voluntad. 

Ha sido su intento desesperado por retenerme pero sigue sin funcionar. 

—Todo un detalle por tu parte, gracias. Adiós, Severus. Cuídate… —le suplico al despedirme. 

—Hasta siempre, Adams. 

Ya en mi dormitorio consigo respirar con normalidad. Severus ha tocado todos los resortes que se podían accionar en mi interior para tratar de conseguir sus propósitos y, por una vez y sin ayuda, le he vencido. He hecho caso a mi instinto y con la ayuda de mi orgullo, he conseguido liberarme de su yugo. Pero si esto es lo que quiero, no entiendo que no me sienta bien, sino todo lo contrario. A penas puedo dormir en toda la noche y los fuertes brazos de Erik no consiguen calmarme. Amanezco ojerosa y con aspecto cansado. Desayunamos rápido para poder partir en el primer tren de la mañana. Un carruaje pasa a recogernos y antes de subir, elevo la mirada hasta la venta de la torre donde se encuentra el despacho del director. Veo su figura allí, alzo una mano a modo de despedida pero él la ignora y desaparece tras las cortinas. No hubiera querido que todo terminara así… 

En la estación, unos operarios se hacen cargo de nuestro equipaje. El tren partirá en tres cuartos de hora. Erik le está explicando a nuestro hijo que ha habido un problema con nuestros papeles y que tardarán en solucionarse por lo que hemos preferido regresar a casa. El pobre está triste porque le hacía ilusión estudiar donde yo lo hice y tenerme de enfermera allí todo el curso con él. Le prometo que otro año lo intentaremos pero, que debido al cambio de dirección, hubo algunos asuntos que no quedaron cerrados, entre ellos, nuestra llegada para el nuevo curso. Lo acepta con un bufido y cruzándose de brazos. Sus ojos verdes centellean de rabia, aunque poco a poco y con ayuda de una caja de ranas de chocolate, se va calmando. Estoy abrazada a Erik cuando escucho que alguien me llama a lo lejos y no puedo creer que sea quien parece, aunque cuanto más nítida se escucha su voz, más me convenzo de que no hay error posible. 

—Adams, tenemos que hablar—oigo a mi espalda. Me separo unos centímetros del cuerpo de mi marido y me niego a obedecer, entrelazando mis dedos a los de Erik con fuerza—. ¿También le negarás un paseo a un viejo amigo? 

Le fulmino con la mirada, va a utilizar el sentimentalismo hasta el último momento. Erik me hace un gesto para que no sea cabezota y zanje todo lo que quede por aclarar. 

—Diez minutos, no más —acepto de manera tajante. 

Me despido de Erik con un beso en los labios y sigo a Severus hacia unos jardines que rodean la estación. 

—Seis minutos —sentencio— que el paseo hasta aquí cuenta. 

—Lily, yo… 

—¡Ah! ¿Ahora soy Lily? —digo con rencor. 

—¡Basta, Lily! —me ordena con su voz fría. Trago saliva y me separo unos pasos de él —. Lo siento, no quería asustarte. 

—No te tengo miedo, Severus —digo segura de mí misma —solo que prefiero guardar las distancias de la gente que no me trata con respeto, eso es todo.

—Quédate, por favor… 

—Ni loca —aunque su súplica ha conseguido tocarme muy hondo —. Puedes conseguir cualquier otra enfermera. Hay miles en Inglaterra, te sirve cualquiera. Es absurdo querer que sea precisamente yo la que… 

—Anoche en la Sala Común hablabas de amigos de verdad. Dime, ¿te referías solo al Calamar? —niego con la cabeza—. Te necesito —susurra primero. Se acerca a mí, toma mis manos y me mira a los ojos —. ¿Me oyes? Te necesito… a ti, a mi única y verdadera amiga. 

Noto la certera estocada hacer pleno en mi corazón y no puedo creer lo que me está diciendo. Me narra cómo todo, incluida la muerte de Dumbledore, estaba preparado al milímetro por el antiguo director del colegio. Veo todo el sufrimiento arrastrado a lo largo de los años en sus ojos pero más que sus explicaciones, ha sido la afirmación de que me necesita lo que ha roto el muro que quería tener entre ambos. 

—Solo puedo confiar en ti. Créeme que quisiera no tener que involucrarte en todo esto pero sé que solo puedo vencer si es a tu lado, con tu apoyo. Siempre me has sido fiel y leal, nunca has cuestionado ninguna de mis acciones. Lily… estoy solo y cansado y sin un apoyo no podré acabar todo lo que he empezado. 

Me conmueve. Porque cuenta conmigo, porque al fin valora todo lo que siempre hice por él pero, algo me afecta más aún. 

—Y todo esto por Evans… —le digo con ternura, sin recriminaciones. 

—Siempre por ella —al instante se da cuenta de lo dolorosa que es esa afirmación para mí y trata de disculparse. 

—Está bien, Severus, me quedo. Por primera vez le veo sonreír. Es una sonrisa de alivio y agradecimiento que se borra antes de poder grabarla en mi memoria pero me es suficiente. Él suplica por Evans, yo acepto por él.

2 comentarios :

  1. hola. que bello! me ha encantado. Lady Ghost, genial. saludos. nos seguimoa. adoro tu dragon de entrada.

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    1. ¡Muchíimas gracias por pasar y leer! Y sobre todo, por valorar así mi fanfic ^_^

      Besos de tinta

      P.D.: Dice mi dragón que tú también le gustas a él.

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